Lunes 1 DE Junio DE 2020
Domingo

Hacia un nuevo humanismo

Fecha de publicación: 26-04-20
Por: Jaime Barrios Carrillo

El dilema de la permanencia y el cambio ha acompañado a la humanidad desde siempre. En un sentido positivo y proyectivo, el ser humano ha desarrollado grandes conocimientos con la ciencia, la tecnología y las artes. Ha sido un proceso civilizatorio de miles de años. Como en todo proceso es el cambio lo que caracteriza el desarrollo frente a la inmovilidad. Pero la búsqueda de la verdad, la actitud de dudar razonablemente dentro de la libertad de conciencia ha sido también un rasgo permanente.

En el fondo el ser humano sigue siendo el mismo, lo que ha cambiado son las formas. El mundo sigue padeciendo tribulaciones pero estas son diferentes ahora de cómo eran hace cinco décadas y más aún hace cinco siglos. El contenido es el mismo: el ser humano en busca de la felicidad y el bienestar y las fuerzas que lo impiden u obstaculizan. Hay siempre mucho que hacer y qué aprender.

Vivimos en esta época de pandemia la evolución de una nueva conciencia universal sobre el bienestar de la humanidad. Es decir el evidente malestar del coronavirus con todas sus consecuencias en el mundo ha llevado también a cambios de actitud, a reflexiones profundas de muchas mentes y podríamos decirlo de amplios estratos sociales que ven ahora el mundo desde una perspectiva diferente.

En unas pocas semanas un virus microscópico ha creado macroproblemas en el mundo, evidenciándose que muchas estructuras globales no responden a los intereses de la humanidad sino a grupos privados, por ejemplo los servicios de salud. La emergencia sanitaria ha exigido la primacía del bien común y los diferentes Estados alrededor del planeta han tenido que actuar sobre los intereses del mercado. La vida humana antes que la economía. En síntesis la pandemia desnudó la desigualdad en el mundo y se ha hecho evidente la necesidad de reformas que fortalezcan el sector público y propicien la igualdad. Desde luego que no solo se trata de darle más recursos al Estado sino de efectivizar la acción del mismo en donde juega un papel esencial la eliminación de la corrupción.

La desigualdad será la gran cuestión a superar cuando la emergencia sanitaria se haya superado. Al neoliberalismo se le acabó el discurso y a lo más que pueden llegar es a seguir hablando a solas, dándole la espalda a la realidad. La pandemia ha venido a demostrar también el valor de solidaridad. De nuevo hemos visto aportes fantásticos en todo el mundo de voluntarios y profesionales que incluso con riesgo de su salud e integridad física están diariamente trabajando en el combate al coronavirus.

Es conveniente recordar que la colosal faena por lograr la igualdad de la humanidad tiene viejos orígenes y no es cuestión que nació en nuestra era. Las revoluciones burguesas europeas, sobre todo en Francia en 1789 sentaron las bases para la construcción de la sociedad moderna. El principal cambio fue la creación de la ciudadanía. En efecto el ciudadano vino a sustituir al súbdito y la república a la monarquía. Lo anterior permitió el advenimiento de la democracia cuyo fundamento fue la gestión y el manejo del poder como representación de la sociedad. El Estado de derecho y la democracia son dos caras de la misma moneda y presuponen la igualdad ante la ley y el cumplimiento de la misma. Al mismo tiempo que se parte de la garantía de que las leyes sean producto del poder Legislativo constituido por representantes del pueblo.

La igualdad se convirtió en un tema obligatorio de los filósofos y pensadores de la llamada Ilustración. Por ejemplo Jean Jacques Rousseau (1712-1778) levantó una teoría sobre las causas de la desigualdad y su relación con el contrato social o sea las formas que adquiere el Estado y sus instituciones. Otro filósofo, Voltaire (1694-1778) profundizó en el valor de la razón y del conocimiento, la ciencia como guía del espíritu humano y por tanto la búsqueda de la verdad. Voltaire preconizaba al mismo tiempo la libertad como un atributo esencial de la vida humana, lo que lo llevó a ser un defensor acérrimo de la tolerancia y en su base un precursor de la libertad de conciencia y de expresión que caracterizan la moderna democracia. Voltaire afirmaba “aborrezco vuestras ideas pero seré el primero en luchar por vuestro derecho a expresarlas”.

