Lunes 10 DE Agosto DE 2020
Domingo

Trump or Biden. To be or not to be a shit hole

Fecha de publicación: 05-07-20
Por: José Luis Chea Urruela

Todos los años, llueve, truene o relampaguee, los guatemaltecos, a falta de identidad futbolística, seguimos con fervorosa devoción, los partidos de Fútbol de la Liga Española o la Copa del Rey, donde juegan los equipos favoritos de la afición guatemalteca
–debidamente estratificada– el Barça o el Real Madrid, soñando, por noventa minutos, en la confusión de los estadios, bares y restaurantes, que todos somos españoles y que jugamos el mejor fútbol del mundo; el fútbol ajeno como catarsis compensatoria.

Cada cuatro años, con pandemia o sin pandemia, la Guatemala urbana sigue, con fruición, el proceso electoral en los EE. UU. comentando con rigor y en privado –no vaya a ser que gane el otro– las vicisitudes del proceso, arremetiendo contra republicanos o demócratas, según su simpatía política, enfrentada con el angustioso dilema si Trump se reelige o Biden y su cohorte regresan a la casa Blanca y al Departamento de Estado. La política ajena como tabla de salvación.

En el caso de nuestro Fútbol, la conocida frase “jugamos como nunca, perdimos como siempre” retrata, de manera sutil, pero implacable, la idiosincrasia de una Guatemala acomplejada, acostumbrada al autoengaño, a la mentira, a la indefinición, a la culpa anticipada. En el caso de nuestra política, cual país de mendigos, en permanente y rastrera romería para congraciarnos con republicanos o demócratas, extendemos la mano servil, para recibir los mendrugos, el visto bueno o el desprecio de la caridad norteamericana e internacional.

El destino de Guatemala, desde su nacimiento como “República Independiente” por razones de cercanía geográfica, asimetría económica y subdesarrollo político (el nuestro por supuesto), siempre ha estado supeditado a los intereses de los Estados Unidos, desde el segundo descubrimiento de Guatemala por parte de los
EE. UU. a través de la “Doctrina Monroe”, pasando por el “Panamericanismo”, el “Corolario Roosevelt” la doctrina de “Seguridad Nacional” el “Nuevo Diálogo” de Kissinger,  el “Consenso de Washington” hasta el eslogan “Make America Great Again” y el insulto de “shit hole country” del Presidente Trump.

Al amparo de esas doctrinas, los EE. UU. han justificado, en Guatemala, las dictaduras de Carrera, Cabrera y Ubico, la contrarrevolución liberacionista, los experimentos de sífilis, las dictaduras militares, la lucha contrainsurgente, la firma de los Acuerdos de Paz, la imposición del derecho internacional en materia de derechos humanos, la persecución penal de militares que ellos mismos utilizaron, la imposición de la CICIG y la deportación masiva de migrantes guatemaltecos, todo ello en nombre de una cómoda y tradicional política bipartidista. Parafraseando a Deng Xiaoping, no importa si los gatos son demócratas o republicanos, lo importante es que cacen para los intereses de los EE. UU.

Si Trump es reelecto, el destino de Guatemala seguirá, oscilando entre la dominación y la indiferencia propias de un “shit hole country” a través de una política exterior de amor no correspondido tanto con el gobierno como con la sociedad civil. La Casa Blanca mantendrá su influencia sobre el Departamento de Estado, donde los intereses de Trump en materia de migración, narcotráfico y guerra comercial contra China serán impuestos sin decir agua va. En un contexto de proteccionismo y desglobalización, podremos exportar lo que México no pueda o quiera exportar y de repente nos subirnos al tren del boicot comercial contra China.

Si Biden gana, El Departamento de Estado regresará con fuerza con una política exterior de amor correspondido, pero igual de intrusiva (“el tema de la soberanía para mí está de último” T. D. Robinson) en un esfuerzo de recuperar espacios en el fortalecimiento de la Justicia y el combate a la corrupción, pero, con las mismas viejas caras cuyo único Partido Político es el Departamento de Estado y cuya actuación, lejos de fortalecer la Justicia, terminó por debilitarla y de paso polarizó innecesariamente a la Nación, rascando con resentimiento, las costras de viejas heridas, picor que terminó de fortalecer al Pacto de Corruptos y aliados de ocasión.

En cualquiera de ambas alternativas, Guatemala debería aspirar a un papel menos lamentable y entreguista, y construir un modelo de política exterior modesto, pero propio y viable, que nos permita, bajo de la inevitable égida del Imperio, ser, sino indispensables o distinguidos, por lo menos independientes y respetados.