Martes 4 DE Agosto DE 2020
Domingo

China, el comunismo capitalista

Fecha de publicación: 08-12-19
Por: Jaime Barrios Carrillo

Se atribuye al político británico Henry John Temple, conocido como Lord Palmerston (1784-1865) la afirmación de que los Estados no tienen amigos sino intereses. Lo peculiar en la carrera política de Lord Palmerston fue su pragmatismo. Fue ministro de Relaciones Exteriores, primero por el partido conservador y luego por el rival partido liberal. 

Recientemente el presidente salvadoreño Nayib Bukele ha anunciado el apoyo financiero y tecnológico que la República Popular de China (comunista) dará a El Salvador. Esta profundización de la cooperación china se enmarca en la coyuntura de una disminución de la ayuda norteamericana, por decisión del presidente Trump de recortarla a los países del llamado Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador). Bukele ha hablado con optimismo de “donaciones” de la China, sin mencionar montos, lo que no ha dejado de preocupar a los mismos Estados Unidos. Recordemos que Bukele ya había conseguido con anterioridad la prolongación del llamado TPS para miles de salvadoreños que viven y laboran en Estados Unidos. ¿Qué ha conseguido Guatemala? Nada. 

La meta del gobierno de Jimmy Morales, apoyándose en el “Pacto de Corruptos”, fue de combatir a toda costa a la CICIG. Fue la prioridad número uno del gobierno durante cuatro años, es decir combatir el combate contra la corrupción. Para eso se necesitaba el apoyo del presidente Trump, lo que se logró con un costoso trabajo de cabildeo en Washington apelando a la “soberanía nacional”, trasladando la embajada de Guatemala a Jerusalén y aceptando las condiciones impuestas en el Tratado de Tercer País Seguro, aunque el gobierno de Trump en varios niveles haya arremetido contra los migrantes guatemaltecos, contra los niños migrantes que llegaron a enjaular y se hayan dado las razias de la migra que llevan a las dramáticas deportaciones. El anticomunismo ha sido la inspiración de la diplomacia guatemalteca, bajo el signo de la lucha contra la supuesta agenda del Foro de Sao Paulo y otras pamplinas.

Interesante, por otro lado, resulta la fidelidad a Taiwán de todos los gobiernos guatemaltecos. Los conocidos cheques de Taipéi, por ejemplo los que cobrara el expresidente Portillo y las consecuencias de los mismos en el plano legal para él. Ya Jimmy realizó su último viaje a Taiwán y teniendo en cuenta los antecedentes se podría especular que sí hubo cheques. Los gobiernos de Taiwán son conocidos por su manera de comprar voluntades o “amistades” y la corrupción ha alcanzado extremos como los del expresidente Ma Ying-jeou, que llegó al poder como una especie de “ni corrupto ni ladrón”, recibiendo el apodo de “El Limpio”, pero terminó acusado de corrupción en los tribunales. Ma Ying-jeou arrancó su campaña electoral acusando y luego denunciado como corrupto a su antecesor Chen Shui-bian (2000-2008) quien fue condenado a cadena perpetua junto a su esposa.

Un aditivo de la fidelidad guatemalteca con Taiwán es el anticomunismo de las elites económicas y políticas que desde 1954 siguen viendo marxistas hasta debajo de la alfombra. A diferencia con otras verdaderas burguesías latinoamericanas, que han más visto las oportunidades con la China comunista y no las limitaciones ideológicas impuestas por la extinguida Guerra Fría. En términos de la balanza comercial con Taiwán, esta ha sido desfavorable para Guatemala y Taiwán no constituye un gran rubro de exportaciones, a no ser el restringido beneficio de sectores cafetaleros y azucareros. 

No sorprende que un político pragmático como Bukele se haya avocado a ampliar y concertar la cooperación con China comunista. Ya anteriormente lo había hecho Costa Rica, que no solo obtuvo de los chinos todo un estadio de fútbol sin costo sino amplió sus mercados de exportación. Recalcamos que los ticos exportan a China comunista productos agrícolas no tradicionales como frutas, principalmente la piña dorada, y también carne bovina, carne de cerdo, cueros, langostinos y atún. Es de anotar que la pequeña y mediana empresa costarricense ha sido favorecida con la apertura del mercado chino. Costa Rica exportó 630 millones de dólares a la República Popular de China en 2018. 

