Viernes 23 DE Agosto DE 2019
Domingo

Los “sin derechos”

Fecha de publicación: 21-07-19
Por: César A. García E.

Guatemala se asoma al averno y lo hace –tristemente– llevada hasta allí, por la indiferencia o permisión de los “sin derechos”. Ha quedado muy en claro que, si partimos de su acceso a seguridad y justicia, existen claramente tres categorías de ciudadanos. La primera, los “electos” y mantenidos por el resto de la población. Éstos tienen aparatosos séquitos de seguridad y caprichosas dietas, lo cual los ubica como el único grupo con seguridad garantizada y provisto de todas las garantías constitucionales posibles. Malbaratan el erario, abusan, otorgan plazas fantasma a amiguetes, amantes y parientes; reciben comisiones y se enriquecen de forma expedita… pero –cuando son sorprendidos– gozan de inmunidad y se protegen mutuamente, desde los distintos poderes del Estado, para salir impunes de todas sus fechorías “la vergüenza pasa y el pisto queda en casa”. El segundo grupo, son sus verdaderos patrones; quienes los llevaron al poder, los legendarios traficantes de influencias y titiriteros. Ambos grupos, al final, viven a expensas del trágico grupo mayoritario, conformado por: contribuyentes, estudiantes, niños, emprendedores sin privilegios; en fin, la gente decente a la que le queda “quejarse” por no tener los arrestos necesarios, para cambiar el sistema… los “sin derechos”. Son los mismos que tuvieron que ajustar para la calcomanía de su vehículo, los que pagan medicinas cada día más caras ¿Se ha percatado cuánto ha subido la medicina? El grupo olvidado para quienes no funcionan las instituciones, pero –con su trabajo– las mantienen. El esquema, es lo más parecido a una repugnante monarquía antigua, en la cual los “nobles” y cortesanos vivieron felizmente e impunemente, por siglos, a expensas de un dócil pueblo. 

Ejemplos hay muchos, de los “sin derechos”. Engrosan los obituarios de gente asesinada impunemente, empresarios cerrando sus negocios, por extorsión o la inviabilidad económica, niños cuya inocencia es arrebatada, ancianos sin acceso a salud o miles de personas que se trasladan en transporte público con el terror –diario– del asedio criminal. Cuento dos historias de horror que me constan y ocurrieron en estos días: 

Caso 1: Don Inocente; zapatero de profesión, ejemplar hombre de fe, a quien conocí desde hace más de 30 años y llegué a respetar y querer muchísimo; trabajador incansable a sus setenta años, sustento para sus hijas, nietos y esposa, quienes viven en una casita austera de El Mezquital. Un terrible martes, fue asesinado, cuando iba camino a su estudio bíblico, en su motoneta que quedó junto a su cadáver, con varias heridas de bala en su pecho. Su familiares y gente que lo quería observaron aquel cuadro de horror que nunca olvidarán… se perdió una vida digna, útil, valiosa y ejemplar. Es triste y devastador saber que sus ejecutores –basura, cobarde y torcida– quedarán impunes, mientras su familia deberá –muy probablemente– buscar a donde irse, porque eventualmente los acorralarán sus asesinos.

Caso 2: La pequeña Dafne, fue arrollada, al salir de la escuela, por una mujer que se movilizaba en moto, sobre una banqueta (la matrícula a disposición de la Policía desde ese día). Las laceraciones y fractura en su pierna fueron importantes; esto ocurrió antes de finalizar mayo y la pequeña fue llevada, por sus padres, de escasos recursos, al hospital de Escuintla. Allí le pusieron un canal en su piernita fracturada, “mientras cicatrizaban los raspones”. Los padres la cuidaron, recurrieron a ayuda de terceros para sus curaciones… el hospital no tenía nada. Pasadas tres semanas, llegaron a su cita puntualmente y les atendieron de mala gana, sin enyesar a la pequeña de siete años. La mandaron de vuelta a su casa, con el mismo canal otro mes, sin duda esperando que la lesión sanara, lo cual ocurrirá, por la edad de la niña, pero fue un crimen someterla a la cama por dos meses y no ocuparse siquiera de alinear la fractura.

