Lunes 11 DE Noviembre DE 2019
Domingo

La crisis de la democracia angloestadounidense

Fecha de publicación: 11-08-19
Por: Jeffrey D. Sachs / economía y justicia

NUEVA YORK – ¿Cómo fue que las dos democracias más venerables e influyentes del mundo (el Reino Unido y Estados Unidos) terminaron con Donald Trump y Boris Johnson al mando? No se equivoca Trump al decir que Johnson es el “Trump del RU” (sic). Y no es meramente cuestión de personalidades o estilos similares: también es un reflejo de defectos patentes en las instituciones políticas que permitieron a esos hombres llegar al poder.

Trump y Johnson son ejemplos de lo que el físico y psicólogo irlandés Ian Hughes llama “mentes desordenadas”. Trump es un mentiroso, promotor del racismo y evasor de impuestos a gran escala. El informe del fiscal especial de los Estados Unidos Robert Mueller sobre sus 22 meses de investigación de la campaña presidencial de 2016 describe reiterados casos de obstrucción de la justicia por parte de Trump. Acusado por más de 20 mujeres de depredación sexual, una conducta de la que alardeó en una conversación que quedó grabada, instruyó a su abogado para que hiciera pagos ilegales a cambio de silencio, lo que constituye una infracción a la legislación sobre financiación de campañas.

La conducta personal de Johnson es igualmente incontinente. Tiene amplia fama de mentiroso y de llevar una vida desordenada, que incluye dos matrimonios fallidos y un aparente altercado doméstico en vísperas de convertirse en primer ministro. Perdió varios empleos por mentiras y otras conductas vergonzosas. En 2016 llevó adelante la campaña por el brexit sobre la base de afirmaciones que resultaron falsas. Como secretario de Asuntos Exteriores del RU, filtró en dos ocasiones datos de inteligencia secretos (en un caso, información de Francia sobre Libia y en el otro información del RU sobre Irán). Como Trump, tiene altos índices de desaprobación en todas las franjas etarias, y sus índices de aprobación aumentan con la edad del encuestado.

El historial de Trump en el gobierno plantea otro enigma político. Sus políticas son en general impopulares, y rara vez reflejan una mayoría de la opinión pública. Su victoria legislativa más importante (la rebaja impositiva de 2017) fue impopular en aquel momento y todavía lo es. Lo mismo puede decirse de sus posturas en relación con el cambio climático, la inmigración, la construcción de un muro en la frontera con México, el recorte de gastos sociales, la eliminación de componentes fundamentales del Obamacare, la retirada del pacto nuclear con Irán y muchos otros temas. El índice de aprobación de Trump nunca pasa de 50 por ciento, y en la actualidad se sitúa en cerca del 43 por ciento, con 53 por ciento de desaprobación.

Trump lleva adelante su impopular agenda mediante decretos de emergencia y órdenes ejecutivas. Si bien los tribunales anularon muchos decretos, el proceso judicial es lento, sinuoso e impredecible. En la práctica, Estados Unidos está tan cerca del gobierno unipersonal como pueda imaginarse dentro de los precarios límites de su Constitución.

Es posible que el caso de Johnson sea similar. La opinión pública le dio la espalda al brexit (el caballo de batalla de Johnson) después de que las negociaciones con la Unión Europea dejaron a la vista las mentiras y exageraciones de la campaña por la salida del bloque antes del referendo de 2016. Pese a que la opinión pública y una mayoría de los parlamentarios se oponen firmemente a un brexit sin acuerdo, Johnson prometió ese resultado si no consigue negociar una alternativa.

Hay una respuesta obvia a la pregunta de cómo dos democracias venerables instalaron mentes desordenadas en el poder y les permitieron aplicar políticas impopulares. Pero también hay una más profunda.