Durante el siglo pasado la lucha por la igualdad tuvo diversas fases y una polarización negativa que no solo dividió a la humanidad sino permitió la consolidación de un mundo bipolar con dos potencias que pretendían imponer sus respectivos sistemas, valores y desde luego sus intereses. Hablamos de la Guerra Fría y todas sus expresiones regionales en el mundo, incluyendo Europa y América Latina. Los países pequeños fueron arrastrados sin que pudieran oponerse y sin que tuvieran el chance real de hacer valer sus reales intereses.la dicotomía comunismo y anticomunismo hizo estragos en países como Indonesia y Guatemala.

La actual emergencia sanitaria ha producido en un lapso inmediato un desmoronamiento de las economías mundiales. Pero también ha hecho evidente que la vía neoliberal de otorgarle poderes casi mágicos al mercado en la asignación de recursos no solo es falsa sino peligrosa.

El mundo contemporáneo heredó tanto las ventajas del avance del capitalismo democrático como el veneno del fundamentalismo de mercado. La democracia representativa como modelo impulsada por los países occidentales y algunos orientales (Japón, India) avanzó globalmente. Tratados internacionales y acuerdos en casi todas las materias de interés mundial se lograron concretar con el comienzo del nuevo siglo.

No obstante los avances democráticos de la humanidad se vieron fuertemente contrarrestados por los grandes capitales financieros que no conocen patrias sino intereses y que se trasladan a la velocidad de la electrónica. Crisis bursátiles, desempleo y migraciones forzadas resultaron parámetros indiscutibles de que la desigualdad seguía imperando en el mundo. En otras palabras, la expansión de la pobreza y la concentración de la riqueza van a la par y son causa y efecto mutuos.

Una primera gran lección que nos confirma la pandemia del coronavirus es que la pobreza en todas sus formas es negativa para la humanidad. Ya es una cantaleta absurda del trasnochado anticomunismo insistir en que la pobreza es un invento o un arma del comunismo internacional. O el discurso inhumano neoliberal del egoísmo. En lo que si no hay duda es que la pobreza expandida en el planeta es el indicador más veraz, con todo su dramatismo, de que la desigualdad debe disminuirse, combatirse, reducirse al mínimo y en su lugar tengamos un mundo más democrático donde la igualdad, la libertad y la fraternidad sean la trilogía imperante.

No debe olvidarse que la segunda década de este siglo comenzó con grandes movilizaciones sociales en todo el mundo que tenían en común los deseos de millones de personas por cambios sociales. Rechazo al neoliberalismo en Chile, Colombia, Ecuador, Líbano, Francia, etcétera. Un común denominador de las protestas fue la falta de credibilidad a los partidos políticos. No se trataba de derecha ni izquierda sino de llano descontento con el nivel de vida que se lleva, rechazo a los embates de la pobreza en la salud, la educación, las jubilaciones y la seguridad ciudadana. Las masas cuando ya no aguantan exigen soluciones. La ideología como falsa conciencia puede adormecer y engañar pero no puede darles de comer ni proporcionar vivienda ni escuela. Y menos salud.

Volvamos al principio, a reflexionar sobre los grandes esfuerzos que millones de seres humanos hacen de manera solidaria en estos dramáticos momentos. La pandemia vino golpear a la humanidad pero la lucha contra este mal ha sido enorme y admirable. Nos encaminamos hacia un renovado humanismo. Cuando el coronavirus se haya superado sobre las ruinas de la economía se tendrá que levantar un mundo nuevo donde la salud ocupe el puesto fundamental como derecho humano. No olvidemos que la principal causa de la mala salud sigue siendo la pobreza: hambre, falta de higiene y agua potable. La mala nutrición produce organismos propensos a enfermarse. Y no pueden faltar más los hospitales, dispensarios, clínicas de todas las especies y personal calificado. Todo respondiendo a la utopía de que “la salud deber ser nuestro máximo tesoro”.