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Domingo

Estados Unidos: Lecciones sobre la democracia


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Quizás algunos en países que han recibido las críticas del gobierno de los Estados Unidos sobre los procesos de reapertura democrática, Estado de derecho, y de respeto a los derechos humanos celebrarán la ironía de que los Estados Unidos ahora confronta una crisis interna debido al racismo, las protestas, y el orden, con un presidente que quisiera usar la fuerza militar para “dominar” las protestas.

Fui diplomático y representé a los Estados Unidos en varios países que padecían guerras, terrorismo, confrontación política, y procesos autoritarios. Pude ver cómo el poder y la ambición pueden engatusar a un líder y a sus acólitos. Me duele en el alma observar algunas similitudes entre esos países y los Estados Unidos. Sigo creyendo que, si bien el gobierno actual de los Estados Unidos ha perdido su credibilidad en temas de democracia y derechos humanos, los Estados Unidos seguirá dando ejemplos positivos y lecciones aprendidas en la defensa de la democracia. Pero el mismo análisis frío que utilizaba como diplomático en el exterior lo debo enfocar ahora en mi patria.

Desde hace una semana, las protestas en los Estados Unidos por los asesinatos de afroamericanos por la Policía dejaron al descubierto por enésima vez el racismo que confronta la nación, y el inmenso dolor y la enorme angustia que sienten los afroamericanos. Si bien hubo casos de vandalismo en las protestas, y si bien hubo también intentos de extremistas derechistas de provocar violencia (ver arrestos hechos por el FBI), la mayoría de las protestas se condujo de acuerdo con las leyes y con nuestros derechos constitucionales.

Era claro lo que tenía que hacer el presidente Trump: condenar el racismo, llamar a la unidad, dialogar con las comunidades afectadas, aislar a los extremistas, y aprovechar espacios bipartidistas en el Congreso. Y hubiera sacado rédito para su reelección. Pero no lo hizo. En muchos casos las fuerzas policiales respondieron apropiadamente, pero en Washington, donde el presidente tiene control más directo de las fuerzas del orden, hubo escenas escalofriantes: la represión de una asamblea pacífica con gas lacrimógeno solo para que el presidente Trump pudiera acercarse al portón de una iglesia para posar para una foto con una biblia; el uso de helicópteros militares para amedrentar a los manifestantes; la arenga de Trump a los gobernadores de utilizar a la Guardia Nacional para “dominar” las protestas; la referencia del secretario de Defensa a los sitios de protesta como “campos de batalla”; y el interés de Trump –por ahora frustrado– de enviar unidades de combate del Ejército a algunas ciudades. Quizás lo más preocupante fue lo que no hizo Trump: no se dirigió al pueblo norteamericano para pedir calma. Durante el fin de semana, cualquiera de los cuatro expresidentes hubiera conversado con él; Trump escogió hablar con Vladímir Putin. Ayer el general retirado Jim Mattis, antiguo secretario de Defensa de Trump, dijo lapidariamente “el presidente Trump es el primer presidente que no nos une, que ni siquiera lo intenta”.

El contexto en el que se desarrollan las protestas y la reacción de Trump incluye la pandemia y la recesión económica; incide el malestar sobre los efectos de la globalización; afecta la nueva tecnología informática; y como telón de fondo está la campaña de este gobierno contra las agencias policiales y de inteligencia. Sobre todo, está presente el proceso electoral que culmina en las elecciones en noviembre y –si Trump, que ahora pierde terreno en las encuestas, no gana– en la transición del gobierno en enero del 2021. Trump insiste en que el voto por correo (que él mismo ha usado) conducirá a un fraude en su contra, aun cuando las autoridades electorales estatales de ambos partidos aseguran que no es posible. Y, como hay elecciones, se espera que Rusia volverá a utilizar bots y netcenteros para desinformar e influenciar el proceso. No puedo descartar que Trump haga cualquier cosa, que se valga de cualquier artífice, para ganar estas elecciones.

Las lecciones de esta experiencia amarga en los Estados Unidos son:

La discriminación, sea racial, de género, religiosa, o de clase social, es un cáncer para la democracia. No solo viola la Constitución, viola la moralidad y el contrato social sobre los cuales descansa una democracia. Los que no son objeto de discriminación pueden ignorar su persistencia, su gravedad, y sus consecuencias, pero en algún momento llegará la crisis.

Las protestas políticas y sociales ocurren en las democracias. Hay maneras de controlarlas que protegen a los demás sin usar “mano dura”.

La democracia necesita de la separación de poderes, de un sector judicial y policial honesto e independiente, de respeto por los derechos políticos, de una prensa independiente, de fuerzas armadas apolíticas, y de elecciones. Pero para que perdure precisa de normas democráticas básicas compartidas, del diálogo con la sociedad civil, y de líderes que antepongan el deber constitucional al beneficio político personal.

La democracia por diseño desconfía de los estados centrales muy fuertes, pero hacemos mal en pensar que un estado débil puede defender bien la democracia.

El auge de los medios sociales y la tecnología de Internet están transformando la política y las protestas: los videos celulares nos hacen llegar rápido al “qué pasó”, y resaltan la necesidad de investigar el “por qué pasó”. Pero esta tecnología también puede amplificar rumores infundados, prestarse para campañas hostiles de otros países, y para crear y difundir montajes.

El accionar democrático y pacífico individual y colectivo es clave para que la democracia sea tal para todos.

Una tarde en marzo del 2011, subí a la cima de Cerro Negro en Baja Verapaz, Guatemala. El embajador noruego Lars Vaagen y yo habíamos decidido acompañar la vigilia anual que hacen los familiares de los 177 mujeres y niños Achíes ejecutados por las fuerzas del orden en 1982. Esa noche en pleno lugar de la masacre, a la luz de las velas incrustadas entre las piedras, el padre celebró la misa. Al final nos preguntó a todos, “¿quién tendrá la última palabra sobre esto?” Al confrontar esta crisis sobre discriminación racial y los retos a la democracia, los norteamericanos de todos los partidos tenemos que contestar esa pregunta.

5 de junio 2020

*Stephen McFarland fue embajador de los Estados Unidos en Guatemala 2008-11; como diplomático sirvió en América Latina, Iraq, y Afganistán. Sus opiniones son personales.

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