Ninguno de los dos casos relatados tiene “derechos humanos”; pero los médicos irresponsables, la motorista impune, o los asesinos inclementes… ¡sí que gozarán de la protección del Estado!, en el improbable caso que alguien decidiera perseguirlos o encarcelarlos ¿Verdad PDH?

A pesar de que –somos la mayoría– los “sin derechos”, la vorágine mundial y mediática, distrae la atención y nos plantea ahora, reconocer –únicamente– derechos a favor de la gente que se autodenomina “excluida”. Los grupos LGTBI, han ganado protagonismo y promueven la “tolerancia”. Un día le pregunté a una persona que promovía una de las marchas fuera de nuestro país ¿Por qué pertenecer a ese grupo era motivo de “orgullo”? Mi cuestionamiento, no tenía dobles intenciones… simplemente me ha parecido que estar orgulloso –en el sentido estricto de la palabra– deriva de sentirse satisfecho por logros, faenas realizadas, haber dejado huella, trascender, ser capaz de vencer las propias miserias internas –que todos tenemos– y superar obstáculos. Obviamente, la palabra orgullo, también se usa como sinónimo de “arrogancia”, pero no estoy hablando en el sentido peyorativo, sino en el que puede fomentar la “autoestima”. Mi interlocutor, no supo contestarme, lo hizo con evasivas, sorna y finalmente intentó descalificarme, lo cual no logró y terminé diciéndole: “me parece curioso que un grupo que promueve la tolerancia no pueda tolerar, tan solo una duda franca, convirtiéndose en intolerante, con quien la plantea”. También debo decir que los excesos de exhibicionismo, transformismo y hasta obscenidad, dejan muy mal parados a quienes impulsan la ideología de género, transgrediendo el derecho ajeno, sobre todo el de nuestros niños y adolescentes, quienes, sin duda, debieran poder salir a la calle, sin presenciar espectáculos confusos y deshonestos. Pero ellos… engrosan las filas de los “sin derechos”. 

Los derechos civiles y humanos, en los EE. UU. y otras partes del mundo, fueron avanzando, contra viento y marea… a costa de muchas vidas útiles y valiosas, logrando los otrora segregados (mujeres, indios, esclavos y negros, por ejemplo), obtuvieran –como correspondía– derechos análogos a los blancos, libres y hombres. Territorios ocupados, por imperios vetustos fueron liberados y se autodeterminaron. Todo ello ocurrió a partir de personas notables, aguerridas, cuyo testimonio de vida fue coherente con su discurso; para ilustrar, menciono los siguientes nombres: Daisy Bates, Martin Luther King, Mahatma Gandhi, Francisco de Vitoria, Abraham Lincoln y las hermanas Mirabal (“las mariposas”) … existen otros muchos, pero seguramente todos los anteriores incuestionables y conocidos. 

Los héroes de los derechos humanos y civiles no eran politiqueros baratos, ni querían protagonizar, o hacer escándalo. Se trataba de gente con convicciones firmes y determinaciones que los llevaron, en ocasiones a costa de su propia vida, a sembrar cambios. No querían “arrebatar” a otros, no querían “quitar” a otros, no querían “destruir” a otros; reclamaban los derechos que otros tenían, para poder: crecer, trabajar, educarse y prosperar, pero por medio de su propio esfuerzo. El socialismo expropiador e ideológico radical, no estaba en sus agendas ni en sus mentes, sino el rechazo al abuso, la marginación y la carencia de oportunidades. 

¿Tiene futuro una sociedad que privilegia la ideología, la preferencia sexual no convencional, el matrimonio cuya naturaleza se pervierte y el fomento a la confusión de la mente y almas de los niños? ¿Por qué la honradez, la fe en Dios, el trabajo tesonero y la familia integrada es considerada una peste, mientras se hace apología del socialismo y la llamada “diversidad”, como fuentes de derecho? Los “sin derechos” mantenemos el circo, pero, además, observamos en cómplice silencio ¡Piénselo!