Jueves 1 DE Octubre DE 2020
Domingo

Si una mariposa en Pernambuco

Fecha de publicación: 06-09-20
Por: Francisco Pérez de Antón

Cierto día de verano, en un desértico monte próximo a la aldea de Betsaida, un desconocido rabí, viendo que la multitud que le seguía no tenía qué comer, resolvió preparar un sencillo almuerzo a base de pan y pescado. Para ello hubo de multiplicar dos o tres panes y otros tantos peces que portaban sus compañeros de viaje. Nadie sabe cómo lo hizo, mas debió de ser algo asombroso, pues, 30 años después, las versiones orales del suceso aún referían que las 5 mil personas que seguían al predicador quedaron saciadas y que aún sobró comida para dar y tomar. 

No hay prueba fehaciente, empero, de que tal cosa haya ocurrido. El prodigio no aparece en ningún libro de historia y las fuentes no son de fiar. De hecho, no pasó de ser una noticia insignificante y poco creíble, venida de una remota y miserable provincia del Imperio Romano. Pero el episodio daría pie andando los siglos a numerosos comentarios, desde los más irreverentes a los más devotos. 

Entre los primeros destaca el que asegura que la multiplicación de los panes y los peces fue el primer modelo de comida rápida del que se tenga noticia, modelo que adoptarían los ingleses sustituyendo el pan por papas fritas y creando un popular menú para llevar, conocido por el nombre de fish and chips. 

Otros verían en él la primera aparición del sistema de producción capitalista, el cual se describe a menudo como el único realmente capaz de producir bienes y servicios en masa destinados al consumo de las masas. 

Por último, no faltan quienes lo califican como el primer milagro económico de la historia.

Son los irreverentes, ya digo.  

A mí en cambio me seduce más la idea de examinar el suceso como un acabado ejemplo del “efecto mariposa”, principio según el cual un hecho en apariencia insignificante deriva a menudo en imprevisibles y monumentales consecuencias. O como su propia metáfora advierte: el leve aleteo de una mariposa en Pernambuco puede terminar provocando un huracán en Texas. De hecho, la doctrina que el rabí impartía se llegó a difundir con tal vigor que derribó el mayor imperio de la Antigüedad y se adueñó de su alma y su cultura.  

El efecto mariposa es un invisible mecanismo que afecta nuestra existencia, como la gravedad o el calor. El contagio y la multiplicación son sus motores. Es errático, se rige por las leyes de las epidemias y, una vez que se desata, el caos es inevitable. No hay más que volver la vista atrás unos meses. Un diminuto parásito, más pequeño que una célula, aletea en un laboratorio chino y se propaga por el mundo como un fuego devorador que deja en el camino 25 millones de enfermos y cerca de un millón de cadáveres. 

Y no solo eso. El fenómeno continúa destrozando hábitos, moldeando vidas, alterando estados mentales y poniendo de moda la vida monástica. Una minúscula perturbación ha desquiciado la política, la economía y la movilidad humanas, y ha detenido de pronto el tren de la historia. Lo que me hace sospechar que tal viaje no fue nunca lineal, como nos habían dicho, y que tampoco se rige por leyes históricas inapelables, sino por zigzags y torbellinos como el que vivimos hoy. No hay, pues, determinismo en nuestra andanza. Ni está el mañana en el ayer escrito. La vida es un inquieto azar repleto de sorpresas y estupores. Y de conmociones que desvían la historia a donde se supone no debía ir. 

El ciclo de este mecanismo es el de la vida misma: nace, crece, se multiplica y se extingue. Pero, mientras, su progreso dibuja una empinada curva que observamos angustiados sin que podamos pronosticar cuándo ni dónde concluye. De resultas, el efecto mariposa, con sus numerosas variables, nos invita a ver hoy la historia (cruzadas, revoluciones, fanatismos, crisis financieras, locuras colectivas) como una colección de explosiones provocadas por este detonador.  

Hay un lado bueno, sin embargo, en él. Y es que cualquiera lo puede generar. Pues no son los gobiernos, ni sus funcionarios, ni los comités ad hoc los que nos cambian la vida, sino los individuos que aquí y allá generan a diario mil y un efectos mariposa. Una idea en apariencia trivial, incluso insulsa, digamos, fabricar zapatos en serie, se vuelve viral de súbito y cambia la marcha de la humanidad. Y nunca mejor dicho. Ralph Waldo Emerson, el gran ensayista estadounidense, lo expresaba de esta forma: si un hombre puede hacer algo mejor que otro, aunque viva oculto en la cabaña de un bosque lejano, la humanidad se abrirá paso hasta allí para llamar a su puerta. 

La multiplicación es la madre del contagio y, cuando ambos se juntan, un hecho insignificante puede traducirse en un suceso colosal. Los blue jeans, el reloj digital, El código Da Vinci, el sonido de Liverpool, la vacuna contra la polio, Apple, Mickey Mouse o el mensaje espiritual de un rabí, fueron vendavales generados de ese modo. Pero aún es difícil de entender cómo y por qué tales turbulencias ocurren, ya que a la “teoría del caos”, pues ese es el verdadero nombre del efecto aquí descrito, solo es posible acceder mediante el lenguaje de las matemáticas. De ahí que, para la gran mayoría, casos como los citados constituyan milagros parecidos al de la multiplicación de los panes y los peces.  

Pero no. No fueron milagros. Fueron obra de individuos audaces que decidieron un día emprender viaje a Pernambuco y, empujados por su tenacidad y su ingenio, generar allí un remolino. Cada uno con su ilusión. Cada uno con su sueño. Cada uno en busca y en pos de una linda mariposa.