Viernes 18 DE Septiembre DE 2020
Domingo

Una página del libro de los pájaros

Fecha de publicación: 26-07-20
Por: Francisco Pérez de Antón

A las dos Guatemalas de hoy les separan cuarenta kilómetros, una abrupta serranía y más de dos siglos de historia. Y les une esta soleada pausa en que llegando julio se sume el llanto del invierno. Canícula de Santiago la llaman, un tiempo indeciso que se abisma y ensimisma a la espera de más lluvias. Las aves planean en lo alto y alguna, más atrevida, alza el vuelo hacia las cumbres.

El ave no tiene prisa. El día es ancho y ajeno. Y descuidada de sí, se deja llevar por una cálida corriente de aire, mientras observa, curiosa, los dos valles que se derraman a una y otra ladera. Beato y recoleto el de Panchoy, abierto y ventilado el de la Virgen, en sus llanuras se posan dos urbes de distinto pulso. Santiago de Guatemala, la antigua, de advocación masculina y guerrera, parece conservar el paso de una edad que no hace concesiones a la prisa. Guatemala de la Asunción, la nueva, es la ciudad adolescente que, ofuscada en sus apremios, tiene arrebatos de mal humor y todo se le queda chico.

Bajo advocaciones disímiles, las dos Guatemalas se miran y se reconocen. Y desde el hombro de la sierra, el ave se pregunta por qué el patronato de un santo fue desplazado un día por el de una virgen. Mas no logra descifrar el intríngulis. Así que, abriendo el antiguo libro de los pájaros, se engolfa en la lectura de un tiempo remoto, cuando la Guatemala de este lado era solo un valle con dos o tres cerros, muchos árboles y alguna cantera.

Santiago es el mito jacobeo implantado en tierras americanas, cuenta el libro de los pájaros. Antes de llamarse Santiago se llamó Jacobo, luego Saint-Jacques y más tarde Sant-Yago, un apóstol de conciencia medieval, mitad monje y mitad soldado. Y el ave sonríe, divertida, cuando lee que el Hijo del Trueno, apodo que le da la Biblia, no dudó en sobrevolar el océano para venir en auxilio de Cortés y sus hombres para ayudarles en la batalla de Tabasco.

La cita es del historiador López de Gómara, pero Bernal Díaz del Castillo, que había combatido allí, escribiría socarrón más tarde: “Pudiera ser que lo que dice el Gómara fuera el glorioso apóstol Santiago, mas yo, como pecador que soy, no fui digno de verlo”.

Tampoco lo vería después cuando, ya aposentado en Santiago de Guatemala, la tierra retembló un día y muchos vieron al apóstol volar en su blanquísimo corcel sobre los volcanes de Agua y de Fuego. El milagro quedaría registrado para eterna memoria en el escudo de armas de ambas ciudades, pues la nueva tomaría para sí la misma seña de identidad que había tenido y aún tiene la vieja.

En boca de todo soldado español, decir Santiago era lanzar un grito de guerra. ¿Y qué mejor ofrenda que dar a la ciudad conquistada el nombre de quien les había auxiliado en la victoria? De ahí que, en ese gigantesco santoral que son las ciudades de América, Santiago sea su patrón más frecuente. Solo en Guatemala existen más de cincuenta toponimias, entre parajes, volcanes, ríos, poblados, templos. Y el ave que, perezosa, planea por sobre cerros y cimas se pregunta extrañada cómo fue que la cultura anfitriona asumió la iconografía militar de la cultura invasora.

La respuesta no es difícil, dice el libro de los pájaros, solo hay que aguzar la imaginación. Para los indígenas, Santiago encarnaba al dios español de la guerra. En el caso de los quichés, ese dios se llamaba Tojil. Y del sincretismo resultante entre ambas figuras tal vez surgiera el tzijolaj, esa pequeña talla en madera de un hombre a caballo con la que el indígena guatemalteco suele danzar en las procesiones. La apariencia de la efigie es la de Santiago apóstol, pero ¿quién podría asegurar que no se trata de un Tojil disfrazado?

Al término de la conquista, el nombre de las ciudades sería dedicado a otros patronos. Las creencias de los hombres cambian según las circunstancias y la historia. Y, en lo sucesivo, serían advocaciones menos belicosas quienes se llevaran la palma en el santoral urbano. América se volvía un beaterio gobernado por la Iglesia. Las órdenes mendicantes habían difundido ya la devoción mariana y, con ella, las advocaciones dedicadas a la Virgen. A Santiago le había llegado su canícula. Y su nombre desaparecerá de Caracas, Querétaro, Guayaquil, Montevideo, Guatemala y otras ciudades a las que había dado título.

La fuerza femenina de la divinidad. Sobre todo en Guatemala, donde Santiago, padre de un tiempo, sería reemplazado por la Asunción, madre de otro. La Guatemala del guerrero a caballo agonizaba bajo piedras seculares, escombradas durante el fatal estremezón de 1773. Sobre ellas quedaría solo el nostálgico musgo del pasado, mientras en la nueva se construía apresuradamente el futuro. Y la historia se tomaba un respiro, como esta soleada pausa de la canícula que, entre las festividades de Santiago y la Asunción, hace la lluvia estos días.

El ave cierra el libro de los pájaros. Estos parajes deben de llevar aquí millones de años, se dice, pero la vida de un ave es tan breve que no consigue abarcar la herencia de los siglos. Lo que no es óbice para no intuir su presencia. Y eso la hace feliz. En los bancales rebulle la arboleda y el aire trae aromas de resina. Y arrastrada por la cálida corriente que la arropa, el ave se aleja convencida de que contemplar estos valles y su historia es como observar por una rendija un trozo de eternidad.