Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
Domingo

Migrante (fragmento)

Marcos Antil. Maya q’anjob’al, guatemalteco refugiado del conflicto armado que realizó desde muy niño todos los oficios ingratos que los migrantes hacen en Estados Unidos para sobrevivir. Su alta capacidad para los estudios tecnológicos y científicos, sin embargo, lo han convertido en un referente de emprendimiento y superación que, hoy en día, quiere volcar su talento y conocimiento en el desarrollo educativo de los sectores desfavorecidos en el país. Esta semana arranca una serie de presentaciones de su libro Migrante, en donde nos relata su trayectoria de vida, y del que adelantamos el capítulo inicial.

Fecha de publicación: 31-08-19
Por: Marcos Antil (Los Ángeles, California)

1990: El golpe de vapor fue tan rápido que me fue imposible verlo venir. En la mitad de un instante la nube caliente a presión estaba sobre mí y en la otra mitad ya se disipaba mientras yo me sujetaba el antebrazo adolorido. Seguramente grité, pero no recuerdo más ruido que el de un resoplido mecánico ardiente. Por milagro no me quemé la cara y el cuello, que logré apartar casi instintivamente, pero el ardor relampagueante de la quemadura, que me llegaba casi hasta el hombro, era espantoso, insoportable, penoso, pero dolían más las voces que resonaban en mis oídos.

Fue solo un pequeño pero desastroso descuido frente a la planchadora industrial en la fábrica de ropa donde, a fuerza de insistencia, había conseguido un summer job1. Aquel era el único trabajo al que podía aspirar un adolescente de 13 años, migrante, maya q’anjob’al, guatemalteco, cerca del Downtown2 de Los Ángeles, a 4 mil 500 kilómetros de mi aldea natal, Nancultac, municipio de Santa Eulalia, Huehuetenango, cuya tranquilidad añoraba al mirar aquellos interminables freeways con diez carriles de vehículos, cuyas apacibles lomas verdes imaginaba mientras vivíamos encerrados en pequeños cuartos de alquiler dentro de conjuntos de apartamentos habitados por otras familias migrantes de Guatemala y del resto de Centroamérica. Habíamos llegado a Estados Unidos para salvar la vida, huyendo de una guerra que segaba vidas indiscriminadamente en ciudades, pueblos, aldeas y caminos. En aquel traumático y obligado nuevo comienzo nos tocaba, como a tantos miles de indocumentados de Latinoamérica y otros continentes, buscar cualquier oportunidad de trabajo para poder pagar techo y comida. 

Mi plan original era que al llegar a Los Ángeles iba ir a trabajar en costura –como lo hacía el resto de mi familia. Para mi gran sorpresa, en Estados Unidos, es ilegal a que los niños trabajen. Mi mamá me dijo que debía estudiar. Cerca del edificio de apartamentos donde vivíamos quedaba la secundaria, por lo que lógicamente pensé que ahí iba ir a estudiar. En octubre había terminado el último grado de primaria en Guatemala, y en noviembre viajé para reunirme con mi familia, que ya se había establecido en un suburbio de Los Ángeles. Recién había cumplido 14 años el 4 de octubre, pero todavía no tenía la edad mínima para la secundaria estadounidense, que se guía más por ese factor que por la numeración de los grados. Así que debí pasar tres meses en la llamada Middle School. Después entré directamente a los cuatro años de High School3: un paso que no fue nada sencillo.

Para ingresar a la escuela se debía cumplir varios requisitos: exámenes médicos, vacunas y presentar cierta papelería. Esto último fue un poco difícil para un joven migrante indocumentado. Don Matías Felipe, el pastor de la iglesia “Cristo Pronto Viene” a la que asistían mis padres, les ayudó para dar referencias de la familia y les consiguió cartas de recomendación. 

