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Domingo

Hacia una nueva normalidad


¿Normalidad? La dramaturga y periodista mexicana Sabina Berman ha formulado una contundente definición: “La normalidad es una camisa de fuerza. Nos amaestran a todos igualitos. No me parece muy buen material literario y me interesan más los personajes anormales”. Berman es conocida internacionalmente por una obra extensa, representada en diferentes géneros (novela, guiones de cine, teatro) las cuales tienen un hilo conductor y comunicador: la transgresión de los límites, el dudar o el arte de reflexionar sobre los problemas de la existencia.

Lo normal puede ser visto como limitante y en palabras de Berman como una manera de “amaestrar” a los ciudadanos. Pero, ¿quién o quiénes son los que amaestran? Para responder a esta cuestión debemos detenernos, brevemente, en la comprensión del papel de la ideología en una sociedad. La ideología como falsa conciencia puede adormecer y engañar pero no puede dar de comer ni proporcionar vivienda ni escuela. La ideología entendida asimismo como la manera que se ve y se entiende el mundo, como las representaciones morales y sociales aceptadas en las cuales se cree y se defienden frente a desviaciones, es decir lo que no es normal. Normal derivado de norma o regla aceptada. Lo normal es lo que se espera que se haga, es decir la conducta que responde a situaciones dadas y concretas. Lo normal visto como algo convencional, aceptado por la sociedad o por grupos de la misma. La expresión “ese tipo es un anormal” dice mucho de lo que se entiende por anormal y la contrapartida de normal. El anormal casi como un criminal, en potencia y a veces en el acto.

La pandemia vino a cambiar la normalidad. Fábricas y almacenes cerrados por órdenes del Estado. Clases en las universidades suspendidas o transformadas en no presenciales. Distanciamiento social. Uso de mascarillas. Toque de Queda y muchísimos más etcéteras. Cuando el 11 de marzo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la salud OMS, declaró el carácter de pandemia del coronavirus el mundo entró en una etapa desconocida en este siglo: la virulenta epidemia había traspasado las fronteras de China y de la ciudad de Wuhan y comenzaba a regarse por el planeta. Ya no teníamos un mundo normal sino uno diferente.

Aunque la globalización cambió los mapas económicos, políticos y hasta culturales del planeta, la pandemia golpea a un mundo asimétrico: sociedades ricas y sociedades pobres (algunas muy pobres). Países desarrollados y otros en la edad de piedra o de la rueca o como se quiera llamar al subdesarrollo. El coronavirus está cobrando muchas más víctimas en aquellos países con deficientes instituciones y estructuras de la salud. La gente muere no solo por el virus sino por falta de equipo y personal en los hospitales. La pobreza resulta la peor pandemia del mundo. Los pobres no tienen acceso a sistemas sanitarios efectivos. La salud está en muchas partes privatizada. Los pobres carecen de agua potable y jabón. Tienen que vivir hacinados por el déficit habitacional. Están en la primera línea de fuego del temible y temido virus.

La pandemia vino a demostrar la invalidez del neoliberalismo: un Estado disminuido y un sector de salud privatizado no son garantías para enfrentar el coronavirus. Los neoliberales pretenden tener el monopolio del concepto de libertad. Consideran que todo lo que se opone al egoísmo irracional es comunismo. El egoísmo nunca puede ser racional. Pero una de las grandes lecciones del coronavirus es la necesidad de fortalecer el sector público. La solidaridad y el bien común han vuelto a ser centro de atención. El dolor nos hace más humanos. La necesidad de colaborar, de apoyarnos y de pensar en los demás.

