[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Domingo

De pestes, plagas y epidemias, el azote inminente


Hubo un tiempo en que los pueblos consideraban a las epidemias castigos divinos. Y por eso le pedían protección a los dioses. Entonces llegaba la vacuna, pero tiempo después aparecían nuevas enfermedades. Este es un repaso de lo que ha sucedido con las calamidades sanitarias desde la Colonia y de cómo los guatemaltecos han sobrevivido a ellas

foto-articulo-Domingo

Los cuatro jinetes del Apocalipsis 

(siglo XVI)

Poco antes de la llegada de los españoles a Guatemala, entre 1519 y 1521, se registraron los primeros casos de indígenas infectados con viruela en el territorio. Parte de la explicación de este contagio, que sucede previo a la conquista, se origina en algún tipo de intercambio entre la tripulación de Hernán Cortés, en la que había soldados que vinieron con la enfermedad: una misión se acercó a los kaqchikeles para pedirles su sumisión. En esta había mexicas e invasores.

“Los mismos indígenas contagiados relataron que habían estado peleando con estos grupos en las costas del Golfo de México. Pero no solo cuentan la noticia de esas batallas, sino también hablan de la enfermedad”, relata el historiador Horacio Cabezas.

Así queda registrada en el Memorial de Sololá la primera peste en el país:

“En el curso del quinto año se inició la peste, oh hijos míos. Primero hubo tos, luego se corrompió la sangre y se tornó amarilla la orina. La cantidad de muertes en esta época fue en verdad terrible […] Los ancianos y padres murieron todos y el mal olor fue tal que los hombres morían sólo de éste. Luego perecieron nuestros padres y ancestros. La mitad de la gente se tiraba a los barrancos y los perros y zorros comían de los cuerpos de los hombres. El temor a la muerte destruyó a la gente vieja, así como al hijo mayor del rey junto con su hermano joven […]”

A partir de la conquista, varios historiadores han documentado una serie de enfermedades infecciosas que se padecieron, no solo en los poblados de Guatemala, sino en toda Centroamérica. Aquello diezmó a su población. Según Cabezas, los grupos mayas no habían desarrollado anticuerpos contra estos males, lo que facilitó su propagación, así como la escasa capacidad de sobrevivencia.

El estudio Los mayas y las grandes epidemias, del antropólogo Diego Vásquez Monterroso, cita el trabajo del historiador Lawrence Feldman (La guerra contra las epidemias en Guatemala), quien menciona lo que considera los cuatro grandes “jinetes del Apocalipsis” durante la Colonia: viruela, tifus (tabardillo), sarampión e influenza. Los registros dan cuenta de 51 epidemias entre 1519 y 1821, de las cuales al menos 20 fueron de viruela, 18 de tifus, nueve de sarampión y cuatro de influenza.

Sin embargo, el historiador Jorge Luján Muñoz habla de hasta 59 episodios similares de 1520 a 1821. En promedio, ocurría uno casi cada cinco años. Se sabe que los más violentos sucedieron en el siglo XVI, pero después disminuyeron en intensidad y recurrencia, según apunta Vásquez Monterroso.

La peste de 1544-1545 quedó documentada en el Códice Telleriano-Remensis

En los documentos de los historiadores Christopher Lutz (Santiago de Guatemala, historia social y económica, 1541-1773) y Horacio Cabezas las fechas entre uno y otro varían. Vásquez Monterroso lo atribuye a que no se dispone de muchas fuentes ni de esfuerzos sistemáticos por registrarlo todo. Además, menciona que en lugares más aislados, como Huehuetenango, no existen datos.

Se sabe que la llamada epidemia cocoliztli (gran enfermedad), que asoló el país entre 1545 y 1548, y luego en 1576 y 1650, fue una de las más mortíferas. Esta comenzó entre los nahuas de México y se extendió hasta Guatemala. Recientemente ha sido identificada como salmonela, pero en su momento se le confundió con viruela y tifus. Lo cierto es que mató a millones en la región. Vásquez Monterroso estima que solo en el altiplano, de una población de 2 millones, en menos de un año se redujo a 1 millón 300 mil.