Aquel gesto desinteresado fue el primer gran espaldarazo para integrarme al sistema escolar estadounidense. Pero que en aquel momento yo no lo veía así. Después de unos cuantos días, las ganas de estudiar se hicieron polvo: la escuela me resultaba una aburrida, sobrepoblada y absurda prisión. 

Era una tortura ir a clases. 

No tenía amigos. 

Era un idioma diferente. 

Estaba totalmente desubicado, perdido. Me sentía relegado. 

No quería estar allí. Deseaba ganar dólares, tal como lo contaban familiares de migrantes allá en el pueblo.

Ansiaba trabajar y cobrar un sueldo por hora, como lo hacían mis hermanos mayores, Andrés y Leonardo, junto con mi padre, Marcos Andrés. Ellos pasaban largas jornadas en las plantas de confección de ropa, coloquialmente conocidas como factorías, instaladas en barrios periféricos, para sostener a mi madre Lucía y mis hermanos, para pagar los “biles” –cuentas del gas, de la electricidad y para pagar deudas. La necesidad era tanta que hasta mi mamá tuvo que buscar un empleo en otra factoría.

En la marcha de protesta contra la ley 187, efectuada en 1994, en la calles del centro de Los Ángeles, California, junto Mr. Chávez, profesor encargado del Movimiento Estudiantil Latino, de Belmont High School.

Yo quería ganar dinero para comprarme ropa, zapatos tenis, gorras, un walkman y también para gastarlo en los arcades, aquellos locales alucinantes donde se concentraban decenas de maquinitas de videojuegos. Allí, el tiempo volaba: entrabas de día y salías de noche. Se podía pasar horas a bordo de una nave espacial, de un auto de carreras o brincando obstáculos digitales sobre pantallas de mundos irreales. 

Mi principal cómplice en aquellas incursiones era mi primo Marcos, a quien también le pusieron este nombre por la misma razón que a mí: porque de ambos abuelos, uno paterno y otro materno, había apellido Marcos. Por eso, para distinguirlo le llamábamos Maco. 

Fueron ratos divertidos e inolvidables en medio de sonidos de disparos, puntos devorados, balaceras inofensivas y personajes derretidos. Aquello era tan hipnotizante, por no decir adictivo, que una vez me gasté más de 40 dólares entre Mortal Kombat, motocicletas a toda velocidad y guerreros solitarios que morían una y otra vez, pero bastaba con meter otra cuora4 para continuar peleando contra inexplicables enemigos que se reían al “matarme”. Otra moneda, otra vida, y así hasta que se acabaran. 

Marcos Antil y su familia vivieron en esta casa cuando se trasladaron al centro urbano de Santa Eulalia, después de haber vivido varios años en la aldea Nancultac. (fotografiás > cortesía Marcos Andrés Antil)

Maco fue para mí como un hermano en aquella soledad de destierro. De pequeños, cuando estuvimos en Santa Eulalia, vivimos tardes divertidas, compartimos nuestras ilusiones, descontentos, búsquedas, sueños… y también en la adolescencia, en Los Ángeles. Cuando llegué a la edad de obtener permiso para manejar auto, fue él quien me enseñó a conducir. También aprendimos inglés juntos; nos inscribieron en clases que recibíamos por las tardes para agilizar nuestra integración al sistema educativo de Estados Unidos. 

Por eso lo lloré mucho cuando se nos adelantó. Un cáncer se lo llevó cuando apenas tenía 26 años. Nunca olvidaré su sonrisa mientras corríamos de vuelta a las maquinitas hipnóticas, a escondidas de nuestros padres. Sabíamos que el regaño era seguro, que nos jalarían las orejas, pero no importaba…

–¡Estudiá! –me repetían mi papá, mi mamá, mis hermanos y mis tíos, pero yo no quería. Odiaba las clases porque todas las materias se enseñaban en inglés y, aunque la mayoría de los alumnos eran latinos, yo no entendía absolutamente nada. 

