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Domingo

Bancarrota moral


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Nadie es santo ni impoluto, todos fallamos por gusto, por accidentes funestos, por falta de voluntad o por no estar bien despiertos. Pero luego, los principios, las guías que recibimos, de morales y modales… nos vuelve al rumbo cierto. Enmendamos y seguimos, corregimos y luchamos; por alcanzar lo añorado, por reparar lo dañado, por enmendar, disculparnos… perdonar y perdonarnos. Por reparar lo arruinado, por compensar a los otros, cuya sonrisa e ilusión, se borraron… por nosotros.

Eso nos hace genuinos, auténticos seres humanos, expuestos a las tristezas, a lo virtuoso e insano. Finalmente realizamos el valor de lo correcto: el ser valientes y honestos, fieles a nuestros principios, consecuentes, diligentes… fallones pero decentes. Nuestros hijos nos observan, reciben –sin decir mucho– el legado del ejemplo. El bien tener, la palabra, el compromiso y tarea; bien hecha, con excelencia, con escrúpulo y prudencia. El ejemplo los arrastra, los inspira o decepciona, los hace sentir honrados y –si somos deshonrosos– se sentirán destrozados.

Administrar cada cosa, enseñar lo generoso, pero no desde lo fatuo, lo perverso y lo vistoso, sino desde la perspectiva de aprender a perdonar, a observar y a levantar. Desde la sola conciencia que no merecemos nada y que teniéndolo todo, debemos de valorar: la virtud en las personas, el potencial de los otros y la genuina intención que nace del corazón; que se convierte en faena, perseverancia y ganancia.

Solo son nuestros aciertos y no nuestros desvaríos… lo que nos hace morales. Es la convicción de hacer, demandarnos, cada día, disciplina e hidalguía; hasta que el camino rudo del trabajo y la exigencia, cedan espacio al cansancio, la quietud y la cadencia. Pero morir en la lucha por avanzar diariamente, en pelear cada batalla, entre lo frío y candente. Porque a veces ya no damos, pero toca levantarnos, ser aguerridos… pararnos, a conquistar la ocurrencia.

Cuando se acaba el principio y sucumbe la moral, surge el camino oprobioso… para volverse animal. Eso parece pasar –muy triste y a mi pesar– con cada nuevo mandato, en casa presidencial. Cuando llega allí la gente, algo o todo sale mal; se marean, se autoengañan, se rodean de falsarios, de funestos lambiscones y muy aviesos ladrones; compran caras compañías de gente sin credenciales, comen con nuestros impuestos, beben, se hartan sin parar… viven para derrochar. Las libras se hacen presentes, ya estallan por inclementes y todo eso lo consiguen, por el hambre de la gente.

Es decir, los encumbrados, están realmente acabados. No lo notan, pero su alma, canjeó, por sorna y lisonja, el principio del deber. Ya no importa gobernar, ni cumplir promesa alguna; prevalecen el festín… la pasión inoportuna. La solución de asesores de imagen y de ilusión, es continuar en campaña, repartiendo desazón. Y allí están los presidentes, parados, con cara tal que no engañan ni a su sombra… ni al que es perfecto animal.

Presidente Giammattei: sus ínfulas y bravuras, su muy sentido discurso, de toma de posesión que a muchos les causó gusto… terminó tempranamente. No ha mostrado en estos meses –con hechos y soluciones– ninguna capacidad; su gestión es un alarde de funesta opacidad, envuelta en mil artimañas de cinismo y fatuidad. Endeudó irracionalmente el futuro de la patria, no inauguró un solo hospital y la crisis de confronta, no por usted o sus “expertos”, sino por médicos diestros que se esfuerzan cada día… entre angustia y carestía.

Su fracaso –Alejandro– es total e incuestionable; no lo puede hacer más mal, sus acciones retorcidas, son realmente deleznables. Alimentando su ego, no se sació de engañar, nunca escuchó un buen consejo, ni lo quiso implementar. Su credibilidad se extinguió y ha llegado a su final, entre abusos y aspavientos… en bancarrota moral. Y es que cometer errores, a nuestra costa, es normal; pero que nuestros atropellos, los paguen contribuyentes, provoquen mil desempleos, depriman y maten gente; eso es propio de traidores, de megalómanos crueles, es la expresión sin razón, de la más cruel corrupción. ¡Piénselo!

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