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Domingo

El salario del miedo


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“Más cornás da el hambre”

Manuel García, El Espartero

Tiempo hace que se exhibió en este país la dramática película El salario del miedo, dirigida por Clouzot con actores bien reconocidos del arte cinematográfico: Yves Montand y Charles Vanel, los principales. El libreto no es muy complicado, de ahí la necesidad de una interpretación dramática que traduzca al público una emoción de su angustiosa tarea, que consistía en conducir cada quien un camión cargado de toneles de nitroglicerina. Una compañía petrolera afrontaba el accidente de un oleoducto, por lo cual debían destruirlo con el explosivo. Los choferes, que habían pasado un largo desempleo, no eludieron el encargo. Quinientos kilómetros de una brecha acotada por rocas y barrancos. Precipicios y ángulos de cruce que los obligaba a retroceder a ciegas para medio mantener en tierra las llantas. Todo este drama en una despoblada selva amazónica. El libreto, aparentemente sencillo, reabría los temas de la explotación, de la inequidad, de la desigualdad y demás retórica de los analistas.

Esta explicación del porqué dos desempleados aceptan una tarea muy peligrosa y sin seguros ni prestaciones, se, hace un tanto real, por otra parte, en la rápida y famosa respuesta del torero por dedicarse a un oficio (o arte) tan riesgoso para la vida propia: “Más cornás da el hambre”.

La disyuntiva entre los riesgos de dimensión potencialmente fatal y la necesidad de obtener el paliativo para soportar la privaciones a que el peligro obliga, recuerda una narrativa oriental, transcrita por Carlos Fisas, acerca del terror a las epidemias:

“Hallábase en oración al salir el sol un derviche, en los alrededores de El Cairo, y como viese un fantasma que se dirigía a la ciudad se acercó a él, preguntándole:

– ¿Quién eres?

– Soy la peste, respondió.

– ¿A dónde vas?

– A El Cairo.

– ¿A qué?

– A matar quince mil hombres.

– ¿No hay medio de impedirlo?

– No. Así está escrito.

– Marcha, pues; pero cuidado que mates uno más de los quince mil que has dicho.

Cuando hubo desaparecido el contagio, volvió a repetirse el mismo encuentro y el derviche volvió a comenzar su interrogatorio, diciendo:

– ¿Vuelves de El Cairo?

– Si.

– ¿Qué has hecho allí?

– Maté los quince mil hombres.

– Mientes, porque los que murieron fueron treinta mil.

– Es verdad; pero yo no maté más de quince mil; los otros quince mil murieron de miedo. (Historias de la Historia. Ed. Planeta, 1989)

La narrativa literaria o la anécdota popular parecen ficción pero nada es imposible y todo, aunque por un lado parezca angelical o por el otro diabólico, el pensamiento o criterio humanos lo evaluará subjetivamente. Aptitud, elástica como debe ser, que produce los perfiles para las opciones políticas, sociales e individuales frente a lo circunstancial.

Los gobiernos de los pueblos asumen sus responsabilidades que, acertadas o equívocas, han sido producto de una buena fe que se presume, porque la mala tiene que demostrarse. Asimismo, también de esa índole son las opciones que la persona humana puede escoger: atenerse al marco ordenado por el poder u optar por decisiones propias, siempre que no contradigan la legalidad formal del caso (salvo que individualmente decida desafiarla al costo que sea). En su momento de rendir cuentas, cada cual sabrá si arriesgó su vida para alimentar a los suyos (motivación noble que en su tiempo debe ser amnistiada) o por un instinto del relajo ególatra y antisocial, que no es excusable.

Y valga el reconocimiento moral (aunque también debía ser material) a aquellos servidores anónimos al público, que atendieron a los contagiados en los hospitales, que los recogieron en las calles, que les diagnosticaron y suministraron el tratamiento y los alimentaron y asearon su cuerpo. También a los que mantuvieron limpios los pueblos, extrajeron la basura, cuidaron la seguridad ciudadana, a los que cargaron los muertos para retornarlos a la tierra, a los reporteros que mantuvieron la información en directo. Tolerancia social para aquellos que buscando el pan de cada día se pusieron en riesgo. Rigor extremo para los que acuden al delito como instinto, no por necesidad. Agradecimiento a los muchos héroes anónimos de esta batalla y porque frente a esta misteriosa y mortal pandemia, el Presidente de la República, jefe del Estado y representante de la unidad nacional (Art. 18) siempre ha rogado que Dios bendiga a Guatemala, conforme lo invoca el Preámbulo de la Constitución.

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