La única asignatura que me gustaba era matemática porque los números y sus operaciones aritméticas, algebraicas o geométricas resultaban una especie de lenguaje universal, aunque no las veía como algo que fuera a ser realmente útil para mi vida futura, excepto para contar el dinero que ansiaba ganar. 

–¡Yo quiero trabajar! –le decía a mi familia–. ¡Consíganme un trabajo en la factoría!–. Pero debido a mi edad y a las leyes laborales de Estados Unidos, no podían darme un empleo fijo. Había que esperar las vacaciones escolares del verano, que van de junio a agosto, lo cual francamente se hizo interminable.

Por fin, un día mi papá, que muy probablemente sabía lo que iba a ocurrir, me dijo: 

–Está bien, ya arreglamos todo para que tengas un empleo de verano. 

En la fábrica donde ellos trabajaban no había plazas vacantes, pero el tío Palín5 me consiguió una en la fábrica, donde él trabajaba. 

No podía entrar a las labores mejor pagadas, como cortar telas o coser piezas de pantalones y camisas, pues, debido al tamaño de la maquinaria, las labores resultaban demasiado pesadas y minuciosas para un adolescente como yo, aunque para entonces ya me creía todo un hombre. 

Tuve que elegir entre trimear –recortar los hilos y trozos de tela sobrantes– o planchar las prendas terminadas. Escogí operar la planchadora a vapor porque la tarea se limitaba a colocar las piezas terminadas sobre una base, bajar la prensa y soltar sobre ellas el calor: un resoplido hirviente que las dejaba listas para el empaque. 

Aquello era pan comido para un muchacho tan listo como yo. Además, lo pagaban mejor en comparación con trimear. 

Mentalmente hacía los cálculos de lo que ganaría en 2, 4, 8 horas; en 2, 4, 8, 16 y más días. ¡Qué fácil! y sin tener que repasar las odiosas lecciones, escuchar al aburrido profesor o entregar tareas.

Creo que mi mamá se asustó cuando supo que mi padre decidió dejarme tomar el empleo, y si acaso estaba enterada del plan, lo disimuló muy bien.

Yo había acompañado en algunas ocasiones a mi papá y hermanos a ver lo que hacían en la fábrica, así que tenía totalmente dominado, en mi mente, el uso de la plancha. 

Los coreanos, dueños de las plantas, eran bastante exigentes, y muy gritones, sobre el rendimiento del tiempo: time is money6. También vigilaban mucho la calidad de las piezas, pero nada de eso sería problema para mí. Sobre todo, porque en el último año que viví en mi pueblo, en la escuela parroquial de Santa Eulalia, impartieron talleres de varias ocupaciones y yo había tomado la clase de sastrería, así que me sentía con el conocimiento suficiente para hacer cortes de tela y también usar máquinas de coser. Claro, las del pueblo eran de pedal, mientras que en aquella fábrica eran eléctricas y muy veloces.

Nadie me gana en esto, pensé. Colocaba el pantalón, presionaba el pedal, venía el soplido caliente, listo y a repetir el proceso del otro lado de la prenda. Una manga, la otra, al revés y de nuevo. El siguiente pantalón o una camisa. Da lo mismo. ¡Qué sencilla manera de ganar dinero!, pensé. El primer mes pasó volando. Los dólares me deslumbraron.

No sé en qué estaba soñando. Quizá estaba haciendo la cuenta de los días que faltaban para regresar a la escuela. ¡Ya falta poco y no quiero ir a clases! me repetía a mí mismo cuando algo me devolvió a la realidad: un chorro de vapor que se me vino encima. ¡Ay, Dios mío! 

¿Qué hice? ¿Qué pasó? ¿Levanté antes el pedal? 

Por puro reflejo alejé la cara, pero el accidente ocurrió en fracción de segundo. En un instante mil abejas me picaban en todo el brazo. Lo tenía enrojecido. El dolor hasta el cuello y cerca de la oreja era espantoso. 

