Martes 25 DE Febrero DE 2020
Domingo

El país de la eterna transición

Fecha de publicación: 19-01-20
Por: José Luis Chea Urruela

Un ángel miente, y engañados, Adán y Eva, en el Paraíso, comen del fruto prohibido. Un Dios, enfurecido, pero misericordioso, los viste y los expulsa del Paraíso, condenándoles a trabajar la tierra de la que Adán había sido hecho. Preocupadísima, Eva le preguntó a Adán ¿y ahora qué vamos a hacer vos? Y Adán, políticamente le respondió, no te preocupes mija, estamos entrando a un periodo de TRANSICIÓN.

Lo que, al parecer, Dios no le dijo a Adán, es que, en un país que eventualmente se llamaría Guatemala, esa transición sería eterna, incluso más que la primavera; y que, desde entonces, condenaba a los futuros habitantes de ese país, no solo a llegar tarde a todos lados, sino también, a no llegar nunca a su tan ansiada cita con la historia, y que, por esa razón, su proceso de transición sería eterno.

Como buenos descendientes de Caín y Abel, los guatemaltecos llevamos más de quinientos años aprendiendo a descalificarnos y odiarnos entre nosotros, y a dedicar todos nuestros esfuerzos y energías a construir nuestra propia perdición. Soñamos despiertos, compramos todos los espejos que nos ofrecen, nos autoengañamos y terminamos diciendo, como de costumbre, que el peor gobierno siempre es el último.

En términos formales, la última transición política en Guatemala, tuvo su inicio en 1985 y es la que se conoce como “transición democrática” la cual, más que una transición democrática, ha sido una transición política de sucesivos gobiernos, de los cuales, el último ha dado inicio este 14 de enero con la llegada al poder del presidente Giammattei.

Gobierno va y Gobierno viene, y la transición es propicia para que bípedos de inflamada oratoria o analistas de pausada prosa, feliciten o critiquen al nuevo Presidente antes de tiempo, le aconsejen sobre lo que tiene que hacer y comenten sobre los aciertos y falencias de su discurso de toma de posesión, mientras los voceros de la ira de Dios, le reciben en sus respectivas catedrales, orando al unísono para que ese mismo Dios que expulsó a Adán y Eva por creer en la primera mentira, le ilumine los próximos cuatro años, antes que los guatemaltecos volvamos a sumergirnos en la amnesia obligatoria.

Con cada proceso de transición, los guatemaltecos ejercemos nuestro derecho al delirio sin ningún tipo de estimulantes, delirio que sin ser “tremens” nos lleva a imaginar que una Guatemala diferente es posible; en una Guatemala donde el Presidente da el ejemplo, donde la Patria se privilegia sobre los amigos y los vínculos peligrosos. En una Guatemala bien alimentada, no de promesas, sino de comida, en una Guatemala donde los niños de la calle estén en las escuelas, y los delincuentes de la calle estén en las cárceles compartiendo litera y hacinamiento con los ladrones del Gobierno. Una Guatemala más productiva y con más empleo. En una Guatemala, como diría Galeano, donde “la Justicia y la Libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda”. 

Sabemos del largo camino del Presidente al poder, sabemos de las circunstancias particulares que le permitieron ganar estas últimas elecciones presidenciales, sabemos de los compromisos que se adquieren en el camino, no necesitamos como “Alicia en el País de las Maravillas” atravesar un espejo, con solo analizar nombramientos, leer los retratos hablados del Congreso y las declaraciones oficiales, podemos inferir una confusa hoja de ruta.

Presidente, no le pedimos perfección, sabemos que la misma es un aburrido privilegio de aquellos aristócratas, que sin saber nada, creen que lo saben todo. Solo le pedimos, que, en esta Guatemala jodida y chambona, la transición deje de ser eterna.