Jueves 20 DE Junio DE 2019
Domingo

Intelectuales y sueño latinoamericano

Fecha de publicación: 09-06-19
Por: Jaime Barrios Carrillo

“América, no invoco tu nombre en vano”.
Pablo Neruda

La actual migración de centroamericanos pobres, que pretenden llegar a pie a los Estados Unidos donde los espera Trump y su muro, puede integrarse a una reflexión global sobre la unidad latinoamericana y la pesadilla del “sueño americano”. Muchos autores y pensadores del continente se han dedicado desde hace décadas a estudiar el tema.

América Latina ha sido caleidoscopio de culturas pero también de encuentros y desencuentros. También de una permanente búsqueda de identidad nacional y por extensión continental. Iniciador del modernismo, José Martí lanzó en 1892 la idea de “Nuestra América”. La necesidad histórica de la unidad frente a la expansión anglosajona como una tarea continental de superación de los dominios coloniales. En esto lo siguen otros modernistas, incluyendo a Darío. En su Triunfo de Calibán (1898) Darío escribe:

Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros. Y los he visto a esos yankees, en sus abrumadoras ciudades de hierro y piedra y las horas que entre ellos he vivido, las he pasado con una vaga angustia.

En 1924 Rufino Blanco Fombona había publicado su libro Crimen del Imperialismo Norteamericano y Vargas Vila en 1930 Ante los bárbaros, un libro protesta o diatriba contra “el yanqui: el enemigo”. Valga recalcar que esas tempranas corrientes antiimperialistas del modernismo no son en absoluto ni socialistas y menos marxistas. Los modernistas simplemente se adelantaron.

Las relaciones entre Latinoamérica y Estados Unidos han sido complejas y ambiguas. Una complejidad determinada por históricas confrontaciones políticas y por las diferencias económicas. Y una ambigüedad definida por la gran influencia y al mismo tiempo rechazo o resistencia a la cultura estadounidense en Latinoamérica.

La modernidad es tema recurrente en los estudios de las relaciones entre Latinoamérica y Estados Unidos. El académico chileno José Joaquín Brunner habla de una “modernidad periférica”. Señala cómo la modernidad en el mundo capitalista contemporáneo, aparece como sinónimo de la “Norteamericanización”.

México, por ser vecino, ha sido un país de relaciones complicadas con los Estados Unidos. Octavio Paz trató la americanización en su clásica obra El laberinto de la soledad, donde presenta al “pachuco” como resultado cultural de la americanización de los inmigrantes mexicanos en California. Carlos Fuentes en su libro Tiempo mexicano también toca el tema de la modernidad y el rechazo a la misma. Es decir los contrastes entre Estados Unidos y México, donde lo mexicano representaría el atraso y lo estadounidense lo funcional y moderno. Fuentes describe del proceso que va “de Quetzalcóatl a Pepsicóatl” en el cual no podrá concretarse una modernización al estilo norteamericano pero tampoco una vuelta a los orígenes y raíces antiguas de México.

La producción cultural en Latinoamérica en relación a la influencia de Estados Unidos obedece a un complejo proceso de rechazo y a la vez incorporación. También de relativa expansión a través de cierta latinización en los Estados Unidos. Una dialéctica entre lo nacional, lo popular y lo universal, en donde la americanización responde a la tendencia de la cultura universal, mientras las producciones culturales de los países latinos tienen una resistencia combinada con la tradición. Las élites latinas, dominantes en lo económico y político, se han alejado de lo popular e incluso lo que podría denominarse “lo nacional”. Han adoptado formas y patrones norteamericanos y son repetidoras y reproductoras de esos modelos, que se imponen a toda la población mediante el control y uso de los medios de comunicación.

El sociólogo argentino García Canclini, afirma que “americanización” de América Latina existe al lado de “latinización” de Estados Unidos. Un proceso donde lo principal es la creciente “americanización” de la cultura en los países latinoamericanos y, en sentido inverso, la latinización y mexicanización de algunas zonas de Estados Unidos.

Carlos Monsiváis considera que tales preocupaciones son tardías, porque América Latina viene americanizándose desde hace muchas décadas. Admite que el proceso se ha acentuado con la dependencia económica y tecnológica, pero ello no elimina la conservación de una lengua diferente en México, por más palabras inglesas que se incorporen, ni la fidelidad a tradiciones religiosas, gastronómicas, y formas de organización familiar diferentes de las de Estados Unidos.

Al mismo tiempo afirma que las instituciones del gusto y el consumo de Norteamérica se trasladan a América Latina. Por ejemplo las ceremonias de entrega de los Óscar y de los Grammy, la adopción de películas o de estrellas del cine y del rock, los best-sellers, los estilos de ropa, los lenguajes corporales, etcétera. Así conviven la genuina internacionalización cultural y la imitación patética o descarada, la mímica como solicitud de ingreso al Primer Mundo.

Monsiváis advierte que la “americanización” juega un papel de control y promueve la desmovilización, solidifica la desnacionalización económica e impone hábitos de consumo de una manera alienante. Esta alienación significa la creación de una cultura en la cual existe un abismo infranqueable entre “deseo” y “realidad”.

La académica Ana del Sarto resalta, en cambio, el aspecto de “universalización” que la llamada “americanización” ha tenido. Este fenómeno trata de cómo la homogeneización internacional coincide con la “americanización”. Del Sarto hace una diferenciación en tres niveles que llama: “lo letrado, lo popular y lo masivo”. En estos espacios se produce según esta autora, un proceso de transformación, subversión y liberación con todos sus baches y fisuras.

La discusión de la influencia de los medios y de la literatura sobre las masas ocupa bastante a los intelectuales latinoamericanos. Los medios de comunicación, como ya hemos señalado, han sido vistos como instrumentos de dominación y manipulación, al prestarse para la implantación de valores y discursos que consolidan y legitiman la hegemonía de las élites, en concordancia con los intereses del capitalismo global.

La idea de hegemonía de Gramsci ayuda a ilustrar el papel histórico de los intelectuales latinoamericanos por promover el cambio en América Latina. Todo grupo social juega un papel en la producción económica y cada grupo crea su estrado de intelectuales que contribuyen a consolidar la hegemonía y le brindan la conciencia al grupo de su propia función. También nos sirve Gramsci para resaltar el papel de los intelectuales, incluyendo a los escritores y artistas, como gestores de ideologías y discursos contestatarios y de oposición. Los intelectuales entonces estarían en el papel de desveladores de las imposiciones culturales de la globalización.

El estudioso norteamericano George Yúdice sostiene en cambio que los intelectuales latinoamericanos han ido creando ideologías para afirmar la identidad nacional y por extensión la latinoamericana. Primero fue el anticolonialismo de la era de la Independencia. Después vino la elite liberal del positivismo republicano en el periodo de la consolidación nacional. Luego la ideología revolucionaria popular en México. Y finalmente el auge de la explicación de la identidad nacional mediante el proceso de mestizaje.

En síntesis: la producción cultural en Latinoamérica en relación a la influencia de Estados Unidos obedece a un complejo proceso de rechazo e incorporación. También de relativa expansión a través de cierta latinización en los Estados Unidos. El desafío de los intelectuales es repensar la relación entre cultura, ideología y política, como una relación gobernada por una permanente tensión que no puede ser eliminada ya que es la clave de las dinámicas culturales. Resulta inevitable entonces la reflexión entre los límites culturales con Estados Unidos, cuyas fronteras físicas hoy amuralladas con Trump no podrán detener la interacción cultural, económica y por extensión política con el continente latinoamericano.