Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
Domingo

Dos chompipes

Fecha de publicación: 17-05-20
Por: Jaime Barrios Carrillo

–Compañero chompipe –le dije–. Préstame tu pasaporte. Concédeme el placer de llegar a Europa transformado en Miguel Ángel Asturias.

Pablo Neruda (Confieso que he vivido)

Pablo Neruda tuvo dos nombres. El verdadero era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, que cambió por el definitivo de Pablo Neruda. Luis Cardoza y Aragón ha dicho, entre en serio y en broma, que con el nombre de pila original no podía aspirar a figurar en el monte Parnaso de las vanguardias. ¿Qué gran poeta podría llamarse Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basualto, nacido en Temuco? También se llamó durante un corto tiempo el señor Asturias. Neruda y Asturias compartieron muchas cosas, grandes y pequeñas. Incluso el famoso préstamo del pasaporte de Asturias a Neruda, cuando el poeta estaba huyendo de la persecución de González Videla y no tenía papeles y necesitaba viajar a Europa. Escribe Neruda en sus memorias:

“Asturias no dudó un instante. A los pocos días, entre señor Asturias por acá y señor Asturias por allá, crucé el ancho río que separa la Argentina del Uruguay, entré a Montevideo, atravesé aeropuertos y vigilancias policiales y llegué finalmente a París disfrazado de gran novelista guatemalteco…” (Confieso que he vivido). 

Se habían conocido en París durante los “años locos” de la década del veinte. Recuerda Asturias: “Cuando llegué a París lo conocí y también a Arturo Uslar Pietri. Andábamos juntos todas las noches y elaborábamos grandes planes para el futuro”.

Durante la larga y oscura, para el arte y las letras, dictadura ubiquista en Guatemala (1930-1944) siguió Asturias manteniendo comunicación con Neruda quien por su parte visitó Guatemala en 1943 contando lo siguiente:

“Pasé una semana conviviendo con Miguel Ángel Asturias, que aún no se había revelado con sus novelas victoriosas. Comprendimos que habíamos nacido hermanos y casi ningún día nos separamos. En la noche planeábamos visitas inesperadas a lejanos parajes de sierras envueltas por la niebla o a puertos tropicales de la United Fruit. Los guatemaltecos no tenían derecho a hablar y ninguno de ellos conversaba de política delante de otro. Las paredes oían y delataban. En algunas ocasiones deteníamos el carro en lo alto de una meseta y allí, bien seguros de que no había nadie detrás de un árbol, tratábamos ávidamente de la situación”.

Miguel Ángel Asturias conoció a Blanca Mora en Buenos Aires en 1950. Neruda amigo de ambos los presentó en la cocina de un apartamento, donde el poeta chileno celebraba una fiesta. Asturias, por alguna razón solía refugiarse en las cocinas. Blanca Mora y Araujo estaba haciendo su tesis sobre Miguel Ángel Asturias. Neruda le preguntó cómo iba su trabajo y Blanca con inagotable entusiasmo, en un récord de palabras dichas por minuto, contó sus descubrimientos y avances. Fue entonces que el poeta chileno le dijo que iba a darle una sorpresa y le pidió que lo acompañara a la cocina.

En una esquina, muy callado, Asturias bebía una taza de café. Al ver entrar a Neruda y a Blanca, a quien no conocía, con dificultad paquidérmica se puso de pie para estrechar la mano de ambos. Blanca apenas creía lo que veía mientras Neruda reía a rienda suelta complacido por el hecho celestino que había propiciado. Poco después Miguel Ángel y Blanca se casaron y emprendieron el viaje de bodas en un buque de pasajeros que atravesaría el Atlántico. Blanca no terminó su tesis pero el enorme interés por la obra asturiana se complementó con la pasión vitalicia por el mismo autor, cumpliéndose así la sentencia de Quevedo de amor constante más allá de la muerte. Muchos años después y ya fallecido Asturias, Blanca seguía clasificando y difundiendo la obra de su esposo por el mundo, sabiéndose de memoria pasajes enteros de las novelas y podía declamar de memoria muchos de los poemas, me consta.

Los dos escritores al filo de los cincuenta años eran ya voluminosos ejemplares de la literatura mundial, pesando juntos cerca de doscientos kilos. Eran prolíficos y polígrafos, devorado no solo todos los libros que encontraban por delante sino cantidades industriales de ostras, pastas, pescados de todo tipo, aves, carnes rojas, postres vulgares y también exóticos y habían probado los vinos y los licores del planeta.

