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Domingo

Literatura, coincidencias y plagios


“En literatura no hay nada escrito”

Augusto Monterroso

No hay nada nuevo bajo el mar (o bajo el sol). Hablemos hoy de literatura. Partamos de que la literatura se crea y recrea de la misma literatura, pero ¿quién fue el primer escritor? La intertextualidad resulta un artificio que combina lo viejo con la creación de lo nuevo, eficiente y válido recurso hasta que no aparezca un enanito verde que anuncie con una vocecita chillona el fin del sueño rosado de la intertextualidad y sentencie que se trata de miserables plagios. La ficción siempre busca sorprender al lector, la crítica en cambio busca descubrir y desarmar el mecanismo de las sorpresas que nos presenta un narrador.

El mexicano Juan Villoro señala con gran tino: “Augusto Monterroso conoce tan a fondo los géneros canónicos que prefiere abordarlos como parodia”. En todo caso, Monterroso en sus obras ha sido pionero en la reactualización de un antiguo prurito literario en castellano, heredado desde el Siglo de Oro: crear literatura con la literatura. La intertextualidad ha sido tema recurrente en los estudios literarios. La tan mentada (en todos los sentidos) intertextualidad se volvió una moda, casi una pose posmoderna, aunque la crítica olvidaba que Miguel de Cervantes y Saavedra había sido el maestro de la misma. Toda intertextualidad resulta siendo una especie de segunda parte o de repetición. Sin embargo para que sea literariamente válida deberá tener alguna dosis de novedad. ¿Qué rasgos hay en un texto que proceden de uno más viejo? Como los antiguos palimpsestos en que se escribían nuevos textos borrando los viejos en vista de la carencia de papiros. Esta práctica simboliza ahora la presencia de un texto más antiguo en uno nuevo. Críticos como Todorov y Julia Kristeva han escrito memorables tratados sobre el tema.

Influencia e imitación son cosas distintas. La epigonía resultará siempre un suicidio literario. De ahí que la originalidad haya sido en todas las épocas el gran desafío del creador que pretenda seguir vivo aún después de su muerte. Rubén Darío fue muy claro en esta cuestión: “…quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal”.

Luis Cardoza y Aragón escribió en 1927 en un poema que llamó Radiograma a Don Luis Góngora: “usted es el más antiguo ejemplo de movimiento perpetuo y el más moderno de todos los poetas”. De Luis a Luis. Pero ¿de dónde sacaría Cardoza la idea del movimiento perpetuo en relación a Góngora? He buscado en la obra de Góngora y el invento de Cardoza no parece ser una intertextualidad, como ha sucedido con tantos versos de Góngora que fueron reelaborados o intertextualizados, hasta Neruda lo hizo en uno de sus más conocidos poemas. Seguramente Cardoza lo sacó de su artificiosa cabeza que combinaba con frecuencia la metáfora con la paradoja.

No vamos a explorar la relación entre este verso de Cardoza y Monterroso. ¿Tomó de ahí el título para su libro Movimiento Perpetuo? Pues parece que no, sino lo obtuvo del compositor húngaro Ottokar Eugen Novácek y su concierto para violín y orquesta Perpetuum Mobile (Movimiento Perpetuo), seguramente recordando los domingos de su juventud en Guatemala y al grupo de amigos y noveles poetas y escritores que se reunían en los años cuarenta a escuchar discos de música clásica en la casa del escritor Carlos Illescas, que en era el único del grupo que poseía un gramófono.

Ejemplos más nítidos de la cuestión encontraríamos en abundancia si nos dedicáramos a escudriñar los textos de los clásicos. Por ejemplo, uno no ajeno de singularismo, es el conocidísimo y ya anunciado verso de Neruda en el poema 20 de los Veinte poemas de amor, que con gran belleza filosófica define el fin de toda relación amorosa: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”.

Neruda escribe el poema en 1924 pero resulta siendo demasiado parecido a lo que Luis Góngora y Argote había escrito en 1580 en su Romance 3: “es tan corto el placer, tan largo el pesar”. Neruda, sabemos de sobra, era un conocedor de la obra de Góngora. Cabe aquí recordar las palabras de Darío de que la hermandad de los poetas nunca ha decaído.

