Miércoles 23 DE Septiembre DE 2020
Domingo

El correcaminos y el coyote

Fecha de publicación: 09-08-20
Por: Francisco Pérez de Antón

Una de las conclusiones más llamativas del libro de John Bolton sobre los trabajos y los días de Donald Trump en la Casa Blanca es la convicción del presidente, según la cual, podía gobernar su país y liderar el mundo con ayuda de su ingenio, su talento teatral y su top of mind, esto es, hacer y decir lo primero que se le viniera a la cabeza. Bolton asegura también que Trump es un hombre inculto e ignorante de la historia y que esquivó desde el primer día el análisis, el rigor y la disciplina de pensar, que es el lado áspero y difícil del oficio. Prueba de todo ello han sido sus frecuentes salidas de tono estos años, como cuando se le ocurrió decir que el virus se curaba tomando hidroxicloroquina.

Sería injusto, sin embargo, señalar solo a Trump de imprudencia o ignorancia, ya que el número de hombres públicos que utilizan el top of mind es infinito. López Obrador dijo “hay que abrazarse, no hay que exagerar, no pasa nada”. Y Bolsonaro, “es solo un resfriado”. Otros han tenido ocurrencias peores. “Esto no es más que una sicosis, ¿acaso lo han visto volar?”, exclamó el presidente de Bielorrusia. Y si nadie entre el sandinismo lleva hoy mascarilla es porque Daniel Ortega lo considera un emblema de la oposición.

A menudo, la ocurrencia es incontinencia verbal, desliz freudiano o algún pathos parecido. Pero lo común es que no pase de ser una estupidez solemne. Por ejemplo, la de Su Ilustrísima Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia, España, cuando atribuyó días atrás al demonio la culpa de la pandemia. O la del predicador Cash Luna, convocando a una cruzada religiosa para “derrotar” al microorganismo. A mí en lo personal me hubiera gustado más que uno u otro me explicaran cómo un Dios infinitamente bueno y misericordioso arroja sobre sus criaturas un azote tan cruel y tan perverso. Pero, claro, quién soy yo para preguntar.

Despropósitos verbales de este porte revelan, no obstante, que el mundo está dirigido con muy poco juicio y explican por qué sus dirigentes, religiosos o laicos, da igual, siguen causando a la humanidad un daño mayor que el de la pandemia misma.

Pero esto requiere cierta glosa.

El ocurrente es un individuo cuyo aparato mental es capaz de emitir juicios improvisados, pero seductores, y hasta divertidos, sobre la base de muy poca o ninguna información. Y sin embargo, desde los días del colegio, este tipo de personaje sigue despertando en nosotros una admiración inexplicable. Para describirlo mejor: el ocurrente viene a ser una réplica del ingenioso coyote que, pese sus increíbles artilugios e inventiva, nunca logra cazar al correcaminos. Pero, mientras, hay que ver cómo nos divierten sus ocurrencias inútiles.

No descubriré la leche en polvo si digo que es en las élites donde la ocurrencia, o lo que es lo mismo, la “estupidez razonada”, brilla con el más vivo esplendor. Y no es cosa de ahora mismo. En su Diccionario de las ideas recibidas anotaba Flaubert esta frase de Napoleón: “La riqueza de un país depende de la prosperidad general”. Toma del frasco, Carrasco. Y el naturalista Leopold Cuvier, fundador de la anatomía comparada, analizando el potencial peligro de los meteoritos, sentenció en su día: “Las piedras no pueden caer del cielo, porque en el cielo no hay piedras”. Hombre, qué interesante, no se me había “ocurrido”, debieron de pensar muchos, frase que solemos repetir los demás cuando uno de estos sabios de la tarabilla nos deja con la boca abierta.

Lo más sorprendente del caso es que el ocurrente, ese promotor de ideas geniales que en una asamblea de accionistas, un comité de vecinos, la directiva de un gremio o un gabinete presidencial deja estupefactos al resto, sea tan valorado por la mara. Qué buena idea, vos, le dicen. Y seducidos por el chispudo, allá se van de cabeza la asamblea, el gabinete o el comité, para terminar, como el infeliz coyote, chamuscados o en el fondo de un abismo. Puedo dar fe ante notario, lo he visto más de una vez.

Pocos pueden prever, y menos aún impedir, estas espontáneas emisiones del top of mind. Y confieso, no sin rubor, haber caído a veces en ellas. Todavía me sucede. De ahí que coleccione libros sobre el tema a fin de entender mejor el fenómeno. No muchos, una docena o así. Pero todos ellos coinciden, más o menos, en dos puntos. Que el ocurrente es más dañino que el malvado y que las consecuencias de aplicar a la sociedad sus fumadas pueden ser devastadoras.

Hay quien llama a las ocurrencias “conocimiento intuitivo”. Y no se puede negar que a veces da en el clavo. Tiene dos defectos, con todo, ese título. En primer lugar, la ocurrencia no es conocimiento, sino improvisación, cacareo, palabrería y uno que otro rebuzno. Y en segundo que, si atina, lo hace una vez de cada cien. El quid de la cuestión reside en cómo distinguir la ocurrencia del conocimiento, asunto nada sencillo, por más que en ocasiones, como sucede hoy, sí lo sea.

El calor, el demonio, la santa cruzada, sicosis, hay que abrazarse, nada de mascarillas. La chapuza universal. Dondequiera que uno mire estos días, encuentra siempre la misma historia: a una estupidez solemne le sigue otra mayor. Entretanto, el correcaminos sigue suelto. Ningún dispositivo, ninguna trampa, ha logrado darle caza. Ni siquiera la de las placas pares e impares. Y ante tanto desatino, uno no puede sino imaginar cuán penoso ha de ser para estos iluminados escuchar una y otra vez el hiriente bip-bip y comprobar, como el coyote, que sus geniales ocurrencias solo han sido el hazmerreír de todo el mundo.