Sábado 8 DE Agosto DE 2020
Domingo

“Pecadorazo”

Fecha de publicación: 14-04-19
Por: César A. García E.

Cuando nació mi nieta, noté una emoción nunca vista en mi hijo, teniéndola en sus brazos; sabía que para él las cosas habían cambiado para siempre, lo cual me alegraba profundamente y –claro está– esa nenita traería cambios para toda la familia… cada niño es un adhesivo extra a las relaciones familiares. Su presencia hace posible y menos duro que quienes avanzamos en años, nos separemos permanentemente y por la vía insoslayable de quienes amamos. Los pequeñitos son ilusiones nuevas, sensaciones diferentes, sentimientos extraordinarios y con cada uno es distinto, pues son únicos, irrepetibles; vienen cargando sus propios miedos y sus particulares aptitudes. Lo que uno logre incorporarles –en esta vida– es accesorio, pero no menos importante… ellos son ellos.

Esa pequeña de enorme sonrisa, mucho pelo y ojos moros, nacía con derechos incorporados. Sus padres la amarían y ella no tenía que ganárselo… así estaba dispuesto; una instrucción incomprensible por protegerla surgiría de los noveles padres y ellos deberían saber qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Uno expectante… en segunda línea; aconsejando, sin ser metiche, apoyando sin tomarse toda la responsabilidad, amando, aunque de forma distinta a los padres… nunca precisaré como se ama a los nietos, creo que nadie –en realidad– puede describirlo.

La pequeñita fue creciendo… como casi todos los niños. Sus vivezas nos hicieron gracia, su talante se manifestó, por momentos, con un autoritarismo que ya no recordaba, aunque haciendo memoria estuvo presente, en algunos de mis seres amados más jóvenes y que me tocó cargar, mimar y algún día consolar. Vino la parte no grata… como la corregían; era necesario, no podía hacer lo que le viniera en gana, pero –en todo caso– privó el amor, el dolor por hablarle áspero y definitivamente el “trauma” –de los padres– por “sacudirle el pañal” cuando era necesario y el de los abuelos, por escuchar aquel llanto, totalmente desproporcionado a la corrección; conteniendo el impulso de consolarla, para no desbaratar el proceso inexorable del aprendizaje.

La niña tiene ahora cuatro años… pronto tendrá cinco, y diez, y quince y pronto tendrá sus propios hijos. Se “ha merecido” todo y no se ha ganado nada ¿Por qué? Pues simplemente porque es amada y amada de verdad. Quizá nunca –después de ese círculo tan íntimo que la vimos crecer, sufrimos con sus fiebres, aplaudimos sus risas y celebramos sus primeros pasos– será amada como lo es ahora… aunque sin duda, hay quien la ama más que los mortales que ayudaron a “criarla”.

La brillantez de la “chaparrita” –como la “bauticé”– sus ocurrencias, sus rogados abrazos, sus expresiones de amor no tan abundantes, su carácter y fuerte liderazgo, sus malos humores, su gracia y risa contagiosa, su hiperactividad, su impaciencia y la ternura que le brota, como un genial regalo, cuando ella quiere… son un “paquete” inseparable que, quienes la queremos tanto, aceptamos y valoramos, sin pretender cambiarla… al menos yo no.

Aprendí hace algunos años –desafortunadamente no nací sabiéndolo– que todos somos distintos y es ocioso pretender cambiarnos, aunque es menester formar –sobre todo con el ejemplo– a quienes Dios nos dio el privilegio de amar y en cuyas almas pudimos incidir, con nuestros actos, palabras, gestos, con abrazos afables o simplemente con nuestra forma y manera. En cuanto ponderé –plenamente– mi imperfección, mi falibilidad a flor de piel, mis múltiples miserias que quizá no se noten tanto, porque exhibo –sin proponérmelo– algunas virtudes que las ocultan… comprendí que cada uno aporta una cuota de “lección” a los otros. Cada uno es ejemplo de lo que se debe o no debe hacer; todos tienen algo que enseñar y todos tenemos mucho que aprender; lo ideal es morir aprendiendo y extinguirse corrigiéndonos… aunque cada día con menos severidad. Simplemente porque la vida se agota, los años se terminan y los momentos son –cada día– más valiosos; los pequeños tienen “todo el tiempo del mundo” … uno no.

La originalidad de la creación de Dios, el diseño irrepetible de Su obra, se expresa en nuestras fortalezas y destrezas… pero también en nuestros defectos y debilidades. Al menos yo, soy una fábrica de hacer pecados; omito acciones que debiera concretar, hago daño sin siquiera percatarme y justifico mis malas acciones, intentando compensarlas con buenas… lo cual es totalmente inválido, pero si somos honestos, notaremos que –en mayor o menor medida– así actuamos, quienes gozamos de conciencia y somos capaces de ser nuestros más severos críticos… extremo que no es necesariamente saludable.

En esos devenires de querer agradar a quienes amo, en esos afanes de pretender paliar el desgaste irremediable de mi ser… por mi testarudo andar; en esos remordimientos que a veces me conducen al arrepentimiento y en muchas ocasiones –debo reconocer– a la autojustificación; en ese agridulce de mi alma infaltablemente agradecida y quebradiza… solo puedo ver al cielo, teniendo la certeza que alguien –por mucho– más grande que los grandes, más bueno que los “santos” y mucho más sabio que el Rey Salomón… me ama, me abraza y murió por mí… aunque sea un “pecadorazo” y apeste –a ratos– aún más que el hijo pródigo. Él me ama, porque Él es bueno…no porque yo lo sea; llanamente no puedo serlo… ni Él necesita que lo sea, para amarme. ¡Piénselo!