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Domingo

Los niños perdidos


La escritora mexicana Valeria Luiselli puso en el mapamundi de la literatura la grave situación de los niños indocumentados que migran a Estados Unidos. En 2016 Luiselli publicó Los niños perdidos: un ensayo en cuarenta preguntas donde transcribe su experiencia como traductora en Nueva York en los tribunales de migración que deciden el destino de los niños indocumentados procedentes de México y Guatemala. El año pasado salió su novela Lost Children Archive (en español: Archivo de los niños perdidos). En esta obra de ficción recoge la problemática ya planteada en 2016 en el ensayo citado. La novela está escrita en inglés y es el primer libro que Luiselli ha escrito en esta lengua.

El tema había sido indirectamente abordado por otra escritora y poeta mexicana, Jennifer Clement, conocida por sus novelas y por presidir el PEN de México en 2008 y haber investigado y denunciado la muerte de periodistas en México. Asimismo fue la primera mujer que ocupa el puesto de presidente del PEN Internacional (2015).

Clement escribe también en inglés y su libro Prayers for the Stolen (2014), Una oración por los robados, gira en torno a niñas y mujeres como víctimas de la guerra contra las drogas en México y que se disfrazan de niños para evitar ser secuestradas. La novela se basa en diez años de entrevistas con mujeres en el Estado de Guerrero pero tiene en común con Valeria Luiselli el contacto con guatemaltecas migrantes. Clement en una entrevista concedida a la periodista sueca Christin Sandberg, afirma que no se puede representar el tema sin tomar en cuenta Guatemala y Centroamérica con sus migrantes y el sueño “americano”, “La Bestia”, los niños desprotegidos, la pobreza. Durante su viaje como inmigrantes ilegales están expuestos de manera extrema a los riesgos relacionados con la guerra de las drogas y la violencia en México. Por eso Jennifer Clement entrevistó a mujeres migrantes centroamericanas. Christin Sandberg resalta la información de Amnistía Internacional que estima que el 80 por ciento de las migrantes están expuestas a la violencia sexual en su camino a los Estados Unidos. Los perpetradores están en todos los grupos: bandas criminales, traficantes, otros migrantes y funcionarios corruptos del gobierno. Clement presenta también en el libro la historia de la adolescente llamada Luna que procede de Guatemala. El episodio de la travesía de Luna en el tren de los migrantes y la muerte, conocido como “La Bestia”, donde ella pierde un brazo estremece a cualquiera.

En el Guatemala ante la lente 1870-1997 publicado por CIRMA hace años, está incluida la fotografía mortuoria de un infante en su féretro blanco. Fue tomada en el estudio Yas-Noriega en La Antigua hace más de un siglo. Recuerdo un día de mi propia infancia, en esa misma ciudad colonial, mirando a una mujer indígena que lloraba desesperadamente en las puertas de El Calvario frente a una cajita blanca que había dejado por un momento en el suelo empedrado. Mi recuerdo de infancia es por desgracia todavía una realidad: los ataúdes blancos continúan produciéndose por miles en Guatemala. Bastaría con volver a esas páginas del Señor Presidente donde Miguel Ángel Asturias narra la historia de la humilde Fedina Rodas. Intercalando capítulos, Asturias nos cuenta la brutal detención, el interrogatorio sin sentido y la creciente ansiedad de la madre que quiere dar el pecho a su bebé, también preso el pequeño, y al cual oye llorar hasta que el llanto se va extinguiendo hasta la muerte.

Pero más allá de la ficción, mejor dicho en la realidad, está la situación de la infancia guatemalteca. Se viene advirtiendo sobre la crisis humanitaria de los niños migrantes por la gran cantidad de niños que cruzan la frontera y que son detenidos. También por las condiciones en que son concentrados, muchas veces separados de sus padres.

