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Domingo

Nueva salutación del optimista


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Desde hace cuando menos dos milenios, la fórmula universal de cortesía ha sido desear salud al prójimo, o lo que es lo mismo, saludar, voz y rito que nuestra cultura heredó del célebre salve romano. Salve, exclamaban senadores y patricios al encontrarse en la calle o en el foro. Salve, llena de gracia, le dirá a María el ángel que le anunciaba el nacimiento de Cristo. Salud y fraternidad, dirán más tarde los revolucionarios franceses. Salud, decimos hoy al brindar con los amigos. Y saludes, decimos en Guatemala, donde los buenos deseos se expresan por partida doble, sobre todo en horas como la presente, cuando nuestra salud corporal y mental corren peligro.

Rubén Darío, centroamericano ilustre y saludador genial, idearía un elixir que no se vende en las farmacias, pero sí en las librerías, y que ha llegado hasta nosotros bajo la forma de un bellísimo poemario titulado Cantos de vida y esperanza. De ese manojo de poemas, uno de los más renombrados lleva el nombre de Salutación del optimista, expresión donde la palabra saludar retoma su acepción originaria, que es impartir salud, y a la cual Darío dedicó estas estrofas:

Un vasto rumor llena los ámbitos,

mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto.

Retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte…

El optimismo no derrota, pues, al miedo. Ni a la inseguridad. Ni a la muerte. Simplemente las engaña.

Es preciso reconocer, sin embargo, que el optimismo no es una emoción instintiva. En la mayoría de los casos, exige de nosotros un notable esfuerzo de la voluntad. Y por otro lado, ¿tiene algún sentido plantearse el optimismo en situaciones graves como la que vivimos hoy día? Es probable que muchas personas se sientan inclinadas a responder que no, pero, ¿acaso tiene más sentido ser pesimista y renunciar al humor, la esperanza o la autoestima?

Lo dudo. Más aún, el optimismo encuentra su razón de ser cuando la crisis nos asedia y el mundo a nuestro alrededor parece que se derrumba. Es justo en esos momentos aciagos cuando más necesitamos del optimismo, el cual, parafraseando a Heidegger, no es otra cosa que vivir apoyando nuestros pies sobre la nada. Mire usted qué paradoja.

El optimismo inteligente no es, sin embargo, el recurso al milagro, ni esa ilusión ingenua e insustancial que confunde la realidad con el deseo. El optimismo inteligente es la búsqueda de lo mejor, pero en la acción, no en la espera.

El pesimismo, por el contrario, nos convierte en minusválidos con gravísimos síntomas de disfunción, nos invita a pensar con el esfínter y a generar el humor en el hígado. O si se quiere expresar de otro modo, el pesimista es un vasoconstrictor social, una peste que propaga la más grave de las epidemias, el derrotismo. Sus cálculos son siempre malignos y su ritmo cardíaco inestable. ¿Cómo defendernos de él? ¿Cómo crear un entorno que nos inmunice contra los ataques de su virus?

La respuesta está, de nuevo, en Darío:

Abominad la boca que predica desgracias eternas,

abominad los ojos que sólo ven zodíacos funestos.

He ahí la regla elemental: alejarse de esa gente. Ninguna salud pueden darnos los administradores del miedo, los que solo saben entonar responsos e impartir malos augurios, los que nos entristecen la vida y la convierten, no tanto en un valle de lágrimas, como en un océano de lamentos. Durante la crisis petrolera del pasado siglo, los expertos recurrieron a lo que entonces dio en llamarse “recursos de energía alternativa”, uno de los cuales fue la energía solar. Pues bien, los seres humanos también poseemos una fuente de energía alterna. Y justo en el plexo solar, vale decir, en el corazón. ¿O no es verdad que cuando nos armamos de optimismo nos sentimos también llenos de energía?

La vida, decía Ortega y Gasset, es la única realidad radical, lo único que somos y tenemos. Ante ella no existe la razón científica, la razón pura, ni siquiera la razón práctica. Existe la razón vital, aquella que nos empuja a seguir viviendo. La experiencia demuestra que si no intentamos cambiar las cosas o hacerlas de otro modo, de seguro irán a peor. Intentarlo, o lo que es lo mismo, utilizar la razón vital, crea cuando menos la posibilidad de que sean mejores. Por eso el pesimista se equivoca tanto, porque, a diferencia del optimista, el miedo le paraliza.

Hay también un buen motivo para pensar que el optimismo inteligente funciona, y es porque utiliza el viejo truco de esperar lo bueno como escudo mental contra la aprensión y el pavor. La esperanza, ciertamente, es una gran falsificadora de certezas que es preciso corregir por medio de la cordura, pero a veces es necesario violentar la cordura y creer en ciertas mentiras saludables como recurso para seguir viviendo e impedir que la hipocondría vital nos derrote.

Los caminos para recuperar el aliento y la ilusión abundan, pero entre ellos, quizá el más inspirador sea la poesía, en especial estos versos de aquel gran saludador de pueblos que fue don Rubén Darío:

Y un cisne negro dijo: «La noche anuncia el día».

Y uno blanco: «La aurora es inmortal, la aurora

es inmortal». ¡Oh tierra de sol y de armonía,

aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!

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