Lunes 19 DE Agosto DE 2019
Domingo

Los expulsados del sueño

Muchos de los deportados que ingresan al país cada día desde Estados Unidos traen consigo una valija de frustraciones, aunque otros no pierden la esperanza. Estas son algunas de sus historias.

Fecha de publicación: 04-08-19
La familia de Juan Carlos preparó un cariñoso cartel de bienvenida, después de años de no verlo. (fotos: Alex Cruz)
Por: Ana Lucía González

Bajo el sol ardiente de la tarde y tras una larga espera de sus familiares, se abre por fin la puerta trasera de la Fuerza Aérea Guatemalteca (FAG). Decenas de deportados salen por el estrecho portón, en uno de los ocho vuelos que ingresaron esta semana desde Houston, Estados Unidos. Varios de ellos se cubren el rostro con el único equipaje que llevan consigo, una bolsa de malla plástica con papeles y sus pocas pertenencias. 

En cuestión de minutos, hay abrazos y reencuentros de hijos, padres y hermanos después de muchos años de no verse. También hay miradas desorientadas y solitarias, que esperan indicaciones de cómo tomar un bus que los lleve de vuelta a casa. Son parte de los contrastes que se observan cada día en las afueras del antiguo aeropuerto, que se ha convertido en un espacio improvisado para muchas familias que vienen desde distintos puntos del país a recibir a sus seres queridos. 

Para algunos, son reencuentros con un sabor amargo. Atrás quedaron años de trabajo productivo, mejores ingresos, e incluso familia. La mayoría piensa en comenzar de nuevo su vida en Guatemala. Otros aún consideran intentar el viaje hacia el Norte una vez más. 

Cada uno de ellos engrosa las estadísticas de retornados por vía aérea de esta semana, donde ingresaron un promedio de 100 a 150 personas en cada avión. Desde enero hasta el 29 de julio de este año, han entrado un total de 33 mil 174 guatemaltecos expulsados. De estos, el 88.6 por ciento fueron hombres, 10.5 por ciento mujeres y 0.9 por ciento menores de edad, según cifras del Instituto Guatemalteco de Migración (IGM). 

Esta cantidad de deportados rebasa los datos, en ese mismo periodo, de años anteriores. En el 2017, fueron 16 mil 273 deportados; y en el 2018, fue de 30 mil 138. Es el resultado de las estrictas políticas migratorias del presidente estadounidense Donald Trump que cada vez se endurecen más, ante un escenario electoral donde detener el arribo de más migrantes procedentes del Triángulo Norte se ha convertido en uno de los bastiones de su campaña para aspirar a la reelección. 

El fin de los buenos tiempos

A los 44 años, Mardoqueo Sequén tiene el rostro tostado por el sol. Durante seis años trabajó en Miami como constructor. Mientras espera si vino a recogerlo algún familiar, cuenta que lo detuvieron por conducir sin licencia. “Estuve cuatro meses encerrado, me trataron bien, lo único es que no nos dieron suficiente agua”, dice. 

Sequén es originario de Palencia, donde dejó a su esposa e hijos. Consideraría regresar al país del norte, solo con visa de trabajo, pues ahora valora su tranquilidad, que vivir bajo la amenaza de que las autoridades lo puedan detener en cualquier momento. 

Algunos no tienen gente que los espere. Queda entonces ubicar el bus o taxi que los lleve a su destino o localizar a alguien desde un teléfono público.

Como todos los jóvenes, Carlos* de 25 años, se aventuró en busca del sueño americano, donde no le fue del todo mal. Durante dos años, laboró en la fábrica de la marca Adidas, en Texas, donde se especializó en los bordados. Lograba enviar a su familia en Quetzaltenango de US$1,000 a US$1,500 mensuales. Eso le permitió terminar de construir la terraza de su casa y construir una segunda vivienda. 

Pero los buenos tiempos se terminaron. El simple hecho de caminar en las calles de Humble, Texas, y su fisonomía, fueron motivo suficiente para que las autoridades lo detuvieran, a pesar de que vivía a solo cuatro cuadras de la fábrica. Estuvo tres meses y medio en prisión y se quejó especialmente de las comidas. “Todos los días nos daban puré, arroz y gelatina. Carne solo en algunos centros, un domingo o dos al mes”, relata. 

Amedrentado

José* ingresó a Guatemala con pants y sudadero blancos. Estuvo ocho meses en prisión y piensa que es suficiente para no intentar cruzar de nuevo el muro estadounidense. Llegó de 17 años a la Florida, donde vivió durante 16 años, periodo en el que fue deportado dos veces. 

Como la mayoría de guatemaltecos, trabajó en la construcción, donde ganaba de US$120 a US$150 diarios. También hizo labores de limpieza en restaurantes y cortando flor de tabaco. “Es duro, pero vale la pena”, dice. 

