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Domingo

Las razones de mi viejo


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Conversé con mi papá, no cumplía cincuenta años… yo en cambio –con casi sesenta– quería que me contara de sus sazones y encantos, de sus tristezas tan largas, de sus profundos silencios… de sus razones y espantos. Esa charla de maduros, pero aún con ilusiones, insurrectas emociones, con frustraciones variadas y achaques, de los que a veces, preferimos llevar solos, sin inquietar al inquieto, sin ser carga para nadie… ni importunar a los nietos.

Allí estaba mi papá, fuerte y más joven que yo; quieto, serio y relajado. Se sentía sorprendido de disfrutar de la charla de aquel su hijo menor, ciertamente –como fue él– por años muy retraído; el amante de lo verde, de la comida sabrosa, de la amistad –siempre escasa– y con rasgos de vejez… que, él no dejaba ver. Le conté de mis rodillas, de mi oído inexistente, de aquel zumbido inclemente que escucho, aunque no quiera. Le expliqué de mis cansancios, del agobio que arremete, avasalla y se entromete, de mi falta de vigor que a ratos –y aunque no quiera– supera a mi valor. Entre mis feas dolencias, también compartí con él, mil felices experiencias; mis muchas realizaciones, el regalo de mis hijos, las sonrisas de mis nietos, el gusto por los juguetes y mis mayores querencias. Una charla apasionante, con alguien a quien he extrañado y no había oído en lustros… una charla alucinante y por ratos intrigante. Lo noté conmocionado, con poco para decir, su hijo había aprendido, entre sus gustos, corajes, entre ansiedad y necedad… de su sencilla y sabia forma, de vivir y de sentir. Él me notó muy cambiado, yo no lo reconocía, nunca antes, lo vi así y su simpleza y cariño, me llenaba de alegría. 

Él me atendía callado, sus ojos estaban tristes… me escuchaba con paciencia, sin prisas –como era siempre– con ganas de disfrutar, de mi risa y compañía… y queriendo asimilar, mi falta de lozanía. Le pedí, por esta vez, fuésemos buenos amigos que habláramos con coraje, con franqueza y sin ambages. Él puso su blanca mano, sobre la mía y me dijo… “tú sabes cuánto te quiero… y has sido siempre un buen hijo”. Siento –repuse al instante– que quedé mucho a deberle, habría querido oírle, saber más lo que pensaba, habría querido hacer, más para aliviar su alma… y contar con el remedio para sus horas amargas. Y es que mi viejo a esa edad… ya había vivido todo: la lucha, la soledad, la tragedia y ansiedad, la decepción, el descaro, la culpa sin merecerla, la pérdida de un hijo y mil cosas lamentables que acompañaron su infancia de desazón y tragedia. 

La charla con mi papá, la he tenido en estos meses… pronto cumplirá veinte años de su grandiosa partida, y digo que fue grandiosa, pues murió –contra corriente– ignorando las presiones y basando su existencia… “tan solo” en sus convicciones. No dejó amargas heridas, ni deudas, ni compromisos, dejó al contrario grandezas, para quienes le conocieron, a quienes tendió la mano… y la añoranza de sus hijos. Me ha enseñado –aún sin estar– la verdad que implica dar; el sabor de la tristeza que no siempre es amargura, ni desconsuelo o pesar. 

Me mostró que la belleza, está –entre otras diez cosas– en mantener la entereza y que el gusto más excelso, es abstraer las vivencias, de la fútil apariencia, la insustancial existencia que promueve el consumismo, el impudor y arribismo… y nos aleja de pronto, de ser realmente “uno mismo”. La simpleza de la vida, el agradecer tener y el valorar perder; el disfrutar compartir y la gracia –del bien nacido– que es ser agradecido. He entendido que el silencio, es mejor que el aspaviento, he aprendido a reservarme mis consejos –solamente– para la gente decente; para quien quiera pedirlos, no desperdiciarlos más, no querer cambiar más vidas, no pretender castigarme con las vetustas heridas. 

Vivir –simple y llanamente– con calidad el presente… aún con sus sinsabores y aun cuando existan días que parezcan sin colores. Disfrutar y vivir siempre sometiendo al sufrimiento. Encontrarme con mi alma, registrar y sacar cosas que quedaron escondidas… del conocimiento fatuo debajo de las heridas; hallar entre las tristezas, tesoros inesperados que a alguien puedan servirle o me animen –cada día– a luchar con lo “imposible” que es solo lo irreversible. ¡Piénselo!

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