La preocupación por el prójimo se basa en el intercambio justo y comedido. Estamos hablando de la libertad verdadera, no del libertinaje. La pandemia desnudó la desigualdad en el mundo. Sin fraternidad ni igualdad nadie es libre. La libertad propia presupone la del otro, de los otros. No puede haber una libertad privada que conculque a la ajena. Quizás la falta o carencia de conciencia sobre el sentido profundo de la vida haya sido la causa mayor de la enajenación materialista. Del falso amor al dinero. La piedra bruta del ego sobre el diamante pulido del respaldo mutuo. Dice Don Quijote a Sancho:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Las consecuencias finales de la pandemia ahora solo pueden adivinarse, en el mejor de los casos con predicciones calificadas de los expertos. Se vislumbra una devastación de vidas humanas en todo el orbe. Los ancianos y los débiles de salud son sus principales víctimas. En el plano económico y social se ven miles de empresas quebrando y creciente desempleo. Pero queremos pronosticar que el mundo no será el mismo cuando todo esto haya pasado. Y que la humanidad podrá salir triunfante, a pesar de las enormes pérdidas en vidas y materiales. La pandemia ha hecho reflexionar a millones en todo el mundo, despertando inquietudes que parecían olvidadas. La más notable sea acaso la solidaridad.

La humanidad al experimentar su vulnerabilidad, al confrontarse con la necesidad de unirse, puede salir triunfante de esta pavorosa plaga. De ahí que no se trata solo del mundo que tenemos, sino del tipo de sociedad actual. O sea los países donde hay vulnerabilidad, desnutrición, migrantes, déficit habitacional, corrupción, desigualdad, en una sola palabra pobreza. Se trata también del futuro de esos países, del cambio para un devenir más humano. En palabras del poeta antigüeño Luis Cardoza y Aragón: “La esperanza nos está esperando”.

Vivimos la evolución de una nueva conciencia universal sobre el bienestar de la humanidad. Es decir, el evidente malestar del coronavirus con todas consecuencias en el mundo ha llevado también a cambios de actitud, a reflexiones profundas de muchas mentes y podríamos decirlo de amplios estratos sociales que ven ahora la existencia desde una perspectiva diferente.

La nueva normalidad no puede ni debe parecerse a la vieja, la obsoleta, la que privaba antes de la pandemia. Un mundo sin amor ni solidaridad resulta siempre inhumano. La desigualdad será la gran cuestión a superar cuando la emergencia sanitaria se haya superado. Lo normal deberá ser el amor al prójimo en su sentido real, no solo como una abstracta manipulación evangélica. Lo concreto es la solidaridad.

Deberá consolidarse también el respeto al sector público. La corrupción de los políticos es un descomunal irrespeto a la ciudadanía y una de las causas de pobreza y de incapacidad para afrontar situaciones como las que vino a producir el coronavirus. Esto deberá cambiar, presagiamos la necesidad inalienable e inevitable de hacer valer la transparencia, la inclusión social, el diálogo abierto.

La pandemia vino golpear a la humanidad pero la lucha contra este mal ha sido enorme y admirable. Nos encaminamos hacia un renovado humanismo. Cuando el coronavirus se haya superado sobre las ruinas de la economía se tendrá que levantar algo nuevo donde la salud ocupe un puesto fundamental como derecho humano. La nueva normalidad debe ser un mundo más saludable, menos pobre, más justo y solidario. No olvidemos nunca que la principal causa de la mala salud sigue siendo la pobreza: hambre, falta de higiene y agua potable. La mala nutrición produce organismos propensos a enfermarse. No pueden faltar más los hospitales, dispensarios, clínicas de todas las especies y personal calificado. Todo respondiendo a la utopía de que “la salud debe ser nuestro máximo tesoro”.

Sabina Berman en un reciente artículo de prensa sobre el impacto de la pandemia en México, que puede aplicarse a toda América Latina, concluye de que es obvio que ha golpeado a los pobres, sobre todo al gran sector de los trabajadores informales, pero advierte que todos en última instancia saldrán perdiendo y nos entrega una reflexión metafórica del mismo Charles Darwin quien después de estudiar el bienestar de las abejas concluyó que se debía a “la casa común, es decir el panal, y a la miel almacenada”.

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