El escritor cubano Lisandro Otero refiere que ya en 1938 Miguel Ángel Asturias era un hombre con bastantes quilos demás y que en ese año: “Rafael Alberti y Asturias vivían en París, en el segundo piso de un edificio que albergaba en su planta baja una librería”. Agrega Otero: “En la vidriera se mostraban las abundantes obras de Víctor Hugo. Al bajar diariamente Alberti y Asturias tenían por costumbre medir su silueta contra los tomos acumulados para comprobar el incremento de sus siluetas que comenzaban a adquirir perfiles mofletudos. Rafael, desalentado exclamaba: Ya estoy pasando el quinto tomo de Los Miserables y Miguel Ángel le respondía: Voy bien, no he aumentado, sigo en el segundo tomo de Notre Dame de Paris. Eran dos epicúreos aficionados al buen arte del comer y el beber”.

Neruda nunca se quedó atrás. Luis Cardoza y Aragón lo retrata con ese cariño ambivalente y la habilidad de sobra agresiva que el poeta antigüeño es capaz de poner en sus retratos hablados, o más bien escritos: “Este corpachón de 90 kilos, de un metro ochenta, reía o se alteraba momentáneamente…Sentía que todo se lo merecía -comparto su opinión. Fue antropófago y glotón de lo telúrico y lo celeste. Sin su gula, sin su refinada gula, no tendríamos su poesía”.

Los dos futuros premios Nobel de Literatura coincidieron en Hungría, en la capital del gulasch y del licor tokay, Budapest, conocida por sus grandes vuelos gastronómicos. Se les vio recorrer tanto bibliotecas como restaurantes y salir de redacciones de diarios directamente a comedores y pastelerías. Dos perfectos chompipes, como se autollamaron, en alusión al pavo americano, conocido en México como guajolote y en otras partes como garullo. Y hay algo de pavo en todo escritor ampuloso, en toda pluma que vuela dando saltos por la tierra. Así eran aquellos dos compadres literarios, generosos en la palabra y en la mesa, mofletudos y sabios, amablemente redondos, hechos para la gloria.

En un restaurante llamado Alabarder, tomaron la decisión de escribir un libro conjunto sobre la cocina de Hungría, el cual fue publicado años después por la editorial Corvina con el título de Comiendo en Hungría: “Vamos de camino y comemos donde la mesa es buena y hay amigos. Eso nos ocurrió en Hungría. Buena mesa y muchísimos amigos”.

Los acompañaba en aquella aventura gastronómica Blanca Mora de Asturias, quien podía degustar tanto la literatura como la buena comida, sin haber tenido nunca problemas con su delgada y femenina figura. Y no olvidaría Blanca que su felicidad conyugal se la debía a Pablo. Ni tampoco Miguel Ángel Asturias que la suya también se la debía a Neruda. Era el año de 1965 en Hungría y quince años antes Miguel Ángel Asturias y Blanca Mora se habían enamorado a primera vista, como suele decirse, en la cocina de un apartamento en Buenos Aires.

A principios de 1973 Chile estaba cercado por las fuerzas del Imperio en alianza con las elites locales. Asturias lo había vivido en 1954 en Guatemala y con su prestigiosa presencia se metió de lleno a defender a Allende en Europa. El Presidente chileno le escribe el 4 de abril de 1973, a pocos meses del golpe  y a un año de la muerte del mismo Asturias:

“Señor Miguel Ángel Asturias, París.

Estimado compañero: Deseo expresarle nuestro reconocido agradecimiento, por las expresiones de solidaridad con el proceso político chileno iniciado con el gobierno de la Unidad Popular que me ha tocado presidir y que Usted tuviera la gentileza de brindarnos a través de una emisión televisiva. El apoyo que Usted nos transmite constituye un valioso aporte para nuestro pueblo. Salvador Allende, Presidente de Chile”.

Asturias continúa con la solidaridad con Chile después de la caída de Allende y hace también un homenaje público a su amigo Pablo Neruda, quien fallece 12 días después del golpe de Pinochet, dedicándole un poema muy sentido que lee en la Sala Playel en París el 4 de octubre de 1973: 

y cantará Neruda que ya fuera del tiempo,

encarnará mil años

de pájaros de espuma…

yo te proclamo vivo