Pero el ejemplo más notable por sus efectos en la economía del país es Chile. Las relaciones comerciales con China han contribuido en gran medida al crecimiento de la economía chilena. Chile se convirtió en el tercer país más importante en el continente en el comercio con China después de México y Brasil. El intercambio comercial entre los dos países ha superado ya los treinta mil millones de dólares. 

Chile, hasta hace pocas semanas tenido como el país modelo del neoliberalismo y en el que no había conflictos sociales como paradigma de desarrollo capitalista, tuvo en el comercio con China comunista una de las causales directas del crecimiento de su economía. Fue el gobierno de Salvador Allende el que inició las relaciones con China sin embargo, aparente paradoja, con el golpe de Estado dado por el general Augusto Pinochet las relaciones siguieron entre ambos países incólumes: calzaría aquí bien la advertencia de Lord Palmerston de que no hay amigos sino intereses.

Jair Bolsonaro durante su campaña electoral amenazó con limitar la influencia de China. “No vamos a permitir que compren a Brasil”. Incluso, y como candidato, realizó una visita de gran significado simbólico a Taiwán. Pero ahora Bolsonaro es un decidido amigo de China comunista. Bolsonaro ha cambiado radicalmente diciendo algo así como “que lo que conviene a Brasil conviene a China y viceversa”. De nuevo se podría acudir a Lord Palmerston y parafrasearlo con “no hay amigos sino hay socios para hacer negocios”.

Iván Duque, presidente conservador y anticomunista de Colombia, no dudó en viajar a China hace unos meses. Ofreció de todo, apertura de mercados, vuelos directos e inversiones.

De sobra es sabido las tensiones comerciales, que han llegado a niveles políticos, entre el gobierno de Trump y la China comunista. Ha sido una cuestión estricta de economía. De comercio y aduanas. Se trata de una guerra comercial. No de crítica a la falta de democracia en China y el irrespeto a los derechos humanos. El enfrentamiento de las dos potencias tienen en un hilo al resto del mundo, todo el orden económico mundial podría afectarse con gravedad. 

En 1959 China había visto el fracaso de la colectivización en el campo y los errores esenciales de una economía dogmáticamente planificada. Unido a lo anterior, una serie de catástrofes naturales que incluyeron sequías prolongadas y que llevaron a una hambruna que fuentes oficiales minimizan en 5 millones de muertos y sectores fuera del estado chino exageran en 30 millones de fallecidos. En todo caso un holocausto, producto de las políticas maoístas basadas en la llamada Revolución Cultural. 

A inicios de 1979, a instancias del líder máximo de China Deng Xiaoping dio comienzo una serie de reformas. Se desregularizó e incluso privatizó gran parte del sector público y se abrió el país a la inversión extranjera. Después de cuatro décadas, en lo social, China ha logrado rebajar significativamente los niveles de pobreza y hoy están lejos los días de la hambruna.

China le apostó a las exportaciones y al mercado mundial. Pero también a la especulación financiera, a la compra de acciones en las bolsas del mundo y a la misma adquisición de grandes empresas europeas. China ha sido de los mayores compradores de bonos del Estado norteamericano. 

Pero China no exporta marxismo. No existen ahí tampoco libertades sindicales ni libertad de prensa. Y se ha desarrollado un sistema de control de los ciudadanos que supera al Big Brother de George Orwell. Desde luego la democracia representativa y de partidos no existe. China tampoco muestra una genuina preocupación por la preservación de la ecología.

La semana pasada en Estocolmo el embajador de la China advirtió al gobierno sueco que China impondría obstáculos a las inversiones suecas. “No se puede gozar de los beneficios económicos de China y criticarla” fue la explicación. Todo se derivó del premio Tucholsky concedido por la filial PEN de Suecia al editor chino Gui Min-hai, encarcelado por su labor editorialista. Entre el pragmatismo y los principios democráticos, el ejemplo chino resulta espeluznante. ¿Tendría razón Lord Palmerston?