Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
Domingo

Viaje al fondo de la vida

Fecha de publicación: 12-07-20
Por: Francisco Pérez de Antón

Háblame, musa, del hombre de múltiples experiencias y saberes que por largos años viajó errante por el océano. Que vio ciudades y conoció países, gentes, costumbres. Que padeció penalidades sin fin, afrontó grandes trabajos y corrió graves peligros. Y que sufrió lances de amor y de muerte hasta el día que logró volver a Ítaca.

Con estas palabras, más o menos maquilladas por mor de la brevedad, comienza la Odisea, el canon de la narrativa occidental y en mi opinión la metáfora por antonomasia de la vida, ese viaje arriesgado y peligroso en el que, habiendo embarcado como reclutas, regresamos heridos y golpeados, pero curtidos por la vivencia y confortados por haber llegado a nuestro destino. Y ese primer párrafo de la obra en el cual Homero describe a su protagonista, lo refrenda. Ulises es el hombre total, el navegante de excepción, el gran conductor de hombres, ingenioso, audaz, prudente, astuto. El que ha sabido extraer de sí todo el potencial humano que albergaba. El hombre que lo ha visto todo, lo ha vivido todo y lo ha experimentado todo.

Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, escribió Jorge Manrique. La semejanza del viaje con la andanza de la vida se repite una y otra vez en los grandes autores. Pues ser humano es ser viajero, descubridor, a veces nómada y siempre peregrino. A Santiago, a Nueva York, a Esquipulas. Buscamos siempre un lugar, sea sagrado o profano, donde encontrar un edén. Y como albaceas del arcano ritual egipcio, aspiramos incluso a viajar más allá de nuestros humanos límites con el fin de vivir una vida ultraterrena. O lo que es lo mismo: queremos seguir viajando aún después de morir.

Pero el viaje no implica solo ilusión por llegar a un paraíso, tomar su fruto y volver sanos y salvos. También puede ser exilio, migración, nostalgia, lejanía. No siempre es una travesía feliz. En cualquier caso, no tendríamos conciencia de la vida como un viaje si no fuese por la literatura. Plasmando la peripecia humana en sus obras, son pocos los escritores que no se han dejado llevar por la metáfora de Homero.

Y es que vivir implica una aventura parecida. Se abandona un día el hogar, se libran duras batallas y se afrontan adversidades, trampas, desengaños o la malquerencia del azar y de los dioses. Y al cabo se regresa a Ítaca. De ahí que los narradores, grandes viajeros de la imaginación, hayan utilizado este molde a menudo para desarrollar sus mejores obras. ¿Qué son La Divina Comedia, la Eneida, el Quijote, el libro del Éxodo, el Popol Vuh, El corazón de las tinieblas, Los miserables y miles de otras narraciones, sino variantes de ese gran viaje que describe la Odisea? De todos sus creadores, sin embargo, quien más provecho extraería a esta veta sería Julio Verne, un escritor que nos hizo dar la vuelta al mundo en ochenta días, ascender más tarde a la Luna, bajar al centro de la Tierra, navegar veinte mil leguas bajo el mar o volar cinco semanas en globo.

El viaje de Ulises es una estructura literaria que subyace en buen número de obras de ficción y que nos llega disfrazada de mil formas. Y sus héroes, que en realidad es uno solo con mil caras diferentes, son arquetipos indomables y esforzados que emergen de las páginas de los libros como guías de nuestra propia aventura, llámense Miguel Strogoff, Jean Valjean, Robinson Crusoe, Gulliver, Pulgarcito o Juan Salvador Gaviota, ilustres viajeros todos de un itinerario parecido.

Muchos se preguntarán a qué se debe el éxito de esta inagotable corriente creativa. Y la explicación es porque recoge las vicisitudes de la vida humana, nos permite reconocernos en ellas y nos induce a iniciar un viaje aún más importante, el que conduce a nosotros mismos. De esa visita a nuestra intimidad, se puede volver herido, pero siempre se vuelve más sabio. Pues el viaje interior es siempre una experiencia que transforma e ilumina. Esa sería la parábola de Homero, con la cual sus continuadores harían obras maestras, como fue el caso de Joyce, quien se inventó una odisea de un día caminando por las calles de Dublín.

Ofrece la vida otros formatos de viaje, como es natural: el viaje aciago, el viaje trivial, el viaje estúpido, el viaje al infierno o la locura. No todos son de ida y vuelta y no todos los que lo inician regresan como Ulises, en estado de plenitud, o con la sensatez que Alonso Quijano alcanzó al término de su impar andadura. Por experiencia sabemos que quienes descuidan su timón, desperdician los vientos favorables o las corrientes propicias, no regresan nunca a Ítaca.

El poeta Kavafis, autor de nostalgias y decepciones, pero también de consuelos para navegantes cuya travesía fracasó o de avisos para quienes la comienzan con la ilusión que siempre alienta la partida, daba estos sabios consejos. Pide que el camino sea largo, lleno de experiencias y aventuras, no apresures el viaje, mejor que dure muchos años para poder atracar ya viejo en la isla, enriquecido con lo que ganaste en el camino.

La vida, esa odisea, encuentra su significado más profundo en historias como las citadas y en voces que serenan e inspiran. De ahí que viajar con ellas a modo de brújula sea una buena manera de sobrellevar esta cárcel y estos hierros tras los cuales hoy vive encerrado el espíritu. No es una sugerencia banal. Con frecuencia, es del fondo del abismo y las sombras de donde surge la voz que nos redime.