Sábado 22 DE Febrero DE 2020
Domingo

¿De qué están hecho las lágrimas?

Fecha de publicación: 08-12-19
Por: César A. García E.

De momentos “olvidados” que de pronto y sin quererlo, visitan nuestra memoria. De añoranzas o tristezas de otro tiempo… del pasado; de personas que ahora viven, lejos, en la trascendencia, pero que, a ratos acuden, invadiendo nuestra mente, para hacernos recordar; sobre vivencias fallidas, enseñanzas prodigiosas, semillas que no supimos, sembraron en nuestra historia; para hacernos revivir, lo estimable y lo prudente, lo perdido en el afán… lo valioso y trascendente. De gente que aún amamos y existe, pero ya ha muerto; de errores con consecuencias, de sinsabores diversos… de yerros y mil entuertos. 

Están hechas de dolores, perdones no recibidos, palabras no pronunciadas, reclamos no proferidos. Olvidos muy lamentables; de frases, gestos y acciones, legítimas, muy amables, que procrearon –de regreso– actitudes deplorables. De desamores, descuidos y de los tiempos perdidos… de rupturas parentales y daños emocionales. 

Las lágrimas son efecto de la protesta imperante de toda alma afligida que ha pasado reprimida, por años, vidas y décadas; ésta puede vivir dentro del que ha sido generoso, pero también del mezquino, del anodino y labioso… del fatuo, del indomable, del severo y riguroso. Igualmente forma parte, del “eternamente” fuerte que ha sabido “llevar todo”, hasta que al fin se percata de los ojos de la muerte. Sabe que lo estará esperando, la ha conocido de lejos, pero sin ser lamentable es –indiscutiblemente– la gran cita… insoslayable. 

Son química inexorable de los tiempos de ilusión, de sueños que se lograron, de cien anhelos frustrados, de candor y decepción; de experiencias constructivas, de las ofensas odiosas que en ocasiones sufrimos y otras veces “prodigamos” … a los seres más queridos. Las lágrimas son la esencia del amor y la paciencia, del sufrir por los que amamos, de repudiar la indolencia… del “te quiero” nunca oído, del “gracias” sin sentimiento, de la sola indiferencia y el dolor del aspaviento. 

Son el feliz resultado de la autorrealización, son el orgullo de padres al ver crecer a sus hijos, hacerse personas “grandes” … en principios y cobijos. Son también el hijo ausente, el papá que ya no está, son la cruel enfermedad y la inexorable muerte; nuestra propia humanidad, la cual nos es subrayada… por nuestra debilidad. 

Son de años que pesan tanto… siendo de pronto invencibles, siendo crueles observantes de nuestras inconsistencias, nuestra fútil apariencia, invaluables experiencias, de los andares, temores… y también de sinsabores. Las lágrimas son también, compañeras implacables que enseñan, forman, engañan, pero también finalmente evidencian lo invariable; la verdad que a veces duele la ansiedad que a ratos huele a impiedad, a hipocresía a pudor y también a hombría. 

La tristeza nos visita, sin ninguna invitación… abraza, besa, engatusa, pero a veces busca excusas y nos muestra su peor rostro, en medio de la traición. Más aciaga que el horror y tan fuerte e implacable que carece de candor, pero –infaltablemente– nos brinda sabiduría, nos revela la amistad… confrontándonos –sin dudas– con nuestra fragilidad. ¡Piénselo!