Martes 7 DE Julio DE 2020
Domingo

Un ajedrez para la eternidad

Fecha de publicación: 28-06-20
Por: Francisco Pérez de Antón

Más que a una cazuela para derretir queso o chocolate (el melting pot que asegura ser), Estados Unidos se asemeja a un frasco de jelly beans. Quiero decir, no es una fusión de razas y culturas, sino una colorida sociedad con más de cuarenta etnias donde cada una de ellas vive mezclada, pero no fundida, con las otras. En sus hogares se hablan unas trescientas lenguas. En sus templos se practican cientos de credos. Y desde Alaska a Florida, cada estado se tiene por único y distinto. ¿Cómo un país así, propenso por naturaleza a la fragmentación, logra mantener unidos a los 330 millones de personas que lo habitan?

He hecho esta pregunta con frecuencia a diplomáticos, académicos y políticos estadounidenses. Y después de trasegar mucha paja, llegué un día a la conclusión de que la respuesta es doble. Por un lado, el sueño americano de la prosperidad y el progreso personal sigue intacto. Por otro, se tiene como cosa cierta el principio según el cual todos sus ciudadanos son iguales ante la ley y portadores de los mismos derechos. De ahí que cuando una etnia, una cultura o un grupo percibe que no es tratado lo mismo que los demás, como acaba de ocurrir en Minneapolis con el afroamericano George Floyd, el frasco de jelly beans se vuelva un verdadero pandemónium.

Y sin embargo, no son los latinos, los judíos o los chinos quienes, reclamando justicia, saquean tiendas, incendian casas, pegan tiros y arman la de San Quintín. Son los negros. Lo cual se debe sin duda a su traumática relación con los blancos desde hace varios siglos. Y hay un curioso punto de vista de esa relación que me gustaría comentar aquí. La cultura blanca asegura que fue la libertad lo que hizo de Estados Unidos el país que es hoy. La cultura negra, en cambio, afirma que la grandeza de Estados Unidos tuvo su origen en la esclavitud. Mire usted qué paradoja.

El trabajo esclavo, arguyen los intelectuales negros, proporcionó una enorme riqueza a los amos esclavistas así como un descomunal poder político. Y esa acumulación primigenia de capital sería el cimiento de la revolución industrial y tecnológica que siguió. Pero el argumento no se detiene ahí. Los esclavos negros trajeron con ellos su cultura, su espiritualidad, su música y sus aptitudes físicas para enriquecer el aura y el prestigio de un país único en la historia. Así que dejémonos de cuentos, ¿Estados Unidos the land of the free? No, brother. Estados Unidos, the land of the slave, pues fuimos los esclavos quienes con nuestro trabajo capitalizamos América. Y sin recibir por ello el crédito que aún se nos debe.

Es una línea argumental muy extendida. Contradictorio e injusto, el hombre blanco no quiso reconocer cuando debía los derechos del hombre negro. Proclamó la independencia, la libertad y la igualdad ante la ley, pero no abolió la esclavitud. Y a lo largo de noventa años, Estados Unidos viviría el político disparate de un gobierno esclavista regido por una constitución que tenía a la libertad por paradigma. Y nadie se atrevió a tocar el modelo porque la prosperidad y la misma existencia del país dependían del trabajo forzado.

Aún después de una guerra civil que tenía como propósito abolir la esclavitud y extender la libertad por igual, la desigualdad de derechos siguió viva. Derechos que todavía en los años sesenta del pasado siglo no eran reconocidos en su integridad. La segregación era un espectáculo al que todo visitante podía asistir sin pagar la entrada. Como le oí decir a una señora que había sido testigo de la sangrienta insurrección negra en el barrio de Watts, en Los Ángeles (1965), “el racismo es tan americano como el pastel de manzana”. Tenía razón. El drama del Watts se volvió a repetir en 1992 y hoy el gobierno de Trump, una administración que lava aún más blanco, se ve inmerso en una danza parecida.

La reconciliación entre blancos y negros sigue siendo, pues, una quimera americana. Y el racismo, una realidad. Racismo en el sentido de considerar al otro como un ser mental y moralmente inferior, que es tan solo ideología vana. La ciencia moderna ha rechazado el concepto biológico de raza y explica las diferencias externas, el color de la piel, los ojos oblicuos o azules, como efectos de la evolución.

Solo existe una “raza”, la de los seres humanos. Pero este es un hecho que ciertas mentes obtusas no están dispuestas a admitir. Y el costo de no hacerlo es enorme, ya que al fundar su economía y su futuro en el trabajo esclavo, Estados Unidos diseñó un perverso ajedrez racial en el que dos colores que se odian libran una batalla que parece eterna.

Pecados originales así suelen traer aparejadas penitencias como estas, algunas tan esperpénticas como los insultos racistas enviados estos días a la dueña de los Lakers, que es blanca, por tener en su equipo jugadores negros. Y al observar la violencia con que se sigue jugando esta encarnizada partida, uno no puede dejar de preguntarse por qué en América Latina no acontecen reventones tan airados y sangrientos. Creo tener una respuesta, aunque acaso no sea la única. Y es que aquí tuvo lugar un profundo y dilatado mestizaje, hoy transformado en una poderosa fuerza humana que distiende y acolchona la polaridad racial. En Estados Unidos, en cambio, el mestizaje no es visible. Un blanco con una sola gota de sangre negra no deja de ser siempre un negro. Y eso es lo que a mi juicio asegura la continuidad del odio entre ambas etnias.