Domingo 12 DE Julio DE 2020
Domingo

Gobernar con el petate del muerto

Fecha de publicación: 31-05-20
Por: Francisco Pérez de Antón

Qué fácil ha de ser para el poder político gobernar aprovechando el miedo generalizado a perder la vida y ordenar lo que se le ponga en el gorro, el sombrero, la corona o la cachucha. Y qué sencillo ha de ser justificar tales excesos con la misma excusa que nos daban de niños, cuando nos aplicaban una zurra y nos decían que era por nuestro bien. Lo digo por lo que alcanzo a ver desde mi celda. La tentación autoritaria, que es una tentación inmanente a cualquier poder, tiene hoy a los gobiernos del mundo en su salsa realizando toda suerte de piruetas para erigirse en poderes sumos, sin controles ni equilibrios.

El miedo, siempre el miedo, la causa, el origen y la fuerza del poder político. El de los gobernados hacia los gobernantes, el de los gobernantes a los gobernados, el de las ovejas a los pastores y los perros. ¿Qué mejor excusa podrían tener hoy los gobiernos para abusar de la gente que agitar un petate de muerto que no ha creado ni tejido? Como en la fábula del pastor, solo necesitan gritar que viene el lobo para obtener la sumisión y la obediencia.

En Rousseau leí por primera vez que el ser humano nace naturalmente libre, pero que la civilización lo tiene encadenado. En el Quijote, que la libertad es uno de los dones más preciosos que nos dieron los cielos. Y en Jean Paul Sartre, que el hombre nace condenado a ser libre. Nada más falso. El filósofo, el Caballero de la Triste Figura y el gurú del existencialismo no sabían por dónde se andaban. Ni el hombre nace libre, ni existe una atracción irresistible a serlo, ni la libertad viene de lo alto. La libertad como condición natural del ser humano no pasa de ser un fraude cultural, pues, desde el remoto día en que el hombre inició su andadura en las sabanas africanas hasta que se multiplicó y asentó en el planeta, su vida ha estado marcada por la servidumbre. Según Carl Sagan, que sabía de esto un rato, el 99.9 por ciento de su tiempo en la Tierra, el hombre común lo ha vivido sometido al vasallaje, a la coacción, al tributo, al despojo, a la opresión y a la dominación de otros seres humanos.

He ahí la yema de la cuestión, por qué la mayoría de los hombres son sumisos. ¿Por qué obedecen decretos y leyes que son manifiestamente injustos? ¿Por qué millones de individuos se someten a los caprichos de uno solo, como se preguntaba Etienne de la Boëtie? Si dos, si tres, si cuatro no se defienden es por falta de valor, pero que lo hagan millones es cosa que no se explica, decía. Le costaba digerir que, desde el momento en que un déspota llega al poder, el pueblo cayera en tan profundo olvido de la libertad que, abatido por el miedo, no despertase para rescatarla y que, a medida que pasaba el tiempo encerrado, se acostumbrara de tal modo a la pasividad y la dominación que llegara a considerar el encierro como algo natural.

Y este es el peligro que viven hoy las sociedades libres: que no logren escapar del miedo y que el forzado confinamiento nos acostumbre a someternos a las arbitrariedades del poder político de un modo quizá irreversible. Incluso en aquellas que se dicen democráticas, como están dando muestra, para bien o para mal, Estados Unidos, Brasil, España, donde las piruetas absolutistas están siendo más visibles.

La libertad no es una herencia de la humanidad, escribió Cassirer en El mito del Estado. A diferencia de la ley de la gravedad, la libertad nunca estuvo ahí, a la espera de que alguien la tomara. Fue una hipótesis largamente mantenida que solo pudo confirmarse a base de sangre, rebeliones y lágrimas, y que si ha sobrevivido hasta hoy se debe a la tenacidad y la voluntad de minorías que estaban dispuestas a conquistarla o no perderla. Para que la libertad sea accesible la tenemos que crear. Pues si a los hombres les guíaran sus naturales instintos, no se afanarían por ella, sino por la dependencia, la obediencia o el despotismo.

No suena bien, pero es cierto. Los hombres tuvieron que inventar la libertad. Y lo que hoy entendemos por tal es una creación moderna nacida de dos ideas esenciales. Una, limitar los irracionales y oscuros atavismos del hombre natural, latentes en cada uno de nosotros. La otra, limitar el poder de quienes gobiernan. Ese fue el invento: restringir el poder del absolutismo para que los humillados, los indefensos, los siervos, los desheredados, los perseguidos por pensar o creer de manera distinta, fueran libres. No fue gratis por supuesto. Conquistar la libertad ha sido siempre un larguísimo proceso cuyo último objetivo era contener el poder arbitrario de unos hombres sobre otros y evitar que los más fuertes dominaran a los débiles.

No es admisible en consecuencia que, por propia voluntad, la sociedad ceda hoy esas libertades a los poderes públicos amparados en el miedo a un poder invisible, como hacían los sátrapas de antaño auxiliados por los brujos que agitaban el petate. Todo tiene un límite. La confianza en el poder se rige por una ley no escrita: la ley de los rendimientos decrecientes. En la medida que el poder no acierta, en la medida en que la realidad no responde a sus promesas y solo es coherente cuando rectifica o se equivoca, en esa misma medida el deterioro se vuelve imparable y el crédito se pierde de manera irremisible.

Lo veremos en próximas fechas, si el encierro se prolonga más allá de lo que la sociedad puede resistir encarcelada o si la necesidad de sobrevivir llegara a ser más poderosa que el miedo.