La respuesta obvia es que Trump y Johnson obtuvieron el apoyo de votantes más viejos, que en décadas recientes se sintieron marginados. Trump atrae especialmente a varones conservadores blancos de más edad desplazados por el comercio internacional y la tecnología (y en opinión de algunos, por los movimientos estadounidenses a favor de los derechos civiles, femeninos y sexuales). Johnson atrae a votantes de más edad que fueron muy afectados por la desindustrialización y a los que añoran los tiempos gloriosos en los que el RU era una potencia global.

Pero esta explicación es insuficiente. El ascenso de Trump y de Johnson también refleja una falla política más profunda. Los partidos que se les opusieron, el Demócrata y el Laborista respectivamente, desatendieron las necesidades de los trabajadores desplazados por la globalización, que entonces migraron a la derecha. Pero Trump y Johnson promueven políticas (rebajas de impuestos para los ricos en Estados Unidos, un brexit sin acuerdo en el RU) contrarias a los intereses de sus bases electorales.

El defecto político común a ambos países está en la mecánica de la representación política, sobre todo sus sistemas de votación uninominales. La elección de representantes por mayoría simple en distritos uninominales fomentó en Estados Unidos y en el RU el surgimiento de dos partidos dominantes, en vez de la multiplicidad de partidos elegidos en los sistemas de representación proporcional de Europa occidental. El sistema bipartidista, conducente a una política en la que el ganador se lleva todo, no representa los intereses de los votantes tan bien como los gobiernos de coalición, que deben negociar y formular políticas que sean aceptables para dos o más partidos.

Veamos el caso de Estados Unidos. Trump domina el Partido Republicano, pero solo el 29 por ciento de los estadounidenses se identifican como republicanos, mientras que 27 por ciento se identifican como demócratas y 38 por ciento como independientes que no se sienten cómodos con ninguno de los dos partidos pero no tienen una alternativa que los represente. Tras obtener poder dentro del Partido Republicano, Trump consiguió por escaso margen la presidencia, con menos votos que su rival Hillary Clinton pero con más delegados en el Colegio Electoral. En 2016 solo votó el 56 por ciento de los estadounidenses con derecho a votar (resultado en parte de los esfuerzos deliberados de los republicanos para dificultar el voto); es decir que Trump recibió el apoyo de apenas el 27 por ciento de los votantes habilitados.

Trump controla un partido que representa a menos de un tercio del electorado, y gobierna en general por decreto. En el caso de Johnson, menos de 100 mil afiliados conservadores lo eligieron como líder del partido, lo que lo convirtió en primer ministro, pese a que su índice de aprobación apenas llega al 31 por ciento (contra un 47 por ciento que lo desaprueba).

Los politólogos predicen que un sistema bipartidista representará al “votante medio”, porque cada partido se correrá hacia el centro para conseguir la mitad de los votos más uno. Pero en la práctica, los cálculos de los partidos estadounidenses durante las últimas décadas estuvieron dominados por la financiación de las campañas, así que los partidos y los candidatos gravitaron hacia la derecha para congraciarse con los donantes ricos. (El senador Bernie Sanders está tratando de quebrar el dominio de las grandes fortunas recaudando grandes sumas de pequeños donantes).

En el RU, ninguno de los dos partidos principales representa a la mayoría que se opone al brexit. Pero aun así, es posible que el sistema político británico permita a una facción de un único partido tomar por el país decisiones históricas y duraderas a las que la mayoría de los votantes se opone. Peor aún, la política uninominal ha permitido a dos personalidades peligrosas obtener el poder nacional a pesar de una amplia oposición pública.

Ningún sistema político puede traducir perfectamente la voluntad general en políticas públicas, y a menudo la voluntad general está confundida, desinformada o influida por pasiones peligrosas. El diseño de las instituciones políticas es un desafío que evoluciona todo el tiempo. Pero hoy, debido a sus anticuados sistemas uninominales, las dos democracias más antiguas y veneradas del mundo están funcionando mal, y peligrosamente mal.

 

Traducción: Esteban Flamini

 

© Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Objetivos de Desarrollo del Milenio. 

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