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Domingo

La negación de la ciencia


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Hace cosa de diez años, en un libro titulado Denialism, Michael Specter criticaba ese tipo de pensamiento irracional que tanto daña el planeta y pone en peligro nuestras vidas. Obsérvese el oxímoron, “pensamiento irracional”, un término que en lenguaje ordinario podría traducirse como estupidez llana y simple, condición congénita y patrimonio hereditario de la especie. Specter contaba allí que cierto día, paseando por los claustros de Harvard, vio a un joven que llevaba en el pecho un botón donde se leía: “Ideología contra cientifismo”. El escritor le preguntó qué significaba eso y el joven le respondió que se trataba de un movimiento que pretendía dar réplica a la creencia según la cual la ciencia no puede solucionar los problemas que la naturaleza no puede resolver por sí misma.

Aplicado tal principio a la situación actual, la de un virus con cetro y corona que gobierna a capricho nuestras vidas, uno no puede por menos de pensar en los numerosos dirigentes y dirigidos que han negado y siguen negando los peligros de la pandemia o que acuden a soluciones milagrosas, como los detentes y las estampitas de López Obrador, o están convencidos como Donald Trump de que la crisis va a resolverla el dinero. En ambos casos, y excuso aquí mencionar otros cientos, se pretende reemplazar el riguroso método de la ciencia por las inflexibles certezas de los brujos. Y negar que ha sido el ingenio humano, aunado al reiterado ejercicio de la prueba y el error, el instrumento que nos ha permitido preservar y prolongar la vida, revela el alto porcentaje de la especie que aún vive en la Edad de Piedra.

Volver la mirada hacia otro lado para no ver que lo que de verdad puede salvar a una humanidad afligida por el presente azote, y que no es la política, ni las ideologías, ni los credos, pues eso son solo paliativos, es uno de los sesgos más peligrosos de la crisis. Es caer en un estado de negación ciega que reseña de manera clara y patente la falta de confianza en la ciencia, no como botiquín de primeros auxilios, sino como solución definitiva al problema.

Nada nuevo, me apresuro a decir. Sucedió hace cuarenta años con el sida, el virus de aquellos años, cuando los hechiceros de turno proclamaban urbi et orbi que la abstinencia sexual era la solución a la epidemia. Y sigue sucediendo hoy, como en el caso de esa histérica neoyorquina que gritaba días atrás a un periodista que ella no necesitaba mascarilla, ni guantes, ni demás porquerías porque “estaba protegida por la sangre de Cristo”. O el de toda esa gente que no respeta la cuarentena ni las normas de convivencia y sigue, viva la Pepa, a lo suyo, y diciendo para sí, este asunto ni me va ni me viene.

La negación, he ahí el problema. ¿Será necesario recordar aquí que Galileo, tras demostrar a la Inquisición romana que era la Tierra, y no el Sol, la que se movía, recibió como respuesta que eso no era posible porque la Biblia no podía equivocarse? Aquella fue, y continúa siendo una de las manifestaciones más excelsas de la estupidez humana, no muy alejada empero de los movimientos actuales de “salud alternativa”, la negación de la eficacia de las vacunas, el auge de ideologismos tales como “si no salvamos el clima, volveremos a enfermarnos” y otras variantes del vudú de nuestros días. Negar la evidencia es lo propio del pensamiento irracional, vale decir, de la estupidez, y confieso no tener explicación para eso. O quizás sí la tenga y que el origen del mal resida en lo que Boorstin ha llamado síndrome de inmunidad adquirida, esa especie de barrera ideológica, política, económica o religiosa de quienes se resisten a aceptar toda evidencia que contradiga sus convicciones.

Según datos de las Naciones Unidas, el número de personas fallecidas en los últimos veinte años por desastres naturales, terremotos, tsunamis, epidemias, erupciones volcánicas y otras gracias de la naturaleza, asciende a 1.35 millones. Un promedio de sesenta y cinco mil por año, que es más o menos la cifra que lleva de momento el coronavirus. Y cuando desde mi obligada clausura leo las cifras sobre los avances de esta nueva catástrofe, no dejo de angustiarme y preguntarme, como todos, supongo, cuándo llegará el día en que la curva de contagiados y muertos alcance su obligada meseta y cuándo empezará a descender. Pero es una atención fugaz, pues, de inmediato, mis ojos y mis oídos se dirigen a las noticias sobre la denodada lucha de los científicos para crear vacunas y sueros o fabricar equipos de respiración artificial a bajo costo.

Bien está, me digo entonces, todo lo que se está haciendo por detener la calamidad. Y no me cabe sino agradecer desde el fondo del corazón el sacrificio de tantas personas que se ocupan de los contagiados y los caídos. Pero no nos engañemos. Solo la ciencia podrá liberarnos permanentemente de este virus, como nos libró en su día de la viruela (más de 300 millones de muertos), el sarampión (asesino de 200 millones de niños), el tifus, la varicela o la rubéola, enfermedades de las que oímos hablar en nuestra infancia y de las que no hemos vuelto a saber hasta la fecha.

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