Miércoles 5 DE Agosto DE 2020
Domingo

“Construir vínculos para afrontar la crisis”: Lourdes Corado

Fecha de publicación: 05-07-20
Por: Ana Lucía González

La pandemia del coronavirus va a dejar una huella en la salud física y mental de millones de personas. En eso concuerdan los psiquiatras de América Latina. No poder abrazar durante meses a los seres queridos. Procesos de duelo no resueltos. Incremento de casos de violencia doméstica. Depresión y estrés. Estas son algunas de las cicatrices emocionales que se esperan para el corto plazo. Algunas ya están aquí.   

Ante la falta de políticas públicas para solventar estos daños en la salud mental, la psiquiatra Lourdes Corado propone vías alternas. Una de estas es el encuentro con la psicología positiva, la cual busca que afloren las emociones buenas, desde una base científica. El manejo de estas emociones logrará que las personas afronten mejor la adversidad por medio de la resiliencia. Esto funciona cuando se cuenta con redes de apoyo social.

También están disponibles, y en creciente demanda, los servicios en línea de apoyo psicológico a distancia, gratuitos para quienes los necesiten. La doctora Corado considera importante que no se estigmatice el concepto de salud mental. “No suele hablarse de que me cambiaron la dosis de antidepresivo, como sí lo hacemos respecto de las medicinas para otras enfermedades”, afirma. De este y otros aspectos va la conversación sostenida con ella.

¿Cómo procesar las pérdidas de los seres queridos durante esta crisis?

– Uno de los elementos de esta pandemia es el de los duelos que no logran cerrarse o procesarse, de acuerdo con nuestras tradiciones y costumbres. Estas tradiciones nos permiten cumplir con un sistema de valores que nos aporta serenidad, sentido de pertenencia e identidad. Cuando no podemos cerrar el círculo, queda una sensación de vacío que puede generar un daño en la salud mental.

¿De qué tipo?

– El duelo patológico. Es decir, cuando la persona no logra experimentar las etapas del duelo de manera fluctuante. Usualmente esto incluye tristeza, cólera, miedo, incertidumbre, culpa, sentimientos de soledad y vacío. Todo esto va fluctuando hasta que llega la aceptación de la pérdida.

Pero estas emociones pueden prolongarse más allá de lo esperado. En un proceso normal se demora de seis meses a un año. Poco a poco, va bajando la intensidad hasta llegar a la aceptación. Pero cuando no se pudo pasar por estas etapas, puede convertirse en un duelo patológico, en el que la persona queda sumida en la culpa o en la tristeza por más tiempo, hasta llegar a un cuadro depresivo.

Estos duelos también alcanzan al gremio médico, cuando, por ejemplo, les toca decidir a quién auxiliar y a quién no, así como ver morir a sus compañeros… 

– Las carencias en los hospitales son conocidas desde hace muchos años. No es nuevo decidir a quién se le pone el ventilador y a quién no. En la intimidad de los hospitales, se sabe de situaciones en que había que elegir quién pasaba primero a la sala de operaciones.

Lo diferente es el contexto que rodea esta experiencia, pues en la práctica se evidencia la falta de insumos, que no coincide con la posición oficial del gobierno en cuanto a que hay equipo y recursos disponibles. Esta diferencia, entre el discurso oficial y la realidad del hospital, es algo que genera indignación. Ello, de una forma tan tangible, no se había vivido antes.

Además del duelo, ¿qué otros sentimientos afloran?

– Todo esto ha generado un movimiento complejo en el gremio médico. Algunos optaron por separarse de sus familias para protegerlas del contagio. Tuvieron el apoyo, por ejemplo, de la Casa Ronald McDonald que albergó a doctores del Parque de la Industria. Otros lo hicieron por su cuenta. Me impactó el caso de una residente del Hospital Roosevelt que contagió a sus dos padres, y ambos murieron. Ella estuvo en cuidados intermedios. Por otro lado, los galenos mayores de 60 años aprovecharon para gestionar su jubilación por tener factores de riesgo.

El círculo se va cerrando cada vez más.