Los años de las rogativas (s. XVII)

En los albores de 1632, la peste de tabardillo (tifus) fue motivo de gran preocupación en la ciudad de Santiago de Guatemala. Estaba diezmando a la población indígena y esto afectaba los intereses económicos de los principales vecinos, pues las víctimas constituían su mano de obra principal en los obrajes de añil, trapiches, ingenios y demás labores.

El tifus o tabardillo, que se transmite por piojos o pulgas, fue una de las grandes epidemias a lo largo de la historia. Se propagaron cuando las poblaciones atravesaron periodos de hambre y de guerra.

Cabezas documenta otra peste hacia 1646, que habría llevado a la tumba a más de mil personas. “Ya no había lugar en las iglesias de los conventos ni en la Catedral para nuevos entierros”.

Para entonces las soluciones a estos males estaban vinculadas con la celebración de rogativas (rezos y procesiones especiales) por parte de las autoridades eclesiásticas.

Estas rogativas para acabar con la viruela se dieron sucesivamente durante 37 años. Sin embargo, hubo alguien que pasó de las rogativas a la acción: el Santo Hermano Pedro de Bethancourt, quien a finales de 1661 compró un terreno en la ciudad de Santiago de los Caballeros para construir el Hospital de Convalecientes, cita Cabezas.

El presidente de la Audiencia informó que el Hospital Real de Santiago solo tenía 24 camas, pero necesitaba 200 para atender a los enfermos de todas clases. (Mapa de la Audiencia de Guatemala en 1657).

Un obraje añilero en 1667. Durante el siglo XVII el añil fue el principal producto de exportación.

Lutz registra otra peste de tifus en la región de 1686 a 1687. Entonces el presidente de la Audiencia informó que el Hospital Real de Santiago solo tenía 24 camas, pero necesitaba 200 para atender a los enfermos de todas clases. La epidemia fue tan fuerte que, luego de dos o tres meses, había enterrado a más de la décima parte de la población. “Los que más sufrieron fueron los españoles pobres, la gente ordinaria, los mestizos, mulatos e innumerables indios”, según la crónica de Francisco Vásquez.

De acuerdo con Cabezas, el tifus se daba periódicamente y las principales víctimas eran las comunidades indígenas. Parte de las razones se debían a una población con altos niveles de desnutrición, débiles, puesto que se les quitaban sus tierras y se veían obligados a hacer trabajos forzados.

En la cosmogonía maya, las soluciones consistían en darse baños de vapor, hacerse incisiones en la piel para “liberar la sangre”. Asimismo, usaban la herbolaria ancestral, aunque también pagaban a sus deidades sagradas para su pronta recuperación, según Vásquez Monterroso.

Entre las explicaciones que los mayas dieron a estas catástrofes sanitarias, estaban el relajamiento de la disciplina que como pueblo tenían previo a la Colonia. Algunos de ellos criticaron, sin embargo, la imposición de dioses cristianos y la esclavitud a la que se vieron sometidos.

Por otro lado, la medicina no estaba desarrollada. Durante la Colonia hubo unos cuantos médicos, pero no eran grandes entendidos en la materia. “Si en Europa no tenían conocimiento sobre pestes, mucho menos en América”, afirma Cabezas.

Llueve sobre mojado (s. XVIII)

La vida para los vecinos de Santiago de Guatemala no fue fácil. Sucesivas pestes de viruela, sarampión, tifus, rabia o plagas de langostas, sumadas a sequías y hambre les amargaron la existencia. Rogativas, procesiones y novenarios eran sus únicos recursos para intentar enfrentarse a esos males.

