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Domingo

Instructor oculto de la muerte


Lo último que Raúl Lorenzana vio antes de ser acribillado por comandos especiales y secretos del Ejército de Guatemala, fue un automóvil que interceptó el suyo y una moto que por el lado derecho se detuvo frente a la ventanilla para disparar varias ráfagas de subametralladora. Lorenzana era uno de los jefes de la temida Mano Blanca, formada por militares y exmilitares, algunos empresarios de peso y por gente de menor cuantía económica como él. La organización asesinaba, después de crueles torturas, a los ciudadanos que identificaban como comunistas o sospechosos de serlo. Después les cercenaban la mano izquierda y les pegaban un papel donde habían escrito textos como “Por traidor a la Patria” o “Esto les espera a los comunistas” y tiraban los cuerpos en las calles o en veredas del campo.

La Mano Blanca fue fundada en 1966 por individuos anticomunistas que no estaban satisfechos con las acciones del Gobierno frente a lo que consideraban “la amenaza comunista”, y pretendían desacreditar al gobierno del civil Julio César Montenegro que había ganado las elecciones frente a dos militares de la vieja guardia anticomunista.

La Mano Blanca se volvió, sin embargo, incómoda ya que actuaba por su cuenta. Creían que por el simple hecho de profesar el credo anticomunista que prevalecía en el Estado y en gran parte del Ejército y el empresariado, estaban facultados para hacer lo que quisieran. Raúl Lorenzana y otros jefes de la Mano Blanca se dedicaban también a realizar secuestros y extorsiones que no tenían nada que ver con cuestiones políticas ni ideológicas. Lorenzana tenía vínculos con el crimen organizado, en especial redes de contrabando.

Nunca supo Lorenzana que el arquitecto de su ejecución no fue un guatemalteco. Sino un hombre llamado John P. Longan, nacido en el año 1914 en Mountain View, un pueblito ganadero de Oklahoma. Longan había sido sheriff de la Ciudad de Oklahoma y luego agente de la patrulla de fronteras. Llegó a Guatemala en noviembre de 1965 como instructor o trainer, parte del programa “Seguridad pública” de la agencia norteamericana de cooperación. Longan tuvo siempre un perfil bajo y siguió haciéndolo en otros países donde trabajó con el mismo cargo de “consultor de seguridad”.

Vino al país después de una petición que el jefe del gobierno golpista, el coronel Enrique Peralta Azurdia, hiciera al embajador de los Estados Unidos John Gordon Mein. La política de Washington era estricta en las formas y el país beneficiario de la ayuda internacional debía hacer una solicitud formal. Longan llegó para asesorar a las fuerzas de seguridad en la lucha contra los guerrilleros de las FAR y el Movimiento 13 de Noviembre, así como los comunistas del Partido Guatemalteco del Trabajo. La guerrilla se encontraba en situación de repliegue en la capital, lo que llamaron la Resistencia Urbana. El Partido Comunista se ocupaba en ampliar sus bases y en organizar mejor sus estructuras, dirigidos por Víctor Manuel Gutiérrez, un intelectual que había regresado clandestinamente a Guatemala desde su exilio en México.

La corrupción campeaba en las fuerzas de seguridad sin que hubiera una coordinación entre los diversos cuerpos y unidades. En el oriente del país, el jefe de la base de Zacapa, coronel Carlos Arana, apodado El Chacal, había logrado con apoyo técnico y de recursos humanos del Ejército norteamericano desarticular a los frentes guerrilleros en base de una represión que rayó en la barbarie. Los cadáveres de campesinos aparecían flotando con las manos amarradas en el río Motagua.

Pero en la ciudad no se podían aplicar los mismos métodos de represión brutal masiva contra los pobladores. Por eso el gobierno de Peralta Azurdia accedió a pedir la ayuda, que llegó ya no por parte del Ejército norteamericano sino por la CIA y su organización de cobertura al programa de Seguridad Pública, del cual John P. Longan era encargado de ejecutar en Guatemala.