Existe también la coincidencia expresiva a causa de un tema. Un caso notable es el anhelo por el ser amado y en todo caso amado pero no correspondido, y dos poetas también clásicos lo escriben haciéndolo con alguna esperanza. Se trata de la rima XXIII de Gustavo Adolfo Bécquer y del poema titulado A una mujer de Víctor Hugo, ambos textos escritos por la misma época.

Bécquer:

“Por una mirada, un mundo

por una sonrisa, un cielo,

por un beso…yo no sé

que te diera por un beso!”

Víctor Hugo:

“Y el profundo caos de profunda entraña,

la eternidad, el espacio, los cielos, los mundos

daría por un beso tuyo!”

Estamos ante dos poemas transaccionales, es decir el mensaje lírico en aras de obtener un rédito amoroso. Ambos ofrecen el cielo o los cielos. El espacio de Hugo debe ser visto como sinónimo del mundo de Bécquer a cambio de un beso. Muchos años después, y ya en pleno posmodernismo, un conocido poeta chileno menor, Mauricio Redolés, haciendo gala de humor mayor y evidente intertextualidad poética, escribía un poema con el casi pornográfico título de Bécquer 69:

“Por una mirada, un mundo

Por una caricia, un cielo

Por un polvito

¡ah! Yo no sé qué daría por un polvito”.

Redolés coincide con Hugo y con Bécquer, aunque no es, ni de lejos, como ninguno de los dos. Y nos hará reír pero jamás nos hará llorar. Y en esta cómica diferencia reside precisamente la diferencia. Si consideramos a Redolés, en su ejercicio humorístico-metafórico, como un autor cómico, tendríamos que considerar a los dos clásicos del romanticismo español y francés (Bécquer y Hugo) como “trágicos”. Lo que nos lleva a inferir que lo cómico y el humor no resultan precisamente ser sinónimos. Ya el polígrafo ecuatoriano Juan Montalvo hacia 1895 había resaltado esta dualidad: “Si don Quijote no fuera más que esa imagen seria y gigantesca de la risa, las naciones todas no la hubieran puesto en sus plazas públicas como representante de las virtudes y flaquezas comunes a los hombres; porque una caricatura tras cuyos groseros perfiles no se agita el espíritu del universo, no llama la atención del hombre grave, ni alcanza el aprecio del filósofo. Hay obras que hacen reír quizá más que el Quijote, y con todo, su fama no ha salido de los términos de una nación”.

Y así lo vio también Augusto Monterroso, cuando refiriéndose al carácter del Quijote, apunta que sus contemporáneos leyeron la novela de Cervantes matándose de la risa, mientras que dos siglos más tarde los románticos la leyeron llorando, descubriendo que era una obra triste y que eso la hizo inmortal. ¿Será realmente inmortal la tristeza? Es irreal todo aquello que siendo fugitivo permanece.

Conclusiones no definitivas: la epigonía es enemigo número uno de la literatura. Por otra parte, repetimos que la literatura se nutre de literatura, por lo que las influencias, las intertextualidades y las convergencias resultarán inevitables. Dime quién te influencia y te diré quién eres. Porque olvidamos con frecuencia de dónde vienen las cosas o por lo menos sus antecedentes. Olvidamos que ha habido siempre un mundo anterior que resultará fascinante descubrir y redescubrir. Ya lo decía el bastante olvidado poeta peruano Carlos Augusto Salaverry, en un poema de nuestro más puro decimonónico romanticismo:

“Cuando veas que una ave solitaria

cruza el espacio en moribundo vuelo,

buscando un nido entre el mar y el cielo,

¡Acuérdate de mí!”

Restaría hacer una cita del poeta ruso judío Joseph Brodsky quien nos enseña al respecto que: “Las ruinas son las carcajadas del tiempo”. Lo que confirma sin duda la famosa sentencia de que toda erudición es ficticia. También de que hay historia, es decir tiempo, cambio y a la vez huellas. Las marcas del pasado estético del mundo, que en nuestro delirante contemporaneidad han sido sustituidas por otras “marcas”, evidentemente más comerciales. Pero la poesía perdura o “la poesía siempre es moderna” como dijo Cardoza. También lo dijo, de otra manera con su genio sugestivo Ernesto Cardenal en un poema: “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas…”.

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