Algunos prefieren cubrirse el rostro al salir del portón trasero de la Fuerza Aérea con la única bolsa que llevan consigo como equipaje.

Es consciente que un tercer intento para atravesar la frontera, pasaría el doble de tiempo detenido. “Ya no puedo hacer nada. Claro que es mejor vivir en los Estados Unidos, hay más oportunidades, ganaba bien, pero ya no quiero regresar. Aprendí inglés y pienso luchar aquí. Dejé familia, pero agradezco que puedan venir a visitarme”, expresó. Ahora, a sus 35 años, sus planes son quedarse en la capital, estudiar y trabajar. “Sé que se puede en este país”, afirmó.

Marvin Martín, de 23 años, también piensa que el retorno es positivo. Después de ocho años de vivir en Tennessee, se siente contento de volver a encontrarse con su familia, que viene desde Malacatán, San Marcos. Sabe que es un momento duro, pero agradece venir bien, con vida. “La migración nunca se va acabar. Siempre vamos a seguir adelante. Hoy estamos aquí, mañana no sabemos”, sentencia. 

Corto tiempo

Muchos de los deportados son jóvenes que vivieron una experiencia corta, pero a la vez traumática. Randy Arana es uno de ellos. Tiene 23 años y es oriundo de Poptún, Petén. En su segundo intento fue expulsado a los ocho días de Memphis, Tennessee. Asegura que llegar hasta su destino esta vez fue más difícil, además de contar que ha sido el peor trato que ha recibido en esta ocasión. Duda si volvería a hacer el intento, pero luego considera que es probable, por su familia. 

Por su parte, Henry* pasó cinco meses detenido. Los últimos siete días antes de su regreso cuenta que sufrió por la comida, por dormir en el suelo y por no tener la posibilidad de bañarse. Relata que en el centro de detención perdió la noción del tiempo, solo tenía una manta plateada para protegerse del congelador en que se mantenían en el lugar. “He aprendido a valorar lo que tengo”, afirma, aunque no oculta su decepción por no lograr sus objetivos. 

Juan Juárez es un ejemplo de jóvenes que salieron del país para huir de la violencia. Tenía 16 años cuando se vio amenazado por miembros de la pandilla MS. Del 2006 al 2011 se dedicó a trabajar en la construcción en Nueva York. 

Hizo un segundo intento de cruzar la frontera pero fue aprehendido en el desierto. Estuvo ocho meses detenido hasta su regreso. “La comida no sirve, uno tiene que tener familiares para que te envíen dinero y puedas encargar otra cosa”, dice. Solo espera que ahora la calma haya regresado a su natal San Juan Sacatepéquez. 

Heidy* está sola y se arrincona en el muro externo de la Fuerza Aérea. Es de las pocas mujeres que viene de vuelta y espera con ansias que algún familiar llegue por ella. Tiembla a pesar del calor de 27°C y evade hablar. Viene de la zona 18 y se fue a los Estados Unidos, porque se cansó de no encontrar trabajo. Refiere que la agarraron cuando cruzaba el río. Entonces la detuvieron durante 13 días. Pasó penas con su higiene personal, pero lo que más la asustó fue cuando la esposaron de pies y manos. 

En las afueras del antiguo aeropuerto, los familiares buscan refugio en la sombra, en medio del intenso calor y las largas horas de espera.

Apuesta por los niños

Después de 18 años de trabajar en Houston, Texas; Celso Chavaloc no puede quejarse. A los 12 años salió de Totonicapán con la idea de “buscar algo que no está en nuestro país”. Logró estudiar y superarse hasta llegar a ser gerente de un restaurante en Houston, Texas. 

En todo este tiempo no puso un pie en Guatemala, tampoco se casó porque “no quería dejar a alguien allá con el corazón roto”. El capítulo final de su vida en EE. UU. fue cuando lo detuvieron por conducir automóvil bajo efectos de licor. 

“La migración nunca se va acabar. Siempre vamos a seguir adelante. Hoy estamos aquí, mañana no sabemos”.
Marvin Martín, Malacatán, San Marcos.

“Creo que aprendí lo suficiente para empezar algo y ayudar a la comunidad guatemalteca. En especial, a darles una educación a los niños. Enseñarles otro idioma como inglés y español, para que pueden valerse por sí mismos y no tener que migrar a otro país”.
Celso Chavaloc, Totonicapán.

Chavaloc no piensa regresar. En su lugar, considera que ahora es momento de aprovechar lo que ofrece el país y devolver sus experiencias a la comunidad. “Aprendí lo suficiente para empezar algo y ayudar, en especial a los niños, enseñarles inglés, español, para que puedan valerse por sí mismos y no tener que migrar a otro país. Esto nos pasa porque no sabemos nada”, sostiene.

*Nombres ficticios.