Sábado 15 DE Agosto DE 2020
Domingo

Trabajo

Fecha de publicación: 02-08-20
Por: César A. García E.

Esta semana, tuve uno de los momentos laborales –inesperados– más emotivos, en mis cuarenta años de trabajar –a Dios Gracias– de forma ininterrumpida. Hicimos un modesto homenaje, en la sala de juntas, al colaborador más antiguo de la empresa; un hombre sencillo, siempre optimista, puntual, vertical y educadísimo… don Santos Segura. Cuando me dirigía a él, mi alma se impregnó, súbitamente de recuerdos, nostalgia y gratitud; “nos hicimos viejos juntos, gracias por ser un tipazo, y un ejemplo…” le dije, con dificultad. Realmente lo sentí y siento así, hemos trabajado juntos –me ha apoyado de forma incondicional– por largos –y tan breves– veinte años, y eso, debe agradecerse.

La reunión, en la que participábamos el personal en ese momento presente, de una de las empresas sobrevivientes a muchas faenas,  fue muy breve y con mascarilla, pero colmada de admiración –de todos– por ese hombre bueno que, desde le conozco –unos cinco años antes de decidirse a trabajar a mi lado– se ha ganado el pan de forma honrada, haciendo lo que debe; se sienta bien o mal, tenga o no problemas, los tiempos sean adversos o promisorios. Solo en una ocasión, cuando inicié el emprendimiento al que él se sumó inmediatamente, en  2000, y en la pequeña oficina, en la que  laborábamos solamente tres personas, teniendo  más  personal que clientes, se acercó –y con pena– me preguntó si saldríamos adelante, porque lo estaban llamando de su anterior trabajo. “No abrimos para cerrar… saldremos con la ayuda de Dios”, le aseguré y el resto es historia, aquí estamos todavía juntos.

El amor por el trabajo no es de dominio público y, por lo tanto –tristemente–  no es para todos. Se forma a través del tiempo –trabajando– y solamente la gente honrada que sabe que es menester trabajar, para comer… puede comprender este valor enorme que nos devuelve en satisfacción y cansancio –gratificantes– además de la provisión y el legado, de una vida digna, sin duda llena de defectos, pero productiva.

“El trabajo dignifica, vergüenza es robar”, escuché muchas veces en mi niñez. Pero además tuve la dicha de contar con mis padres que trabajaron –honradamente– mientras pudieron. Siempre dignos, siempre verticales, siempre auténticos; no querían impresionar a nadie, comprando cosas fuera de sus posibilidades, ni excederse para alardear; nos enseñaron, a mis hermanos y a mí, a ser agradecidos –con lo que había–, cabales y a no pedir fiado.

Con alma de “marchante” –como siempre me he autodenominado– y con alrededor de diez años, empecé a hacer mis primeros “tanes” de comerciante, criando peces “guppys”, vendiéndolos a los amigos del colegio y también a los estudiantes de la antigua  Escuela de Medicina de la Usac (Paraninfo universitario). Cursando quinto primaria, tenía al menos unos cinco clientes frecuentes de primero o segundo año de medicina que me compraban peces, así como medicinas para el “Ich”, un parásito común en los acuarios, cuyo remedio fabriqué por varios años, a base de “azul de metileno” rebajado. No recuerdo quien me enseñó la fórmula, pero la rentabilidad de ambas ramas del negocio fue excelente; todo empezó con dos hembritas y un macho. La inversión inicial fue de un costoso quetzal con cincuenta centavos. Como referencia, la entrada al cine, entonces –en “luneta”– costaba cincuenta len.

Mi incipiente negocio, se convirtió en el hobby de mi padre y llegamos a tener cientos de peces, nacidos en casa,  los que comercialicé con éxito, invirtiendo mi papá en mandar a fabricar un estanque bajo las gradas del patio central de nuestra vieja casa de la 15 calle de la zona 1. La historia de este primer emprendimiento concluyó con el festín de un mapache, regalo de un primo estudiante de veterinaria; una noche lluviosa –que ayudó a que no se notara su tropelía– terminó con prácticamente todos los peces, para luego dormir un día y medio. Fue una amarga lección de vida, pero entendí que el negocio había terminado; era financieramente irrecuperable y pronto llegarían los quehaceres del bachillerato y la falta de tiempo. Antes de comercializar peces, con mis hermanos, vendíamos –en la puerta de la casa– bolsitas de poporopos, sobre todo los viernes santos, por estar en una “vía procesional” y fines de semana; nunca sentimos “vergüenza”, no vendíamos muchas, pero era suficiente, para juntar para una ida al cine, con hamburguesa y gaseosa incluida, de la Lido, el Cantón o La Capri.

Saliendo del colegio, empecé a trabajar… era mi mayor ilusión y he vivido enamorado del trabajo, toda mi vida. Un día –sin advertir el paso de los años– me sentí extenuado; así fue… de la noche a la mañana, tuve la sensación, al levantarme que pesaba quinientas libras; mis delgados brazos eran –de golpe y porrazo– insoportablemente pesados. Así continuaron días, semanas y meses. El ímpetu y la fuerza parecían diluirse, entre una intensa tristeza y los dolores en variopintos sitios exigían descanso. Me percaté, en esos momentos que había rebasado la barrera de los cincuenta y nunca paré de trabajar; lo hice con toda la intensidad del ansioso, con toda la ilusión del soñador y con toda la excelencia que pude; exigiéndome, recriminándome y sin perdonarme, las veces que fallé ¿Insensato? Probablemente sí, pero así fue. Sembré duro, desde temprano y la cosecha que pensé por muchos años no ver, había empezado a dar sus primeros brotes desde que cumplí unos veintidós años, cuando enganché mi primera casita, con modestos 58 metros cuadrados, en 1983… pero cada uno de esos metros sería mío, sensación que volví a sentir, cuando abrí mi oficina propia –con don Santos– luego de trabajar veinte años en banca y lograr –con toda franqueza– cada uno de mis sueños.

La vida ha sido generosa conmigo, ahora me aproximo a los sesenta, sigo trabajando, aunque un poco menos y recojo agradecido la cosecha de mi siembra… al agacharme a hacerlo, me duelen las rodillas y debo humectar mis manos, y lubricar mis ojos… uno se va “secando” pareciera;  solo escucho con un oído y en el otro resuena un debilitante zumbido que elijo pensar, me anuncia que sigo vivo y me insta a poner más atención –agradecida– en lo que queda y no en lo que falta. Preservo –intactos– mis sueños, agradezco por la agilidad de mis dedos, al escribir estas líneas, puedo pensar, pero, además, tengo la opción de compartir mis pensamientos. Puedo comer –no importa si es a las carreras en mi escritorio– puedo saborear el deber cumplido, elaborar diversas estrategias, para no tener que parar, ni en las subidas y me satisface, no haber tenido que despedir a nadie, durante esta infausta crisis que lacera vidas, derriba patrimonios y enferma mentes. No será un año de grandes ganancias, pero sí de muchísimo aprendizaje, porque es en la adversidad, cuando más se crece, aunque por momentos sintamos que no podemos seguir.

La gente de trabajo no tiene otra opción, no conoce desvíos ni atajos a la honradez; siempre sigue…  y sigue hasta la muerte. Felicitaciones a la gente honrada de mi país, a los miles que asustados –por la infausta tormenta mediática y política– superaron el terror y salen a generar para los suyos. Mi respeto a todos los emprendedores valientes que “se la juegan” cada día, arriesgando su paz, su patrimonio, agotando sus fuerzas y luchando. El trabajo enaltece y solamente los parásitos, pueden satanizarlo ¡Piénselo!