El patrón coreano, habituado a la exactitud sin demora ni excusas, empezó a gritar. No entendía su idioma, pero me quedaba muy claro su enfado y según la dirección en que apuntaba su dedo deduje que no quería problemas y ordenaba que me largara. El tío Palín intentó explicarle, pero finalmente me avisó que no podía seguir trabajando allí, primero por la quemadura y segundo, porque su jefe le dijo que yo estaba despedido.

El regreso a casa fue un suplicio. Lloré todo el camino a causa del dolor en el brazo, pero más por el golpe en el amor propio. La caminata, el trayecto en autobús y el otro tramo a pie por aquellas largas cuadras angelinas debió servir para que se calmara el sufrimiento, pero eso no ocurrió. 

Lo único que me daba aliento era pensar que mi familia me llenaría de cariño y palabras de consuelo. Esperaba los abrazos de mi mamá, como una reminiscencia de aquellos días cuando con frecuencia me enfermaba y hasta me cargaba como un bebé a pesar de que ya tenía unos 5 años. Asumí que por ser un muchacho obrero y por haberme quemado accidentalmente, mis papás y hermanos sentirían lástima de mí.

Frente a la casa de la familia Antil en Santa Eulalia. De izquierda a derecha: Leonardo, Mamá Lucín Cuxín, cargando a Juanita. Al frente, Antonio, con la pelota, María y Eulalia. Atrás, Marcos Antil, con gorra.

¡Qué sí no! Nadie me consoló. 

Uno tras otro, se limitaron a decirme que si seguía con mi terquedad de trabajar en lugar de estudiar, aquel tipo de lesiones y dolores era lo que me esperaba: 

–¡Esa quemadita no es nada, ocurren cosas mucho peores en las fábricas! ¡Así que te aguantás y dejás de chillar! ¡Nadie te está pidiendo trabajes! 

–Eso te pasa por desobediente.

–Ojalá así aprendas a seguir los consejos. 

–¡Te lo dije!

Estoy convencido de que a mi mamá se le partía el corazón al verme así y sentía ganas de consolarme, pero no lo hizo. Nadie lo hizo. 

A los pocos días se reventaron las enormes ampollas que se formaron en el brazo y el dolor empeoró. No podían vendarme porque la gasa se me pegaba a la herida. Me aplicaban crema, pero era como si me echaran sal. 

–¡Pero si solo fue un instante de vapor y cómo me quedó lastimado todo el brazo! –exclamaba yo, con lágrimas. 

No había postura cómoda posible para dormir. En un descuido me rozaba dolorosamente la sábana. Fueron insomnios que me encerraban en un laberinto de enojo conmigo mismo. 

Lentamente, en el silencio de la madrugada, aquel accidente me ayudó a descubrir otro rumbo para mi vida; a escuchar de una forma nunca antes experimentada las voces de mis padres.

Mi rebeldía absurda me llevó a darme cuenta de las consecuencias.

Me lo dijeron tantas veces: 

–¡La fábrica de ropa es muy dura, mejor estudiá para lograr un empleo con mejor paga y sin tanto riesgo!

 –¡Estudiá y podrás ganar un mejor sueldo por hora sin matarte tanto! 

–¡Esforzate por estudiar; nosotros te apoyaremos para que tengas un mejor futuro! 

Hasta en sueños escuchaba el eco de la voz de mis padres diciéndome lo mismo en una llanura del pueblo, en un edificio altísimo o en alguna calle desconocida que se movía extrañamente.

No sé por qué durante tantos meses creí que aquellos consejos eran mentiras, que querían manejar mi vida, que yo era libre y podía decidir correctamente sobre mi propio porvenir. De hecho, esto último era posible, pero no tenía todos los elementos de juicio y por tanto no estaba preparado para tomar la decisión correcta. Típico adolescente.