– Lo cual produce ansiedad, angustia, preocupación e incertidumbre. A esto se une que muchas personas están atentas a las noticias y las redes sociales. El hecho de estar sobrecargado de información es algo que no es fácil de procesar para todos. Hay personas a quienes debe recomendarse que dejen de escuchar noticias.

Me refiero a gente que vive aislada, con pocas oportunidades para hacer uso de su tiempo libre, que no tiene con quién hablar. Son aquellos cuya entretención es tener la radio o la televisión encendidas mucho tiempo, como compañía. Es por eso que se saturan.

¿Qué impacto tendrá esta crisis en la salud mental de los guatemaltecos?

– El tema está cargado de estigma social. No suele hablarse de que “me cambiaron la dosis de antidepresivo”, como sí lo hacemos respecto de las medicinas para otras enfermedades. A esto se suma la pobre asignación de recursos públicos. Por eso, el gran protector de la salud mental es la posibilidad de tener acceso a las redes sociales de apoyo. Ese círculo de amigos al cual puedo llamar para compartir cómo me siento. Debemos construir vínculos de conversaciones significativas.

Con ello me refiero a establecer espacios donde me anime a mostrarme vulnerable. Entonces voy a encontrar en los otros ese acompañamiento donde yo descanso mis angustias y mis miedos. Muchas veces ni siquiera con la misma familia se hace, porque uno no quiere preocupar al otro. Y porque cada quien lleva su procesión por dentro, nos perdemos de ese rico acompañamiento.

¿Esta es la vía que usted sugiere para canalizar el pesar colectivo?

– Vincularme con personas con quienes puedo compartir experiencias o valores comunes no es una política de salud pública, sino una elección individual. Los amigos del colegio son un ejemplo. Me acabo de reunir en forma virtual con mis excompañeras de promoción. Me di cuenta de la necesidad evidente de contactar a quienes comparten nuestros valores. Me puedo abrir sabiendo que estas personas tendrán empatía hacia mí y no me van a criticar al finalizar el encuentro.

El llamado es a recuperar ese tejido social. Ese que se rompió desde el conflicto armado, cuando toda la desconfianza se instaló, hasta el punto de desconocer al vecino.

Esto nos lleva a su mención de la psicología positiva y el poder de la resiliencia. ¿Cómo adaptar esto a un país con este nivel de crisis, sin caer en ese optimismo artificial que muchos ven en autores como Paulo Coelho?

– Lo de Paulo Coelho, considero, es un positivismo que busca ganar comercialmente como una creencia de una motivación escasamente fundamentada. Yo le llamo “billetes de optimismo inflacionario sin sustento”.

Una propuesta de base científica más profunda es la psicología positiva, cuyo principal impulsor es el doctor Martin Seligman de la Universidad de Pennsylvania,  entre otros pensadores. Lo que él propone es que hay personas que cuando tienen experiencias difíciles, encuentran rutas emocionales de las cuales echan mano. Hay una congruencia entre lo que pienso, siento y hago. Es un hilo lógico entre razón, emoción y acción. En una persona balanceada esto se llama fluir.

Seligman busca cómo enriquecer esa experiencia por medio de las emociones positivas para alcanzar la plenitud o “florecer”. Estas emociones las ha estudiado para entender cómo se activan, manifiestan o estimulan diversos asuntos como empatía, orgullo, amor, alegría, solidaridad, altruismo, gratitud (esta es de la más estudiadas), sobrecogimiento (emoción con que me conmuevo ante una escena que impacta mi alma), solidaridad. En pocas palabras, lo que nos conecta con lo humano.

Seligman ha determinado que las personas más alertas en cultivar estas emociones positivas, están más cerca de alcanzar la experiencia de una vida plena, a pesar de las adversidades.

¿Cómo rescatar estas experiencias positivas, sin adentrarse en lo religioso?

– La psicología positiva no se refiere a valores ni a religión. Esta capacidad de emerger emociones positivas y afrontar la adversidad de una forma estable y sólida se llama resiliencia. Puede sintetizarse así: “La adversidad no me quiebra”. Hay investigaciones que evidencian que, en algunas personas, existe un componente genético que les permite ser más resilientes que otros, lo cual no significa que estemos determinados los menos afortunados: la respuesta de la mente al entrenamiento en emociones positivas es alentadora gracias a la plasticidad cerebral.

