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Domingo

Pueblo confrontado, está acabado


Desde muy joven, escuché la consigna “¡Un pueblo unido jamás será vencido!”, siempre vinculada a movimientos populares; eran los tiempos en que Cerezo aún no había comprado a los sindicatos, ni asociaciones estudiantiles. Cuando niño, creciendo en el hoy “Centro Histórico”, fui testigo de muchos enfrentamientos entre grupos antagónicos, a los regímenes militares que actuaban con rigurosidad, para reprimir cualquier intento de levantamiento; el Pelotón Modelo y el olor a bomba lacrimógena, eran cosas cotidianas, en aquella Guatemala y el –después denominado– “Paraninfo” escenario de creativas y valientes huelgas de dolores, de muchachos idealistas, asediados por orejas y susto. 

Años violentos, con abusos y excesos de las dos partes del conflicto… y muchos jóvenes incautos cruelmente utilizados. Las víctimas –los mismos de siempre– la gente que quería crecer intelectualmente en las aulas o trabajar con tesón, sin inmiscuirse, en la fea guerra, de la cual Guatemala, era solo un territorio ocupado por ambos bandos en conflicto (URSS y EE. UU.), potencias que azuzaban el caos, propiciando los primeros que los míseros territorios latinoamericanos dejaran de ser “alineados”, y los segundos que lo continuaran siendo. Todo se valía: dolor, sangre, amenaza, caos, secuestro, insensatez y muerte. 

Viví el horror perpetrado por ambos bandos. A mi hermano –ya lo he contado antes– lo mandó a matar Donaldo Álvarez Ruiz, y no porque él estuviera involucrado en movimiento subversivo alguno, sino porque andaba con la patoja equivocada y sobre todo, porque “se podía” asesinar a la gente e incluso enterrarla como XX, aún y cuando, se conociera plenamente su identidad… ese fue el caso de mi hermano Guayo, que el día de su muerte, era un muchacho de apenas veinte años, con un corazón enorme. Por otro lado, me tocó vivir –y milagrosamente no morir– cuando fue el cruento bombazo en el Parque Central, un lejano septiembre de 1980… los vidrios a mi espalda cayeron sin herirme y uno no sabía si era un terremoto o una bomba; pedazos de sencillos trabajadores: heladeros, lustradores y taxistas, se encontraron esparcidos por el lugar. Conozco la historia, la sufrí y decidí enseñar a mis hijos, la ética del trabajo y la honradez, como único camino viable al progreso y la relativa libertad. 

La guerra interna quedó atrás, no por disposición soberana de Guatemala, sino siguiendo las directrices de las mismas potencias otrora enfrentadas que se fundieron en un abrazo hipócrita que se consolidó con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fraccionamiento de la Unión Soviética; bajo esas mismas directrices, se terminaron los regímenes militares latinoamericanos, se instaló la falsa democracia y se firmaron acuerdos de “paz”… estando –paradójicamente– desde entonces más vigente que nunca, el odio. La unipolaridad del mundo, a partir de entonces no fue bien gestionada y ahora, apenas treinta años después, nos encontramos, de nueva cuenta, siendo testigos de la codicia de potencias que luchan por la hegemonía, hoy con armas biológicas, manipulación de masas y guerra psicológica basada en el terror. 

Aparentemente los confrontados son: EE. UU. versus China/Rusia y los advenedizos de cada bando. Países insignificantes, como Guatemala, intentando –sin heder ni oler– ser “aliados” y recibiendo a cambio: desdén, arbitrariedad e indiferencia. ¿A qué bloque obedeció Guatemala con la “PlanDemia” que dejó a su paso: endeudamiento, corrupción, miseria y desempleo? Pregunta interesante, respuesta indeterminada…obedeció –lo más probable– a un nuevo arreglo global que llevará a la cama a los supuestamente confrontados y mientras ellos se revuelcan y satisfacen, los chapines seguiremos haciendo porras, a quienes no les importamos un comino, sean de uno u otro “bando”.

