Viernes 18 DE Septiembre DE 2020
Domingo

Devenires

Fecha de publicación: 26-01-20
Por: César A. García E.

Y llegan pronto los años, en que, las preocupaciones… son tan solo por los otros. Nosotros –inexorablemente– vamos agotando, y pronto… la cuota de nuestros días. Y aunque luzca faltan “muchos”, la verdad ya son muy pocos. Porque han quedado atrás, los años más rigurosos, cuando fuimos implacables, aguerridos y orgullosos; cuando el pensamiento –fijo– era conquistar, pelear, ganar, hacer lo “imposible”; cuando nada nos paraba… cuando fuimos “invencibles”. Impertinentes, temibles, persistentes e irascibles; cuando era nuestra razón… única la que existía, cuando cualquier reto intenso, enorme y monumental, era un asunto trivial y ajeno a la cobardía. Cuando éramos incansables, cuando las largas faenas, procreaban algunas penas… muy tristes y lamentables. 

Sin percatarnos siquiera, se nos quita el apetito; por la lucha, por el triunfo, los premios y las preseas; no queremos conquistar, cansarnos más, ni escalar. Es hora de contemplar, el inmenso panorama que nos presenta la vida… luego de aquel rudo andar; es necesario saciarse, es saludable parar, es mandatorio sentarse, por ratos a contemplar. Se escapa la lozanía, la resistencia y paciencia, el rigor por la insistencia y el afán por alcanzar. Estamos en otro sitio, ciertamente uno mejor, uno que, al verlo con calma, con gratitud y quietud… significa la cosecha del tesón y la virtud. La casona que construimos, para albergar a los hijos que nunca fue suficiente para chunches y adornitos… se va quedando –por ratos– con las luces apagadas. Ambientes que no se usan, más silencio y más orden; menos gente, mismas cosas. Más vida en el dormitorio, más comer en la cocina, con aquellos trastos viejos; cuántos años lleva viva… esa olla de presión fabricada –como era antes– con calidad y precisión. 

Las gradas que, en otro tiempo, transitábamos corriendo, ahora bajamos despacio; porque duelen las rodillas, porque ya nos resbalamos, porque son nuestros reflejos –como nosotros– añejos. Y el subir, también despacio… por lo menos no corriendo, no hay razones para eso; mientras nos hacemos viejos… también maduran los sesos. El cuerpo nos para y punto; hay quienes viven negándolo. Se aderezan los peinados y aquel cabello ahora escaso, lo lucen de otro color, ocultando aquellas canas que eran la viva evidencia, de experiencia y de pudor. 

La vejez insoslayable, se asoma tempranamente, advirtiendo –con achaques– sobre su avance inclemente; aumentan las medicinas, las advertencias y alertas… hay que “guardarse” temprano… evitando las alergias. No se puede comer igual, el desvelo es desechado, el frío se hace presente y el insomnio es recurrente. Las cosas antes livianas… se van sintiendo pesadas, tareas antes muy fáciles… nos resultan más cansadas. 

Al final hacerse viejo, es privilegio de algunos, muchas veces de los mismos que vivimos bajo un techo, disfrutando un desayuno. Es el paso inevitable, hacia la posteridad, el camino trascendente que jamás es decadente… de legado y de verdad. Saber saborear ser viejo, es la mejor actitud, no hay que competir con nadie… se valora la salud. Se crece dentro del alma, es posible amar sin tregua, se demuestra el sentimiento, se enseña con el ejemplo y se puede ser mejor… aunque la eficacia mengua. Es tiempo para mimarse, pero además hay que hacerlo; disfrutar a los amigos, opinar sin aspavientos; dejar de hacer lo que a otros les resulte “lo correcto”. Pensar un poco en nosotros, en nuestros sueños de niños, travesuras infantiles que ya con traje de viejo, no se notan… son sutiles. ¡Piénselo!