Domingo 26 DE Mayo DE 2019
Domingo

El país de la sangre marchita

Fecha de publicación: 12-05-19
Por: César A. García E.

Regresé del colegio, muy contento. Era un año especial; ¡nos graduábamos de bachilleres!, y eso para nosotros… era “la gran cosa”. Para algunos, la vida de adulto nos esperaba y nos hacía gran ilusión; otros seguirían siendo adolescentes por varios años más. Recuerdo que quería empezar a trabajar, desde que inició ese lejano y “tan próximo” 1979. El día de aquel infausto mayo que empezó tan feliz y se tornó tenebroso… la mañana había sido pletórica e intensa; la profesora Anelisse Lucero –con la afabilidad que la caracterizaba– nos prestó su picopito Pony, para que hiciéramos algunas diligencias del seminario que preparábamos previo a la graduación… se trataba de la monografía de San José Pinula, a la sazón un pueblito “lejano”, al que se llegaba y regresaba rápidamente, porque nadie pensaba en el tráfico como un problema; su calle principal modesta y las aledañas, la mayoría de tierra, con muy poco comercio.

Al regresar a casa, quizá a las tres de la tarde, todo era un caos, entré por el garaje que encontraba abierto, lo cual me pareció raro; la casa de mis padres era en el centro, de esquina; sobre la calle la puerta peatonal y en la avenida el garaje. El único televisor que teníamos –a la usanza de la época– estaba encendido y solitario; en la mesa del comedor, los platos, vasos y cubiertos, sin recoger… como que los comensales hubieran salido de prisa; todo era inusual. La persona que ayudaba a mi madre –sin rodeos– me informó: “mataron a su hermano”. Me quedé petrificado, inmediatamente vi a mi madre, saliendo de su cuarto, con una cara de angustia que jamás lograré borrar de mi cabeza y alma. Mi papá y hermana se habían dirigido a las instalaciones de la entonces Policía Nacional, en donde también operaban los orejas y matones que, en la época, hacían de las suyas a su sabor y antojo. Los de mi generación o mayores se recordarán del temor que sé sentía al ver una Ford Bronco a baja velocidad, cuando uno caminaba de noche, por cualquier lugar de la ciudad; el miedo no consistía en que uno anduviese en malos pasos, sino porque el encuentro podía ser fatal y siempre empezaba “pidiendo papeles”, es decir identificaciones; las excusas para desaparecer a la gente o

maltratarla, simplemente sobraban.

Desde mi llegada a casa, quizá pasó una hora –que se sintió como ocho– cuando entró mi padre –devastado– y nos contó que habían enterrado a mi hermano como “XX”… una inhumación exprés y secreta en el Cementerio de la Verbena. Las cosas, no cuadraban, porque el homicidio había sido hace apenas, unas veinticuatro horas; lo más extraño de todo, es que el noticiero de la una de la tarde de ese lúgubre día, que trasladó la infausta, había dado el nombre completo de mi hermano, es decir, tanto los hechores, prensa y autoridades sabían de quién se trataba. El trámite para gestionar su exhumación –en aquellos años– era una ruta peligrosa que mis padres –con toda razón– prefirieron evitar. Sus entrañas estaban destrozadas; a los cuarenta y nueve años, el cabello de mi viejito pasó de negro a canoso, en semanas… mi mamá no volvió a reflejar alegría en sus ojos, durante muchos años; su tristeza fue tan profunda que las violetas que cultivaba con tanta dedicación y adornaban cada rincón de la casa, se marchitaron junto con su corazón que –a Dios gracias– resurgió… a partir de su ejemplar perdón.

El año 1979, fue funesto y empezaría una saga interminable de adormecimiento de conciencias tal, que nos acostumbraríamos –malamente– a la sangre, la corrupción y el odio. En marzo habían matado a un ícono de la política de aquellos tiempos, cuyas ideas parecieron una amenaza “imperdonable” para alguien… Manuel Colom Argueta, y –francamente– se acabaría el espacio de esta columna, para citar a los cientos de familias enlutadas y a las de víctimas inocentes –como mi hermano– ajenas a cualquier ideología radical o movimiento político.

La mayoría de los crímenes quedaron (como hoy) impunes y obviamente –algunos– se convirtieron en la forma de vida –mezquina y despreciable– de activistas y politiqueros que han encontrado en el rencor, el odio y las víctimas del sistema disfuncional, su sustento y la forma de continuar manipulando a cándidos. Esa gentuza es la que nunca ha producido un quetzal, pero clama porque paguemos más impuestos, para seguir viviendo a sus anchas… todavía disputando cargos públicos, con una desfachatez que tristemente casi nadie nota.

La corrupción que terminaba con el erario y las reservas del país también saltaba a la vista en esos días y ello llevaría –finalmente– al golpe de Estado de 1982, pues el hartazgo era mayúsculo. Después del entuerto que arrojó esperanza de cambio, se depondría al gobierno, para retomar una ruta infausta de falsa democracia, apestosa corrupción y cinismo sin precedentes… ello, hasta el sol de hoy. Justamente en 1979, los diarios de la época dieron fe de un escándalo millonario de ¡un millón de quetzales!, robado durante el gobierno de Kjell Eugenio (usted puede consultarlo en la hemeroteca o internet). El “escándalo” que ocupaba primeras planas, era por “plazas fantasmas”, práctica que está hoy, más viva que nunca. ¿Cuántas hay en el ministerio de Salud, cuántas en Finanzas, cuántas en secretarías y municipalidades? Miles, resultando aquel escandaloso millón de quetzales, una cifra “risible” para los codiciosos del nuevo milenio. Aquel millón fue robado por medio de veinte exfuncionarios de gobierno –según informa Prensa Libre el 29 de mayo de 1979– tres mil cheques y dos empresas fantasma.

Guatemala lleva medio siglo –como mínimo– de tolerar lo mismo: sangre inocente derramada, latrocinio exacerbado, timos electoreros, gobernantes fabricados e ignorancia. Este coctel de horror e impunidad nos hunde en el rezago humano e implica desprecio a la vida, así como el asesinato –en vida– ya perpetuo, de por lo menos un millón de niños menores de cinco años, a quienes se les niega el derecho de desarrollarse normalmente, atrofiándoles su cerebro.

Nunca olvidaré la visita al lugar del asesinato de mi hermano. Un callejón con casas modestas, denominado “La Castellana” y que conecta a la bajada de la 24 calle… cercana al Colegio Don Bosco, en donde él –paradójicamente– había estudiado durante un par de años. Al margen de la tierra de aquel lugar, sobre el monte que había crecido con las primeras lluvias de mayo… hisopos con su sangre y la ennegrecida, que también ocupaba un área importante de la superficie. Una vecina, salió y nos relató que allí lo llevaron –dentro de una panel– para quitarle la vida, no sin antes insultarle repetidamente. Sus oportunidades de crecer, enmendar, aprender, realizarse y tener una familia, fueron truncadas… iba a cumplir veinte años y bajo la potestad del ominoso Donaldo Álvarez, se dispuso su muerte. Gente tan mala como la citada bestia, por quien no siento más que lástima, es la que continúa depredando a nuestra patria y procreando marranadas. ¿Y usted a votar por el circo y el apestoso potingue? ¡Qué miopía! ¡Piénselo!