La consigna que mencioné al principio, se le atribuye al político chileno Sergio Ortega, quien se dice, la compuso a principios de los setenta, en torno a la riña interna, en la que murió Allende y surgió Pinochet. Por cierto, este, entendió que la salida del caos chileno –a la sazón un pueblo tan desnutrido como la Guatemala de hoy– era la dinamización económica y el rescate frontal de cerebros de niños chilenos. En este gran propósito que llevó décadas de esfuerzo, fue toral la participación del Dr. Fernando Mönckeberg Barros, un extraordinario ser humano, a quien tuve el honor de conocer en 2010. El resto es historia, Chile dejó de ser –después de un denso conflicto similar al nuestro– una nación atrasada; los cerebros de los chilenos se desarrollaron, su estatura –literalmente– se agrandó y finalmente arribaron, por buenos años a ser catalogados, como el único país de primer mundo de Latinoamérica. Hoy las cosas involucionan y se complican de nuevo, porque la reyerta mundial se recrudeció y las revueltas internas, discurso de lucha de clases y la crisis de los sistemas de justicia, no son casualidad, sino un fruto de un plan tenebroso. 

Guatemala en cambio, no superó el odio, por lo tanto, nunca alcanzó al progreso… y eso sí que es triste. Continuamos divididos, seguimos en “la guerra” sin darnos cuenta de que esta paró por tres décadas. Actuamos como lo hizo el oficial japonés Hiro Onoda, quien no depuso las armas y se mantuvo “en combate” en Filipinas, hasta 1974, habiendo terminado la Segunda Guerra Mundial en 1945; él no se enteró. Igual los chapines pensantes de “izquierdas fanáticas” y “derechas frenéticas” … quieren seguir ganando la discusión. Se insultan, descalifican, ofenden y toman partido, pero no por el decoro y la construcción, sino por lo ideológico. Creen que están quedando bien con su respectivo “poder superior”, cuando estos: pactan, se reparten el mundo, disponen y matan, sin que les importe nuestra opinión. 

Guatemala nunca llegó a ser grande, ni soberana o independiente, hemos sido “compradores” y “tomadores” de posiciones, filosofías y decisiones foráneas. Notemos ahora, la reyerta entre los mejicanismos “Chairo” y “Facho”. A esta simpleza triste se reduce la discusión, mientras el pueblo se sumerge en la miseria que pronto será irreversible; el pueblo –pobre e ignorante– que debiera ser responsabilidad de los pensantes y es triste bandera de los demagogos y timadores. En medio de este choque de gente quizá bien intencionada que podría contribuir con el cambio del país, es casi imposible aportar criterios independientes y objetivos, porque el estigma se hace presente. Tristemente veo a muchos buenos amigos, encogerse de hombros ante la debacle, siendo los llamados a provocar un cambio. Pero el chapín prefiere elegir a su equipo y hacer porras desde el lúgubre graderío de maderas podridas por el rencor y tornillos oxidados por el odio. Esta apatía, los hace respetar al protervo y llamar “señor” al traidor. 

La situación ha llegado a tal punto que delincuentes que ejercen función pública, son idealizados por ambos grupos y se ven en ellos representados; también hemos tenido gobiernos completos de discurso Facho y Chairo… y todos han sido depredadores y ladrones. Los grupos sociales de Guatemala: maestros, estudiantes y sindicatos de los años aciagos de la guerra, gente por cierto de una calidad muy distinta a los que hoy ostentan esos títulos, proclamaron “¡Un pueblo unido jamás será vencido!”; hoy y siempre hemos sufrido las consecuencias del título de esta columna ¡Pueblo confrontado, está acabado!… y mientras se jalan el pelo Chairos y Fachos, los corruptos locales del gobierno –imitando a lo que hacen los rectores del mundo– brindan con ambos grupos, son amigos de todos, sin que los “ideólogos” se enteren; bailan de cachetío con la corrupción y le sacan la lengua a la virtud ¡Piénselo!

 

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