Entre 1710 y 1711, Lutz recoge el testimonio de un cronista desconocido que observó más de 20 pueblos “casi totalmente acabados”. Según su texto, algunos quedaron con 30 personas y otros con menos de siete u ocho. Por ello, consideró que ya no merecían el nombre de pueblos sino de despoblados.

Los desastres se sucedían como “ver llover sobre mojado”. Cabezas documenta una peste de tifus, apenas cinco meses después de los terremotos de Santa Marta, en 1773. Para entonces comenzó a aplicarse el aislamiento de los enfermos, así como la construcción de varios ranchos para el alojamiento de los “apestados”.

Y mientras los médicos se enredaban en discusiones sobre influencias astrales, impurezas del aire y emanaciones sulfurosas, dilatando de ese modo la explicación del origen, propagación y curación del tabardillo, cuenta Cabezas; el arzobispo Pedro Cortés y Larraz comenzó a implementar medidas de distanciamiento social, como solución a la peste. Prohíbe viajar a los pueblos de los Altos, construye galeras de aislamiento, separa a los sanos de los infectados, impone vigilancia a los ranchos de los enfermos y mejora la alimentación.

En mayo de 1774 se instituye la primera Junta de Salubridad para atender la epidemia. Fue un fracaso. El presidente Martín de Mayorga, entonces, nombra a un cirujano para erradicar este azote, quien implementa una serie de medidas que finalmente lograron detener la peste. El saldo de este trágico año fue de 123 muertos contabilizados por el terremoto y cerca de 4 mil por la peste. Todos indígenas, castas y mestizos con algunas excepciones.

Faltaban algunos años para que la vacuna contra la viruela, inventada por Edward Jenner en 1796, viniera a América y comenzara a aplicarse.

Viene la vacuna, le sigue el cólera (s. XIX)

Fue en 1803 que el rey Carlos IV ordenó el envío de una expedición que llevara a las colonias de Hispanoamérica los beneficios de la vacuna de Jenner. A inicios de 1804 se introdujo en Guatemala en forma exitosa. Tal fue el logro de este acontecimiento que el poeta Simón Bergaño y Villegas publicó un poema titulado: La vacuna, canto dirigido a los jóvenes:

“Remonta, oh musa, el pensamiento mío/ Con el son agradable de tu lira/ Y esforzando mi aliento, débil, frío/ Anima el pecho, que a cantar aspira/ El hallazgo feliz, con tono pío/ Del doctor JENNER, por quien ya se mira/ Libre y segura la infeliz tierra/ De una peste cruel, más que la guerra (…)”

Pasaron un par de décadas para que llegara otra calamidad a gran escala: el cólera morbus (causado por la bacteria Vibrio cholerae que se propaga por el agua contaminada) y que significó también la caída del gobierno de Mariano Gálvez, relata Cabezas.

En 1836 se tuvieron noticias de los primeros brotes en Gualán, Zacapa. Poco después se expanden hacia Chiquimula y Santa Rosa. Para contrarrestarlos, las autoridades envían personal de salud para desinfectar los depósitos de agua.

Pero los pobladores desconfiaron, al pensar que Gálvez intentaba matarlos para así entregar sus tierras a los extranjeros. Se alzaron en armas, pero fueron reprimidos. Aquello tuvo como consecuencia la insurrección de los montañeses de la región oriental, cuyo líder fue Rafael Carrera, apoyado por algunos sacerdotes católicos.

El saldo de la enfermedad, un año después, se calcula en unos 12 mil fallecidos en todo el territorio, cuando la población en la República Federal era de 3 millones de personas. Tanto así que el historiador Rodrigo Fernández lo consideró toda una catástrofe.

La influenza llegó en tren (s. XX)

La llamada “Gripe española” que tuvo un fuerte impacto a nivel mundial también pasó por Guatemala. Llegó en tren, desde Puerto Barrios en 1918. Esta se expandió en 800 kilómetros de vías ferroviarias que en ese entonces llegaban a la Ciudad de Guatemala, Escuintla y Puerto San José, y se extendían hasta la frontera con México. “Se logró combatir, aunque con mucha desidia por parte del presidente Manuel Estrada Cabrera”, afirma el economista e historiador José Molina Calderón.

