Martes 11 DE Agosto DE 2020
Domingo

Cómo la desigualdad alimenta las muertes por COVID-19

economía y justicia

Fecha de publicación: 12-07-20
Por: Jeffrey D. Sachs

NUEVA YORK – Tres países –Estados Unidos, Brasil y México– responden casi por el 46 por ciento de las muertes reportadas por COVID-19 del mundo; sin embargo, tienen apenas el 8.6 por ciento de la población mundial. Alrededor del 60 por ciento de las muertes de Europa están concentradas en tres países –Italia, España y el Reino Unido– que responden por el 38 por ciento de la población de Europa. Hubo muchas menos muertes y tasas de mortalidad más bajas en la mayoría de los países del norte y centro de Europa.

Varios factores determinan la tasa de mortalidad por COVID-19 de un país: la calidad del liderazgo político, la coherencia de la respuesta del gobierno, la disponibilidad de camas en hospitales, el alcance de los viajes internacionales y la estructura etaria de la población. Sin embargo, una característica estructural profunda parece estar dándole forma al papel de estos factores: la distribución de ingresos y de riqueza de los países.

Estados Unidos, Brasil y México tienen una desigualdad de ingresos y de riqueza muy alta. El Banco Mundial informa que los respectivos coeficientes Gini para los últimos años (2016-18) son 41.4 en Estados Unidos, 53.5 en Brasil y 45.9 en México. (En una escala de 100 puntos, un valor igual a 100 significa desigualdad absoluta, donde una persona controla todo el ingreso o la riqueza, mientras que un valor igual a cero implica una distribución completamente igual por persona u hogar).

Estados Unidos tiene el coeficiente Gini más alto entre las economías avanzadas, mientras que Brasil y México están entre los países más desiguales del mundo. En Europa, Italia, España y el Reino Unido –con calificaciones Gini de 35.6, 35.3 y 34.8 respectivamente– son más desiguales que sus contrapartes del norte y del este, como Finlandia (27.3), Noruega (28.5), Dinamarca (28.5), Austria (30.3), Polonia (30.5) y Hungría (30.5).

La correlación de las tasas de mortalidad por millón y la desigualdad de ingresos dista de ser perfecta; hay otros factores que tienen una gran incidencia. La desigualdad de Francia está a la par de la de Alemania, pero su tasa de mortalidad por COVID-19 es significativamente más alta. La tasa de mortalidad en Suecia, un país relativamente igualitario, es significativamente más alta que en sus vecinos, porque Suecia decidió que sus políticas de distanciamiento social fueran voluntarias y no obligatorias. Bélgica, relativamente igualitaria, se vio afectada por tasas de mortalidad reportadas muy elevadas, debido en parte a la decisión de las autoridades de reportar muertes probables y confirmadas por COVID-19.

La alta desigualdad de ingresos es un flagelo social desde muchos puntos de vista. Como informaron convincentemente Kate Pickett y Richard Wilkinson en dos libros importantes, The Spirit Level y The Inner Level, una mayor desigualdad conduce a peores condiciones sanitarias en general, lo que aumenta de manera significativa la vulnerabilidad a las muertes por COVID-19.

Asimismo, una mayor desigualdad lleva a una menor cohesión social, menos confianza social y más polarización política que, en su conjunto, afectan de manera negativa la capacidad y la disposición de los gobiernos a la hora de adoptar fuertes medidas de control. Una mayor desigualdad implica que una proporción mayor de trabajadores de bajos ingresos –desde encargados de limpieza, cajeros, guardias y repartidores hasta trabajadores de saneamiento, de la construcción y de la industria– deben seguir adelante con su vida cotidiana, aún a riesgo de infectarse. Más desigualdad también significa que más gente vive en condiciones de hacinamiento y, por lo tanto, no puede protegerse de manera segura.

Los líderes populistas exacerban los enormes costos de la desigualdad. El presidente norteamericano, Donald Trump, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, y el primer ministro británico, Boris Johnson, fueron elegidos por sociedades desiguales y socialmente divididas con el respaldo de muchos votantes de clase trabajadora descontentos (por lo general, hombres blancos con un menor nivel educativo que no están conformes con la caída de su estatus socio-económico). Pero la política del resentimiento es casi lo contrario de la política del control epidémico. La política del resentimiento rehúye de los expertos, se burla de la evidencia científica y rechaza a las elites que trabajan online y que les dicen a los trabajadores que no pueden hacerlo que se queden en casa.

Estados Unidos es tan desigual, y está tan dividido políticamente y tan mal gobernado por Trump, que en verdad ha abandonado cualquier estrategia nacional coherente para controlar el brote. Todas las responsabilidades han sido delegadas a los gobiernos estaduales y locales, que han tenido que arreglárselas por su cuenta. Manifestantes de derecha sumamente armados, en ocasiones, han organizado disturbios en las capitales estaduales para oponerse a las restricciones a la actividad comercial y a la movilidad personal. Hasta las mascarillas se han politizado: Trump se niega a usar una y recientemente dijo que algunas personas lo hacen solo para expresar que desaprueban su gestión. El resultado es que sus seguidores alegremente se niegan a usarlas y el virus, que comenzó en los estados costeros “azules” (demócratas), ahora afecta y mucho a la base de Trump en los estados “rojos” (republicanos).

Brasil y México imitan la política de Estados Unidos. Bolsonaro y el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, son el prototipo del populista al estilo Trump: se burlan del virus, desoyen el consejo de los expertos, les restan importancia a los riesgos y rechazan ostentosamente la protección personal. También están guiando a sus países a un desastre digno de Trump.

Con excepción de Canadá y unos pocos lugares más, los países de Norteamérica y Sudamérica están siendo arrasados por el virus, porque casi todo el hemisferio occidental comparte un legado de desigualdad masiva y de discriminación racial generalizada. Hasta Chile, un país bien administrado, fue víctima de la violencia y la inestabilidad el año pasado, debido a una desigualdad alta y crónica. Este año, Chile (junto con Brasil, Ecuador y Perú) ha sufrido una de las tasas de mortalidad por COVID-19 más altas del mundo.

Por cierto, la desigualdad no es una sentencia de muerte. China es bastante desigual (con un resultado Gini de 38.5), pero sus gobiernos, nacional y provinciales, adoptaron medidas de control rigurosas después del brote inicial en Wuhan, y esencialmente lograron contener el virus. El reciente brote en Beijing, después de semanas de ningún caso nuevo confirmado, resultó en renovados confinamientos y un testeo masivo.

Sin embargo, en la mayoría de los países, estamos siendo testigos una vez más de los enormes costos de la desigualdad masiva: gobernanza inepta, desconfianza social y una inmensa población de gente vulnerable que no puede protegerse del avance de los daños. De forma alarmante, la propia epidemia está ampliando aún más las desigualdades.

Los ricos hoy trabajan y prosperan online (la riqueza del fundador de Amazon, Jeff Bezos, ha aumentado 49 mil millones de dólares desde comienzos de año, gracias a la adopción decisiva del comercio electrónico), mientras que los pobres están perdiendo sus empleos y, muchas veces, su salud y su vida. Y los costos de la desigualdad seguramente seguirán subiendo, en tanto los gobiernos faltos de ingresos recortan presupuestos y servicios públicos que son vitales para los pobres.

Pero se acerca el día del ajuste de cuentas. A falta de gobiernos coherentes, capaces y confiables que puedan implementar una respuesta equitativa y sostenible a la pandemia y una estrategia para la recuperación económica, el mundo sucumbirá a mayores olas de inestabilidad generadas por un conjunto creciente de crisis globales.

Traducción: Esteban Flamini

© Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
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