¿Esta capacidad puede aprenderse?

– Una investigación en soldados que estuvieron en la misma zona de combate demostró por qué algunos desarrollan estrés postraumático y otros no. La genética fue la diferencia. Ahora bien, el perfil genético es posible modificarlo por un concepto importante que es la Epigenética. Me refiero a la información genética que guardamos, y que se evidencia hasta que aparece un factor “activador” que permite que este rasgo se manifieste.  Entonces, algunos estímulos como sustancias o experiencias (como el alivio de contar con una red de apoyo) pueden activar procesos biológicos mediados por la genética.

De manera que, para las personas que genéticamente no tienen esta “materia prima”, el esfuerzo es mucho mayor, por lo que necesitan del acompañamiento de gente que los contagie de estas emociones. La resiliencia permite soportar mejor la adversidad para no desarrollar una patología mayor, como sería un trauma o una depresión, o incluso hasta el suicidio.

Hablar de resiliencia nos lleva inevitablemente al psicólogo Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto…

– El aporte de Frankl es que la libertad última radica en nuestra mente. Somos libres de decidir hacia dónde vamos a enfocar esta energía. Desde su reclusión en los campos de concentración de Auschwitz, este psiquiatra solía construir relaciones, escenas, viajar dentro de su mente. Mostró la fortaleza de la libertad enfocada en la persona, hacia lo que le haga bien, a pesar de estar rodeado de adversidad.

¿Se han incrementado las consultas psicológicas a partir de la pandemia?

– Aunque todavía no hay cifras, tenemos la certeza del incremento en las consultas telefónicas que buscan apoyo emocional. Ahora, en clínica privada, inmediatamente después del 16 de marzo, bajó. Luego aumentaron, sobre todo por el impacto económico y por la conflictividad de convivencia en los hogares. Las dinámicas familiares cambiaron.  En la medida en que nos vamos adaptando, veo distintas etapas. Entre las secuelas que dejará esta crisis figuran las alteraciones de los ritmos circadianos: alimentación, sueño-vigilia.   

¿Cómo contribuye la academia con la salud mental?

– En la clínica de psicología Viktor Frankl de la Universidad Francisco Marroquín elaboramos un protocolo de atención en línea llamado telesalud. Todos los terapeutas hemos pasado por un periodo de aprendizaje para definir qué servicios se pueden prestar y cuáles no. En la clínica se evalúa si el caso puede ser atendido por los alumnos de práctica supervisada. Si se determina que sí, se asigna una estudiante con su respectivo supervisor.

Si se encuentran casos más complejos, entonces se refieren con los profesionales que dan atención en línea del Colegio de Psicólogos, que también es sin costo. Ellos lo manejan por chat, al igual que varias organizaciones. Nuestro contacto es el correo: clinicaviktorfrankl@ufm.edu y la atención es gratuita.

¿Ha ocurrido en este episodio que los terapeutas se ayudan entre sí?

– Hemos pasado por el aprendizaje en telesalud. Desde cómo nombrar a lo que hacemos. Cuando nos dimos cuenta de esta necesidad, nos documentamos para tener cuidado de no transgredir la ética del psicoterapeuta. Una de los aspectos clave es el manejo de la confidencialidad. Por ejemplo, estar seguro de que si doy terapia en casa, garantizar que no se oiga la conversación con el paciente. 

Lourdes Corado de Herrera

• Directora del Departamento de Psicología y miembro del Consejo de Decanos y directores de la Universidad Francisco Marroquín (2015).

• Médica y cirujana egresada de la Universidad Francisco Marroquín, especialista en Psiquiatría. Esta especialidad la hizo dentro del programa de posgrado del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), donde llegó a ser Jefe de Residentes.

• Clínica privada desde 1996 a la fecha donde realiza abordajes integrativos para la atención de pacientes, en conjunto con profesionales del Instituto de Psicología Aplicada (Ipsa).

• Docente universitaria desde 1998.

• Certificada como psicoterapeuta en terapias específicas para trauma, familia y pareja.