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Domingo

Juan, Pedro y Pueblo


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Juan trabajó en relación de dependencia, durante veinte años; formó un modesto capital y se convirtió en emprendedor. Pasaron otros treinta años y finalmente se cansó. Había dejado atrás toda su energía y legado para sus hijos; ejemplo, claro está, pero también una casa para cada uno, una empresa en marcha que, así como la juventud de Juan se fue esfumando, también languideció y surgieron variopintas competencias. No obstante, el carisma de Juan, su disciplina y don de gentes, su excelente servicio, mantienen a la empresa en números negros y harán posible que su hija -la más cercana a él en términos laborales- haga los cambios que a Juan ya no le apetecen y pueda eventualmente -cuando él no esté- llevar a la empresa a otro estamento, mucho más tecnológico y moderno. 

Finalmente, Juan muere y su hija, después de siete años del triste evento, se ha enamorado de un extranjero y decide mudarse a España, para empezar su propio sueño, con su propia familia; ella ha sido organizada, tal y como le enseñó su padre. Catapultó el emprendimiento de su progenitor, ahorró de igual manera, construyó un capital importante y supo auto limitarse, auto sacrificarse y vivir bajo la estricta y sana norma de un presupuesto. Nunca se endeudó más que para hacer crecer la empresa, fortalecerla y garantizar su sostenibilidad en el largo plazo. Juan se sentiría orgulloso de lo que logró -Doris- su hija. 

Pedro, primogénito de Juan, le pide a Doris que le “deje la empresa”, él la administrará y le enviará los dividendos al extranjero o se los invertirá en el banco con el que han trabajado por más de veinte años. Ella conoce a su hermano; es un tipo elocuente, buen contador de chistes, amiguero y que no se pelea con nadie… amante de la buena vida. No le gusta tomar decisiones, siempre las difiere, busca amistades por interés y le encanta hacer ostentación de la prosperidad familiar que nunca ayudó a construir. Juan sabía cómo era su hijo y por ello, le había montado un negocio, ajeno al familiar, el cual se encuentra endeudadísimo, situación a la que Pedro arribó… usando el buen nombre de su papá, contrayendo así, múltiples compromisos. Pedro vive en el mejor lugar que alguien puede imaginar, maneja un deportivo exótico, del que tan solo ha pagado el enganche y posee una colección de relojes de valor incalculable. Ha utilizado -a diferencia de su padre y hermana- todas las líneas de crédito, tarjetas y extra-financiamientos que le han puesto enfrente. Doris cede, endosa las acciones a Pedro y se desvincula por completo de la empresa; intuye que perderá dinero, pero no su buen nombre. 

La historia de la empresa, a partir de allí, es breve. En menos de un año, Pedro remoza todas las instalaciones, cambian todos los muebles y a pesar de ser una industria modesta que ha tenido su administración en el entrepiso de una inmensa bodega… Pedro traslada la administración a un Pent-house esplendoroso, con vistas a los volcanes y todas las comodidades y lujos que responden a su “estatus”. La competencia de Pedro aprovecha la distracción del nuevo “acaudalado” y la producción se cae, ya sin supervisión en la planta. Las deudas lo asfixian y finalmente, un ex empleado de Juan que aprendió de su sabio ejemplo le compra -a precio de “tortilla con sal”- la marchita, aunque otrora exitosa empresa, con casi cuarenta años de tradición y solvencia. Pedro, para no asumir las consecuencias de sus desatinos, culpa a Doris, de haberle dejado la empresa en malas condiciones y a su padre Juan, de nunca haberlo tomado en cuenta, para ser su sucesor. Ya saben, la trillada historia de “los de antes tienen la culpa de mi incompetencia” … nadie le cree, ni su mujer. 

En nuestra historia, “Los Juanes y las Doris”, somos quienes generamos desde lo privado; trabajamos duro, pagamos impuestos, producimos y nos sacrificamos… los Pedros, son los gobiernos incompetentes y corruptos que dilapidan lo que no les costó. Guatemala de hoy, ilustra  la empresa que destruyó Pedro; nuestra deuda interna se disparó, en un semestre en un 20 por ciento, la externa en un 14 por ciento, sin inversión en infraestructura o red hospitalaria eficiente;  el déficit fiscal es probable que supere este año los Q40 millardos; para que sea digerible, la cuantiosa cifra, calcule Usted que corresponde a unos 11 millones de salarios mínimos, o bien el pago mensual -durante un año- a una fuerza laboral de novecientos mil guatemaltecos. Para consuelo -de tontos- la inflación se mantiene en menos del 1 por ciento, pero ello es motivado por una caída tenebrosa interanual de la actividad económica del ocho por ciento, lo cual implica cientos de miles de empleos perdidos y en consecuencia más gente comprando y consumiendo menos, deprimiendo más aún la economía… apenas estamos empezando a ver los efectos reales del injustificable e inmoral “Estado de Calamidad” y de la repugnante opacidad e incompetencia gubernamental. 

Curioso y triste notar el silencio de los “tanques de pensamiento” discurriendo en torno de la politiquería, ignorando la economía, y más de uno, avalando -explícita o implícitamente- la extensión de la calamidad pública. Patético notar la displicencia con que los ministros de Finanzas y Economía aprueban el descalabro económico y la Junta Monetaria, no dice “esta boca es mía”; las entidades gremiales, aparentemente sin noción de análisis, riesgos y valores, inspiran pena ajena. También la academia -con excepción de la UFM que ha hecho agudos señalamientos- permanece muda. ¿Y qué decir del Colegio de Economistas? ¡tristeza!

El esquema de déficit, endeudamiento obsceno, gasto público caprichoso y bajo Estado de Calamidad, es insostenible. El “Pedro” que rige y manda que dispone y abusa, además de destruir la estabilidad de más de dos décadas, nos echará la culpa, pero no solo eso… deberemos pagar sus idioteces; no solamente nosotros, sino nuestros hijos y nietos. No siga usted siendo indiferente al endeudamiento y el gasto público espurio; recuerde, el gobierno no tiene ni genera riqueza… todos sus desmanes, los pagaremos nosotros ¡Piénselo! 

 

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