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Domingo

Duelos COVID: un adiós entre prisas y soledad


Más de 2 mil 500 guatemaltecos han perdido la batalla contra el coronavirus. Los rituales de despedida se transformaron en actos cortos y sencillos. Todo esto, en medio del cuestionamiento por las cifras reales de fallecidos. 

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El paciente de 76 años ingresa a las 19:00 horas a la emergencia del Hospital Roosevelt con saturación de oxígeno en 45. Tiene un cuadro clínico de diabetes y sobrepeso. Se encuentra pálido y los signos vitales muestran inestabilidad, según el médico de turno. Dos horas después se le traslada al área de cuidados intensivos y se le conecta al equipo de respiración mecánica.

A pesar del apoyo inmediato y de los medicamentos, el paciente fallece de hipoxia severa durante la madrugada. El enfermero aplica el procedimiento de rutina. Cierra sus ojos y lo cubre con una sábana. Va a la morgue por una bolsa plástica negra, hermética y biodegradable, para envolver el cuerpo.

A la familia le notifican en las primeras horas del día. Este hospital hace una prueba de hisopado post mortem para verificar la causa de la muerte. Y el resultado es COVID-19. El médico prepara el certificado de defunción. Mientras tanto, desde la sala de cuidados intensivos lo llaman para pedirle la cama que acaba de quedar libre. Hay pacientes esperando.

Esto sucedió en la tercera semana de junio, cuando el pico de la pandemia iba en ascenso. Los hospitales se encontraban saturados y las morgues también. En un hospital de la capital, cuya fuente pidió no ser citada, la cifra de fallecidos llegaba hasta a 10 diarios. Después, su personal ya no se daba abasto. Un muerto cada hora, en promedio, se leía en sus registros.

De ahí los testimonios de médicos y de familiares. Ellos piden no ser citados. Son los parientes o los amigos de aquellos que perdieron la batalla contra la COVID-19. Son los deudos que se vieron obligados a despedir a sus seres queridos en un lapso de seis horas, y con un funeral al que solo pueden asistir cuatro personas como máximo.

Los cementerios contrataron más gente para responder a la demanda. Todo esto en el marco de una crisis sanitaria, en la que las cifras de fallecimientos dejan duda sobre cómo las manejan las autoridades de salud pública.

Ardua batalla

El médico comienza su turno a las 7 de la mañana. Lo primero que hace es ponerse el traje blanco especial, a lo que añade gafas, careta, mascarilla y zapatos aislantes. Todo ese equipo lo usará durante su jornada de seis horas. Un equipo que cada vez le resulta más incómodo, pues le impide rascarse, ir al baño y tomar agua. Ese en el que suda y no escucha bien y que le empaña la vista para leer el chat o las guías de cada paciente.

“Ese traje blanco ha borrado las diferencias entre los trabajadores de salud e impide reconocernos. Bajo varias capas, es preciso gritar para darse a entender, y con frecuencia debe repetirse el mensaje hasta tres veces, porque la voz se ahoga entre las mascarillas, sumando a ello la fatiga vocal, así como la física y la mental”, afirma un médico.

En las áreas de emergencia no dejan de recibir enfermos con el habla entrecortada, una tos incontrolable y dificultades respiratorias, muchas veces fatales. Los meses más críticos fueron junio y julio, de acuerdo con el galeno entrevistado. El pico más alto fue de 276 ingresos en un día. Pero esta semana el promedio ha sido de cien pacientes diarios.

“Es probable que las personas con casos leves se estén tratando en casa. Pero los más graves siguen llegando a este hospital. Siempre faltan respiradores. Muchos podrían salvarse si hubiera más… pero no, se mueren”, relata.

A pesar de la falta de condiciones en los hospitales, este médico considera que al virus “se le ha tomado confianza”. Asegura que ya no es lo que era al principio, cuando necesitaban armarse de valor para ingresar al área de pacientes críticos. En estos días ya no le toca dar malas noticias a los familiares de los que se van. Pese a ello, recuerda escenas incómodas en las que los deudos lloraron e intentaron abrazarlo a él, cuando vieron tendido en la morgue a su ser querido.

El paso más terrible

Con el paciente de 76 años, la familia no ingresó a identificar el cuerpo. Fue el representante del servicio funerario el que se hizo cargo. “Le entregamos el DPI y le dimos unas señas particulares. Luego se contrastaron documentos. El resto se encomendó a las manos de Dios, lo que todavía resulta muy doloroso para mi mamá”, confiesa la hija del fallecido.