Monitores independientes, miembros de organizaciones humanitarias, entre los que se cuenta médicos, abogados y activistas de derechos humanos han avisado de las condiciones, algunas infrahumanas, de los centros de detención de niños migrantes en Estados Unidos. El nombre de la localidad de Clint, pequeña población de apenas mil habitantes situada en El Paso Texas, alcanzó dimensión mundial el año pasado después de demandas hechas sobre la situación de los niños migrantes guatemaltecos, retenidos en un centro de detención. Habían llegado solos o acompañados de sus padres pero separados de estos por las autoridades norteamericanas.

Trascendió la alarma de hacinamiento, enfermedades y mala nutrición que sufren los infantes ubicados en celdas y patios inadecuados. Un reportaje del The New York Times retrataba el centro de detención como una pesadilla, un verdadero campo de concentración sin baños suficientes ni mínimas condiciones higiénicas. “Hay un hedor insoportable”, decía Elora Mukherjee, directora de la Clínica de derechos de los inmigrantes en la escuela de derecho de Columbia. La doctora Elora Mukherjee afirmaba que es lo peor que ha visto en los doce años de su carrera.

No es fácil ser niño en Guatemala ni ser padre. Las estadísticas de la muerte, la desnutrición y la falta de escolaridad resultan dolorosas comprobaciones de que el sistema social y político en Guatemala ha colapsado. Los padres pobres ven con aflicción las enfermedades de sus hijos, la carencia de medios para una infancia feliz, la falta de distracciones y juegos, la ausencia de seguridad social. UNICEF ha dado muchas alarmas sobre la infancia guatemalteca. Sobre todo la desnutrición que padecen los niños, siendo de las más altas de Latinoamérica. La Organización Internacional del Trabajo, ha referido que en el país laboran 800 mil menores de edad en malas condiciones. Las estadísticas anuncian las violaciones más extremas de los derechos del niño. Las humillaciones, la orfandad, la falta de escolaridad.

Está clarísimo que la corrupción estructural no solo hace ricas a las mafias políticas sino empobrece más a los pobres, debido a la mala calidad del gasto público. La corrupción estructural del Estado es un crimen también contra los niños. La corrupción resulta un delito imperdonable en un país pobre.

Por otra parte, un hecho que no puede pasar desapercibido es el nacimiento del primer niño del año 2020 en el municipio de Comitancillo, San Marcos. Lo escalofriante de este nacimiento es que la madre fue una niña de 12 años. Se reportan en todo el departamento de San Marcos 7 mil 158 alumbramientos de madres menores de 18 años. Niñas pariendo niños. ¿Quiénes serán los padres? Seguramente hombres adultos.

Un país que no apuesta por la infancia y la mantiene en condiciones flagrantes de precariedad social, escolar y sanitaria no puede llegar al desarrollo. No se llega pasando por encima de miles de infantes que ven sus vidas frustradas, acabadas, maltratadas. La infancia guatemalteca es explotada y se le induce, directa o indirectamente, a la criminalidad. El infanticidio prolifera entre la pobreza y la ignorancia. Y las drogas, la prostitución, el abandono y la violencia. ¿Qué puede esperarse del futuro, si no se cambian las estructuras del infanticidio estructural? Se roban niños. Se venden niños. Se asesinan niños. Se exportan niños, se envían a los coyotes en Tijuana, solos e indefensos. ¿Cuántos vivirán una vida plena, llena de realizaciones y felicidad?

Hay una relación de causalidad entre la migración y la falta de desarrollo. Una nación democrática es aquella que garantiza a sus habitantes un buen nivel de vida, con un sentimiento de pertenencia y cohesión social. Nadie debería emigrar a causa de la falta de condiciones y oportunidades.

Situaciones como la que se dio el poblado de Clint en el Paso Texas deben cesar, no debieran existir. Los niños migrantes y sus padres no han cometido ningún delito, solo tuvieron el proyecto de mejorar su vida y la de sus familiares. Considerables veces lo arriesgaron todo y no pocas terminaron perdiéndolo todo, incluso la vida. De ahí que tengan sentido para Guatemala dos palabras que hay en los títulos de los libros de las novelistas mexicanas Luiselli y Clement citadas al principio: niños “perdidos” en un presente cruel y adverso a los cuales se les ha “robado” el futuro.

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