Miércoles 11 DE Diciembre DE 2019
Domingo

Luis Eduardo Rivera, profeta en su tierra

Fecha de publicación: 02-06-19
Por: Jaime Barrios Carrillo

“El Congreso de la República es el Arca de Noé navegando en el Diluvio de nuestra corrupción política. Su interior está habitado por animales de todas las especies”.
Luis Eduardo Rivera

 

La obra de Luis Eduardo Rivera está impregnada de experiencias directas, de sus lecturas y su cotidianidad. De ahí su gusto por la escritura de diarios y la marca autobiográfica en sus textos. También pueden percibirse algunas de sus influencias. Por ejemplo las conexiones con Sabines, Pound, Eliot, Curzio Malaparte, Pavese y Nicanor Parra, entre otros. Recientemente se presentó en la librería Sophos la última obra publicada por este escritor, poeta y traductor residente en París desde hace muchos años. El libro Entretiempos editado impecablemente por la Editorial Cultura no es un acercamiento meramente académico, no obstante reboza de capacidad crítica y expresión vivencial. Luis Eduardo Rivera nos lleva casi de la mano por sus encuentros con autores y obras. En sus textos se perciben siempre diálogos intensos con otros escritores, sean físicos o de perceptiva o sea lectura. Rasgo que ya caracteriza un libro anterior Voces comunicantes.

En los últimos años se la ha pasado entre París y Madrid dando recitales o buscando libros, algunos casi incunables. Cuando viaja a la Ciudad de México visita con su fervor de bibliófilo la singular tienda de libros antiguos La torre de Lulio. Rivera es dueño de una extraordinaria biblioteca, la que parece haberse leído enteramente varias veces porque sus discernimientos literarios resultan extraordinarios y además él mismo es como una biblioteca rodante.

El año pasado nos había entregado otro libro, Tierra Adentro, colección de textos aproximativos a autores guatemaltecos, concentrándose en su propia generación, la llamada “de los setenta” surgida al cobijo de Alero, revista hoy emblemática de la Universidad de San Carlos en cuya redacción estaban José Mejía, Lionel Méndez Dávila, Marco Antonio El Bolo Flores y otros rutilantes nombres como los artistas plásticos Roberto Cabrera y Arnoldo Ramírez Amaya que aportaban dibujos e ilustraciones. Los escritores y poetas de la generación de los setenta fueron principalmente Ana María Rodas, el asesinado Luis de Lión, Mario Roberto Morales, Fernando González Davison Gonaz, Otto Martín, el asesinado Ronaldo Medina, Amílcar Zea, Dante Liano, Franz Galich a cierta distancia, el poeta Enrique Noriega y el mismo Luis Eduardo Rivera.

Podríamos aseverar que Rivera nunca se apartó de su identidad guatemalteca, como lo dice en Epitafio, uno de sus poemas más conocidos. Si bien no nació en la “Ciudad de las Perpetuas Rosas”, como llamó Wyld Ospina a La Antigua Guatemala, ahí creció y pasó la adolescencia y primera juventud. Rivera podría contestar como el argentino Julio Cortázar cuando le preguntaron de dónde procedía: “Vengo de mi infancia”. Y es que ha tenido claridad sobre sus raíces sin que ello le haya impedido proyectarse internacionalmente. La travesía comenzó en México en 1974, donde realizó estudios de letras en la Universidad Autónoma de México. A finales de los años setenta estaba en París visitando a un amigo. La estancia estaba planeada para algunos meses, pero se fue prolongando y tiene ahora más de cuatro décadas de residir en Francia, donde trabajó como profesor de castellano para extranjeros y ahora sigue escribiendo y descubriendo para nuestra lengua a autores franceses, por ejemplo sus estimadas traducciones del ensayista y crítico Remy de Gourmont.

En México publicó su primer libro de poesía Servicios ejemplares al que seguiría Salida de emergencia donde encuentro una alusión enunciativa del exilio forzado o voluntario. Luego vino el poemario Las voces y los días y se ha publicado un volumen con su obra completa de poesía con el sugestivo título de Poesía pre póstuma. Como poeta Rivera junto a Ana María Rodas y Enrique Noriega constituye uno de los lados del triángulo equilátero de la lírica más significativa de la generación de los setenta.