Esos cuartos fríos, que en realidad no son fríos, demandan que el cuerpo sea retirado en un máximo de seis horas. Ello, de acuerdo con las especificaciones del Ministerio de Salud. Por esas morgues ha pasado la mayoría de fallecidos por el nuevo coronavirus. Hasta el pasado viernes, el número ascendía a 2 mil 532.

“La cantidad de muertos, el papeleo que conlleva cada caso, la dificultad para saber si los que mueren en la puerta del hospital son positivos o negativos, y la fila de carros fúnebres que espera por recoger los cuerpos, hacen que sea un trámite complicado, y que el plazo estipulado de seis horas se cumpla muy pocas veces”, explica el médico.

De acuerdo con la doctora Zulma Calderón, defensora de la Salud de la oficina del Procurador de los Derechos Humanos, cada hospital ha adaptado los protocolos de las morgues con base en sus recursos e infraestructura. Esto implica, en principio, separar cuerpos de pacientes contagiados de los que no lo son.

En medio del caos, los consultados coinciden en que, entre tantos fallecidos, puede darse la posibilidad de alguna confusión. “Una vez se cierra la bolsa ya no se abre. Y se tiene que aceptar que el ser querido está allí”, dice Calderón.

Por ejemplo, el Hospital Roosevelt adaptó un furgón frío con capacidad para entre 12 y 15 cuerpos. Es el único centro hospitalario que cuenta con bolsas plásticas con una ventana transparente para que los deudos puedan reconocer a su ser querido. 

Pero en el Hospital Regional de Zacapa el manejo es preocupante, puesto que se carece de una morgue para los casos de COVID-19. De manera que al fallecer un contagiado, el personal sanitario lo prepara y se queda esperando a la par de pacientes vivos, hasta que la familia se presenta a reclamar el cuerpo.

En el Parque de la Industria se habilitó un espacio con un vidrio para que la familia pueda identificar a su ser querido, relata Calderón. Para evitar confusiones, el IGSS le pone al paciente de nuevo ingreso una pulsera en la muñeca. Al morir, la bolsa negra lleva datos y una foto.

Duelo inconcluso

Los familiares partieron del hospital hacia el Cementerio Los Parques. Las velaciones y los servicios religiosos están prohibidos, desde inicios de la pandemia. Para el sepelio solo permitieron cuatro personas: su mamá y tres hermanos. Ella no pudo ir. Vivió el duelo en casa junto a su hijo. “Fue terrible”, afirma.

Diego Aguilar, gerente general de Corporación de Servicio Señoriales, reconoce que lo más duro de estos meses ha sido que las familias no puedan despedir a su gente. Para esta empresa, que representa el 40 por ciento del mercado en estos servicios, la pandemia ha significado un gran aprendizaje.

“Desde el inicio asumimos que el cien por ciento de nuestros servicios eran COVID-19. Eso lo hicimos para anular riesgos entre nuestros clientes y colaboradores. Incluso en departamentos como Quetzaltenango hubo estigmatización. También incertidumbre. Nos costó encontrar el equipo, por lo que nos fuimos a lo extremo”, afirma.

La demanda fue creciendo y también debieron reinventarse. Implementaron los homenajes virtuales por medio de videoconferencias. De abril a la fecha, han atendido 950 servicios. De estos, 270 son COVID. “Solo un 30 por ciento no contaba con protección”, indica Aguilar.

En el Cementerio Los Parques, que forma parte de esta corporación, se ha requerido más personal para responder a la demanda. De manejar un promedio de ocho inhumaciones diarias, en junio y julio llegaron a atender hasta 25 en cada jornada. Se duplicaron los turnos y se contrató personal temporal. De esa cuenta, se han atendido en el mismo periodo 1,208 entierros, de los cuales 331 son casos COVID-19. De estos, el 35 por ciento no contaba con protección, según el gerente.

El camino hacia el camposanto se hace largo, en contraste con una despedida corta y sencilla. “El apoyo de familia y amigos es vital para superar el duelo”, dice la hija. Mientras, en cada hospital, algunos médicos se apoyan en las terapias para sobrellevar la carga emocional. Quizá, por la impotencia de no poder salvar más vidas. Como lo dice un médico: “Ya no puedo indignarme más. De lo contrario me pegaría un tiro”.

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