Longan insistió desde el principio en que había que cambiar los métodos. Lo central, aseguraba, era la información, el trabajo de inteligencia y la coordinación de los diversos cuerpos. Enseñó que no era igual la lucha contrainsurgente en el campo que en la ciudad. Y recibió todo el apoyo y permisos del coronel Peralta Azurdia que le dijo algo como: “no me pregunte, actúe”. Pronto Longan montó un taller de entrenamiento para oficiales del Ejército y elementos de las policías Nacional y Judicial. Se estableció como centro de operaciones el Cuarto Cuerpo de la Policía bajo la dirección del Ejército. Todo debía ser secreto. Tenía que convivir la legalidad con la ilegalidad, dando la impresión de que se cumplía con la ley. También inició un centro de información y análisis que llamó “La Caja” o Box que se convirtió en la temible Regional de Telecomunicaciones. Asimismo, tenía que asegurarse una casa de seguridad para llevar prisioneros e interrogarlos.

Longan instruyó en técnicas de interrogatorio y de procesamiento de información. Aseguraba que la información era un producto fresco y vital que podía dejar de serlo después de solo unas horas. Por eso, se quejaría años después recordándolo, los militares guatemaltecos no entendían porque “La Caja” tenía que tener personal 24 horas al día.

Longan organizó talleres (workshops) de cómo sacarle la información a los prisioneros. Enseñó que no se trataba de hacer sufrir a los capturados en balde, sino de sacarles información y procesarla de inmediato. Para eso bastaba con la capucha y la simulación de ahogo y los golpes eléctricos en los genitales, aplicados de manera científica. La eliminación física se haría después. Y no se tirarían cuerpos con manos cercenadas sino se “desaparecerían” tirándolos a alta mar en aviones militares que habían sido proporcionados por los Estados Unidos. Las autoridades por supuesto negarían toda forma de detención y en caso de que los subversivos murieran antes de tiempo se haría llamar a un juez de Paz para certificar que habían caído en combate contra las fuerzas de seguridad, negando que hubieran sido detenidos. Era importante mantener la imagen del Estado de derecho.

Al primer gran operativo Longan lo llamó “Limpieza” y dio como resultado la captura de 35 dirigentes del Partido Comunista PGT y miembros de las guerrillas de las FAR y el M- 13 de Noviembre. El gobierno de Peralta dio el visto bueno para dar muerte a los capturados, previa tortura e interrogatorio, y se coordinaron con gran eficacia y discreción las fuerzas policiales con otras de aire y tierra del Ejército para tirar los cuerpos al océano Pacífico. Esto sucedió el 2 de marzo de 1966, un día antes de las elecciones en que triunfaría el candidato de la oposición Méndez Montenegro.

Las enseñanzas de Longan se afincaron en una reorganización de las fuerzas contrainsurgentes. Todo debía hacerse en la clandestinidad y en coordinación. La contrainsurgencia sería dirigida por el ejército y las policías colaborarían. Longan era partidario de la unidad de acción y de objetivos sobre la base del trabajo de inteligencia. Por eso el surgimiento de la Mano Blanca fue una competencia no deseada en el nuevo esquema, ya que la Mano se dedicaba al terror por el terror y actuaban con desorden, además tenían vínculos con el crimen organizado.

A pesar de la oposición de algunos jefes militares, que miraban a la Mano con simpatía y como aliados, con la presión del embajador Gordon Mein se logró considerar a la Mano Blanca como un estorbo y hasta un peligro. Se decidió eliminar a sus jefes. Nunca lo imaginó Raúl Lorenzana.

El aporte de John P. Longan a Guatemala fue, además de enseñar técnicas de inteligencia, interrogatorio y tortura, incorporar escuadrones de la muerte como unidades orgánicas de las fuerzas de seguridad, dirigidos por mandos militares coordinados con las policías.

Longan se retiró en 1976, sin recibir grandes condecoraciones pero sí una modesta pensión por sus servicios de 32 años en seguridad pública, viviendo con su esposa Dorothy en un pueblito de Arkansas llamado Bentonville donde murió de causas naturales en 1989. De Guatemala recordaría siempre la fiesta con marimba que le organizaron para su cumpleaños. Se consideraba a sí mismo un consultor profesional. Hablaba bien el español.

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