También en México se identificó con el oficio, conoció a Luis Cardoza y Aragón, a Tito Monterroso, a Carlos Illescas y a Otto Raúl González, entre los escritores exiliados guatemaltecos. E hizo amistad con los escritores mexicanos y de otros países. En México me cuenta: “Fui remunerado por primera vez por mi trabajo literario; me pagaban las reseñas que publicaba en Radio UNAM y luego en el suplemento cultural de El Nacional”.

Luis Eduardo Rivera ha recorrido la larga y tortuosa senda de los escritores latinoamericanos que viven fuera de su país. A veces, como él indica, “se las vio negras”, pero no detuvo nunca sus pasos en el camino que va del estado de ánimo a la publicación. Como otros escritores latinoamericanos llegó a ser también un habitante de París. Pero no es una voz acrítica ni laudatoria del París turístico, tampoco del mito cortazariano. Sino en su novela, que lleva ya varias ediciones, Velador de noche, soñador de día captura la vida tortuosa del exilio, del eterno extranjero y la lucha por sobrevivir en un medio de buenas a primeras culturalmente no amigable. Sin autovictimizarse sino a través del humor, la ironía y la creación de escenas singulares que llena con los seres que lo rodean con su inveterado uso de la forma de un diario en donde consigna su espacio entre la ficción y la autobiografía. El escritor y crítico mexicano Roberto Wong ha dicho de esta novela: “…un velador en un hotel de segunda que sueña con que la literatura cristalice entre la realidad y su lenguaje”.

En los últimos años se ha dado a conocer bastante en España, donde participa en ferias del libro y escribe con alguna frecuencia en periódicos. Sus libros Fechas inciertas y el Lector ideal han sido publicados por editoriales españolas. Y sus traducciones de Joseph Joubert y Antoine de Rivarol han recibido crítica positiva. Sus traducciones han sido publicadas por la prestigiosa editorial madrileña Siruela que también lo hizo con su traducción de Cuentos populares antillanos en 2018. La Editorial Periférica, también de España, ha publicado sus traducciones de Jules Vallès, Joseph Joubert y Odette Elina. “Generalmente las traducciones son parte de mis búsquedas personales y autores que he ido descubriendo. Estoy terminando una traducción de un libro rarísimo de los hermanos Goncourt, Ideas y sensaciones; es un volumen de textos muy cortos, fragmentos, notas, aforismos, que no han perdido su interés”, me explica este prolífico escritor que ha escogido a París como su ciudad de residencia. Ahí conoció y trabó una entrañable y fructífera amistad con uno de los maestros de la plástica guatemalteca, el legendario Jacobo Rodríguez Padilla, habiendo publicado el libro TatoLogías en base de imágenes de la obra pictórica de este. Esta obra debe verse como un diálogo más allá de las fronteras estéticas entre dos creadores, uno plástico y otro en las letras, donde las imágenes no ilustran a los textos ni los textos describen a la plástica presentada y escogida de Rodríguez Padilla.

TatoLogías refleja el estilo condensado de la escritura de Rivera, enmarcada dentro de la tradición aforística que tanto le place y sigue (de Lichtenberg a Cioran) en la frase corta y la expresión humorísticas, por ejemplo. “Murió de suicidio natural” o “El hombre arrepentido cuando orina, mea culpa”.

A pesar de su cosmopolitismo, derivado de su largo recorrido por el mundo, nunca se ha desarraigado de su natal Guatemala. No existe en Rivera tal ruptura. Me dijo alguna vez: “en cuanto a la literatura, no me puedo situar en otra tradición literaria que no sea la guatemalteca”. Aunque sin abandonar jamás el ojo crítico, la preocupación genuina por la situación del país que desde otras perspectivas se ve como un Estado fallido o una sociedad injusta e inviable. Escribe Rivera con su acostumbrado humor e ironía: “Guatemala no es un país en desarrollo, es un país en vías de desaparición”.