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Domingo

Vamos a contar mentiras


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Posverdad es una palabreja de moda desde hace algunos años, si bien de significado confuso para quien no esté iniciado en sus argucias. Uno sabe, por supuesto, para eso es ya bachiller, qué es una posguerra, una posdata, un dolor posparto o un servicio posventa. Son cosas que vienen siempre después de algo, ¿no? Pero no está muy seguro de que, en el caso de la posverdad, la glosa sea tan sencilla. Hay en el vocablo un cierto aroma a sermón y a lamento jeremíaco que atufa. Sobre todo cuando a este siglo se le llama “la era de la posverdad”, como si hubiesen existido otra u otras anteriores en la que los seres humanos no mentían.

Más acorde con el tiempo que vivimos es dar ese nombre a todo lo que le llueve a la verdad “después de” mostrarse en público y decir aquí estoy y así me llamo. Me refiero a la basura, los escupitajos, los tomatazos, los insultos, las calumnias, los pitidos y abucheos que recibe la pobre infeliz para que no sea creída. A todo este arsenal se le llama también mentira emotiva y es la materia prima de las oficinas del poder, las fake news, los tuits y todo eso. Hay que ver, por ejemplo, lo fácil y divertido que es chismorrear, alarmar, difamar o engañar en las redes. ¿Y quién ignora que las noticias falsas tienen más credibilidad en Facebook que las que imparte la prensa responsable?

La posverdad en este contexto significaría el imperio de la mentira razonada, sensiblera, aviesa o estúpida en un mundo donde la verdad es sistemáticamente desplazada por el infundio verosímil. Lo que por añadidura implica que la distorsión y manipulación de la realidad atrae más que los hechos y que todo aquello que pareciendo verdad no lo es resulta más seductor que la verdad verdadera.

Por ejemplo, los magistrados de las cortes (ahora en pleno fandango), los diputados, los alcaldes o los consultores de imagen solo dicen posverdades admirablemente expuestas, tanto cuando niegan como cuando afirman. ¿Quiere decir que estos caballeros no dicen nunca la verdad? Hombre, tanto como eso no. Pero dado el caso de que la dijeran (lo cual habría de tomarse como un involuntario error de su parte), debería ser incluida en la categoría de verdades sospechosas.

El ser humano es un animal mentiroso. Mentimos sobre la edad, el trabajo, el amor, la cuenta corriente. Mentimos sobre cualquier cosa. Y lo hacemos por muchas razones: inseguridad, necesidad, pasatiempo, cautela, miedo. De hecho, si utilizamos expresiones tales como “para serte franco”, “la mera verdad” o “voy a ser sincero contigo” se debe a que decir la verdad es la excepción de la regla. La condición humana es así. Lo que ocurre es que hoy toleramos mejor la mentira porque nos hemos acostumbrado a ella. Nos movemos en un baile de disfraces donde mentira y verdad se miran una en el espejo de la otra y nadie sabe quién es quién. En especial cuando se trata de persuadir al gran público. Y hay un célebre episodio que viene como anillo al dedo a estas breves reflexiones.

Epiménides, un filósofo nacido en Creta hace más de 2 mil años, vivió una época en la que sus paisanos tenían fama de mentirosos. Incluso Pablo de Tarso los detestaba, al extremo de llamarlos primos de los filisteos. A nuestro filósofo se le ocurrió entonces paliar ese mal aura con una maniobra de distracción. Y fue decir que los cretenses eran unos mentirosos. De resultas, el mundo griego comenzó a debatir acaloradamente si Epiménides, por ser de Creta, decía o no la verdad. 

La respuesta es un clásico de la lógica formal y tiene numerosas variantes. Pero a mí me gusta interpretarla por la intención con que Epiménides dijo lo que dijo. Al asegurar que sus paisanos eran unos mentirosos, el filósofo mentía, pero los cretenses salían bien parados, porque, siendo él también un mentiroso, afirmaba lo contrario de lo que había dicho. Ahora bien, por mucho que el pícaro de Epiménides asegurara en forma retorcida que los cretenses eran sinceros, no era digno de ser creído, pues todo el mundo sabía lo embusteros que eran. Así que, una de cuatro. O todo era una pavada filosófica. O Epiménides no había nacido en Creta. O tenía ganas de fregar. O era el secretario de relaciones públicas del Gobierno.

La anécdota refleja con justicia lo que los practicantes de la posverdad pretenden y que es crear confusión y enredar las cosas para que la verdad no aflore, y que la opinión de la gente común se vuelva algo parecido a una mosca atrapada en una botella. De ahí que, cuando escucho o leo declaraciones oficiales de gobiernos, grupos de presión, alcaldes, procuradores, magistrados y demás gente de bien, piense siempre en el taimado Epiménides.

Me digo entonces si los gobiernos no tendrán una dependencia secreta que se llame el Ministerio de la Posverdad o algo así. O si las Cortes, el Congreso o los grupos de presión, no manejarán entidades parecidas. E imagino a sus respectivos comités agazapados en sus covachuelas, mirándose unos a otros de reojo, hasta que el cofrade mayor, con sonrisa siniestra, empieza a susurrar en voz baja una canción que los demás siguen a coro con la excitación propia de quienes se aprestan a llevar a cabo una travesura. Canción que, como yo la recuerdo, decía más o menos así: “Ahora que estamos reunidos/vamos a contar mentiras/por el mar corren las liebres/por el monte las sardinas”. Y acto seguido, imitando a Epiménides el griego, los demás cofrades empiezan a contar las posverdades que darán a conocer ese día al público, y a aclamar a los más creativos, y a aplaudirse, y a carcajearse, y a retorcerse en el asiento hasta caer despatarrados de la risa.

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