En 1918 la gripe española ingresó desde Puerto Barrios y se expandió en 800 kilómetros de vías ferroviarias por todo el país.

Para entonces, los capitalinos acababan de padecer los devastadores terremotos que van de noviembre de 1917 a mayo de 1918, precisamente cuando se llevaba a cabo la cosecha de café de exportación. Según el estudio del antropólogo Richard Adams, las defunciones en el país por la “Gripe española” pudieron alcanzar cifras entre 75 mil y 150 mil habitantes, cuando se estimaba una población de 1.9 millones. En el mundo murieron alrededor de 50 millones de personas.

Una amenaza constante 

El azote constante no termina. A lo largo del siglo XX surgieron epidemias mundiales como la gripe porcina, la gripe asiática, el ébola, la difteria y el VIH-Sida, por citar algunas. En Guatemala, solo la mortalidad asociada al VIH-Sida todavía representa alrededor de 2 mil 200 muertes anuales.

En el siglo XXI, el mundo se enfrentó a la gripe H1N1, el virus del Zika y actualmente la pandemia del COVID-19, que ha causado más de 149 mil muertes en 185 países, hasta el pasado viernes.

Cabezas considera que la religión no ha dejado de tener influencia entre la gente. A su criterio, como en tiempos pasados, se recomiendan jornadas de oración y ayuno, mientras que en Patzún sacaron a las calles al santo del pueblo. “Persiste una mentalidad mágica, cuando lo que debería primar es la ciencia”, comenta.

La historia nos demuestra que las crisis nos dejan lecciones. Las sociedades vuelven a florecer y se comienza una etapa en donde se superan los baches económicos. De acuerdo con Cabezas, en Santiago de Guatemala destaca la prosperidad en la producción del añil, que entre otras cosas contribuye al florecimiento del arte barroco, pero que se da a costa de diezmar a las poblaciones indígenas de la bocacosta.

Diego Vásquez Monterroso considera que los mayas nos dejaron aprendizajes importantes. Uno de estos, la sobrevivencia como comunidad, con una población que decreció entre un 90 y un 60 por ciento, dependiendo de la región, en el lapso de un siglo. “Una lógica de fortaleza en la que lograron generar no solo anticuerpos para estas enfermedades, sino mantener las bases culturales, así como integrar y crear nuevas sociedades”.

La pandemia del coronavirus se vive hoy con la ventaja de grandes avances científicos y tecnológicos, pero al mismo tiempo en un entorno más frágil, por las consecuencias políticas y económicas globales. “Lo vamos a superar, sobreviviremos, pero vamos a despertar en un mundo muy diferente”, afirma en una entrevista concedida a XL Semanal, el historiador israelí Yuval Noah Harari. Él, como miles de millones de personas, espera que ese despertar, por diferente que sea, suceda lo antes posible.

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia
Gatorade inaugura el torneo 5v5

Los ganadores tendrán la oportunidad de viajar a Madrid y competir para asistir a la final de la UEFA Champions League.

noticia Ferdy Montepeque elPeriódico
Ocho zonas de la capital y Mixco concentran los asaltos en motocicleta

La zona 9 capitalina está identificada como uno de los lugares donde más se cometen atracos de este tipo.

noticia Rony Ríos rrios@elperiodico.com.gt
Inguat inaugura temporada de cruceros

Entre septiembre y junio se esperan no menos de 95 embarcaciones.



Más en esta sección

Familias afectadas por Eta e Iota reciben más de 2 millones de libras de ayuda humanitaria

otras-noticias

PNC mantiene vigilancia alrededor del Congreso

otras-noticias

Cuatro personas mueren en un accidente de tránsito en Petén

otras-noticias

Publicidad