Los días restantes de las vacaciones no fueron nada placenteros, pero me sirvieron para pensar que las tareas complicadas de la escuela, las prolongadas explicaciones de los maestros, unas cuantas horas en un aula no eran prácticamente nada en comparación con la extenuante labor de una fábrica de ropa, y quienes laboraban allí lo hacían por una imperiosa necesidad. 

Creo que no estaba respetando la valentía de tantas personas que permanecían en ese trabajo, por años y años, a falta de otro tipo de oportunidades. 

–¡Mejor voy a estudiar! –les anuncié a mis padres y a mis hermanos mayores–. ¡Prometo que me esforzaré para ganar los grados, pero que se me quite ya el dolor de esta quemadura! 

Mamá y papá solo sonrieron.

Tan pronto comenzaron las clases, regresé a la secundaria prácticamente convertido en alguien más. Quería aprender a cambiar mi mundo, a encontrar otro horizonte mejor para mi existencia y la de mi familia, quería respuestas frescas, amplias, profundas, pero, sobre todo, quería hacer nuevas preguntas para resolver nuevos problemas. 

De alguna manera aquel accidente que me quemó la piel del brazo también incineró mis ideas infundadas, infantiles y caprichosas. 

En la vida no hay atajos. 

De los errores hay que aprender.

En unas cuantas semanas la lesión cicatrizó y me creció nueva piel, pero esa experiencia me marcó y me sigue dando la oportunidad de convertirme en una nueva persona con el paso de los años.

Yo soy Marcos Andrés Antil, empresario de mercadeo digital, fundador de la compañía XumaK en Estados Unidos que ha tenido oficinas en Los Ángeles, Miami, Colombia y también en Guatemala, con clientes en más de 26 países, entre los cuales se encuentran empresas del Fortune 500. 

Soy hijo de Marcos Andrés, nieto de Marcos Andrés y bisnieto de Marcos Andrés, el cuarto de nueve hermanos, nacido en una familia de la etnia maya q’anjob’al. A los 5 años me salvé de morir a la mitad de la niebla gracias a que mi mamá, Lucín Cuxin, en una situación de extrema carencia, no dudó en vender su ropa para poder pagarle a la curandera que me salvó la vida. 

Soy el que a los 14 años, cruzó indocumentado la frontera sin la compañía de un familiar, como tantos miles de menores lo hicieron en aquel entonces por la guerra y hoy lo siguen intentando para huir de la pobreza, el hambre y la violencia criminal. Soy el que al estudiar en la High School de Los Ángeles California deseaba llegar a ser abogado o médico y a quien le apasionaba estudiar las ciencias políticas, pero por no tener entonces recursos económicos ni un estatus migratorio formal, prácticamente se le vedó el acceso a la mayoría de las universidades; soy el que, al laborar como simple ayudante de jardinero en los fines de semana, encontró un inesperado link7 hacia la industria tecnológica. 

Esta es mi historia.


1. Empleo de verano durante las vacaciones de la escuela. 2. Centro urbano. 3. Una especie de diversificado estadounidense que tenía una duración de cuatro años. 4. Pronunciación coloquial en inglés de “quarter”, la moneda de 25 centavos de dólar estadounidense. 5. Bernabé, en q’anjob’al 6. El tiempo es dinero, frase atribuida a Benjamín Franklin, prócer estadounidense (1706-1791), incluida en el libro Consejos para un joven comerciante, de 1748. 7. Vínculo o conexión

MIGRANTE


Presentaciones del libro Migrante de Marcos Antil:
> Viernes 6 de septiembre. Santa Eulalia, Huehuetenango. Escuela Oficial Urbana Mixta Mario Méndez Montenegro. 9:00 hrs.
> Lunes 9 de septiembre. Huehuetenango, ciudad. Teatro Municipal José Ernesto Monzón (Parque Central). 17:00 hrs.
> Miércoles 18 de septiembre. Ciudad de Guatemala. Teatro Lux (6a. avenida 11-02, zona 1). 18:50 hrs.