Viernes 19 DE Abril DE 2019
Domingo

La carta de AMLO y otras de Colón

Fecha de publicación: 14-04-19
Por: Jaime Barrios Carrillo

“Quiero ir a las Indias por el oeste. La Tierra es redonda”.
Cristóbal Colón

A finales de marzo se hizo público la carta del presidente de México Andrés Manuel López Obrador al Rey de España Felipe VI, instando a que se reconozcan los atropellos de la Conquista. La misiva encuadra dentro de la conmemoración del quinto centenario de la expedición conquistadora de Hernán Cortés. La reacción del gobierno español fue de rechazo. No reconocen nada.

Imposible negar que la Conquista produjo una nueva realidad. La historia cambió radicalmente para los habitantes originales de México y el resto del continente con la llegada de los conquistadores. La superioridad de las armas españolas produjo estragos gigantescos, un verdadero holocausto, no de batallas sino de masacres. Pero para bien o para mal un nuevo sujeto histórico y cultural vino a surgir: el ser hispanoamericano o latinoamericano desarrollando sectorial y estructuralmente una nueva cultura y nuevas identidades con expresiones distintivas en el arte y la literatura.

Pero hay otras cartas y mucho más antiguas. El polígrafo colombiano Germán Arciniegas identifica el inicio de la literatura hispanoamericana en Las Cartas de Relación de Colón. Se trata del encuentro con El Otro, lo desconocido, eso que fascina y a la vez asusta. No solo las nuevas culturas, sino la fauna, la flora y hasta el clima. Cristóbal Colón murió convencido de que había llegado al Paraíso. ¡Desgraciado Almirante! le dice cuatro siglos después Rubén Darío, al verlo regresar encadenado a España. Darío retrata en su poema la realidad de un continente sufriente y oprimido por la idolatría y la superstición. Las cartas de Colón hablaban del Paraíso porque aseguraba a los Reyes de España que había muchísimo oro. Aunque lo que se encontró en demasía fue la plata que sustentó a la corona española y contribuyó a cambiar la economía mundial. Una nueva realidad basada en la minería surgió a la par del mito del Dorado americano, la fuente eterna del oro.

¿Qué es lo real? Lo real y su fuerza podría radicar en aquello en que se cree. Como la ensoñación o las leyendas que suelen formar parte de un todo ideológico mayor. Los ejemplos abundan. Pedro de Cierzo en su famoso viaje de 1540 por la selva, aseguraba haber visto una tribu de mujeres guerreras y bautizaría al más caudaloso río del mundo con el nombre de Amazonas. Eran los años en que se corría la voz de que había unicornios en la Florida y que existían hombres azules en los Andes. Es el gran mito de América abriendo su abanico a las más fabulosas representaciones. Como una expedición a la Fuente de la Eterna Juventud en el norte de América. Colón mismo había bautizado a las Islas Vírgenes, en alusión a la leyenda expedicionaria de Santa Úrsula y las 11 mil vírgenes que la acompañaban. Otros aseguraban que el Diablo habitaba en el Caribe y Shakespeare inspirándose en esto escribiría su Calibán.

Más allá de las supercherías, el prejuicio racial se arraigó con la Conquista o invasión española. Los vencedores impondrían sus códigos, pero en el choque nunca deja de existir una digna sobrevivencia de los sometidos humanos que resistieron y resisten de diferentes maneras. Y durante el tiempo que sea necesario. Resisten transformando y adaptando.

Tendría que venir Bartolomé de las Casas para proclamar la Gran Rectificación: los “indios” sí eran seres humanos y tenían alma. Las Casas destroza las ideas románticas sobre los nuevos Amadises de ultramar. Esos capitanes españoles que salían a combatir creyendo en una causa santa, con el Apóstol Santiago en su vanguardia. Cegados en su fe realizaron masacres execrables de aztecas, mayas e incas.

Lewis Hanke, en Tratado sobre el Nuevo Mundo, hace referencia a las investigaciones de George P. Hammond, quien encuentra material histórico de cómo todas esas ideas fabulosas pervivieron mucho después del primer siglo de Conquista. Se iba sedimentando en la conciencia colectiva un mundo plagado de criaturas fantásticas, de seres perversos y malignos. Cadejos, duendes y sombrerones. Con resabios de formas precolombinas de brujería y magia. Se generaron así todas las condiciones para el surgimiento de una imaginería popular estigmatizada por seres demoníacos y otros sobrenaturales de signo opuesto: el nahual que se nutre del ángel de la guardia y viceversa. Proceso cultural y mental de amalgamas. Caldo de cultivo para la superstición. Pero también para la poesía, el arte y el vuelo grandioso de la imaginación sobre la historia y los mitos, como en las extraordinarias Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias publicadas en los años treinta, durante la estadía en París, donde profundizó su conocimiento de lo precolombino en concienzudos estudios con el sabio George Raynaud, fundador de los estudios americanos en la Universidad de la Soborna.

Antes de 1492 las profecías mayas habían hablado de una época en que reinaría el terror. El Chilam Balam llama por ello dramáticamente al goce de la vida, mientras subsistiera la protección de las divinidades, presagiando de esta manera el devenir de una era oscura. En el mundo mesoamericano se multiplicaron rumores y creencias en seres perversos y demonios que habitarían selvas y bosques. Y se esperaba el regreso del otro lado del mar, de Quetzalcóatl o Kukulkán, la Serpiente Emplumada, gran líder civilizador divinizado.

Augusto Monterroso con su relato El Eclipse ilustra con sana ironía ese choque de culturas y prejuicios. El misionero Bartolomé, atrapado por una tribu de indígenas, pretende salvar el pellejo asustando a sus captores con la amenaza de apagar el mundo con un eclipse. Pero los mayas conocían más de astronomía que los españoles y la noticia les pareció una broma del fraile, quien resulta devorado en un banquete.

El realismo mágico en la literatura hispanoamericana tiene raíces históricas y culturales. Como los personajes de Juan Rulfo, que hablan desde sus tumbas y habitan el pueblo fantasma de Comala en la impar novela Pedro Páramo, publicada a mediados del siglo pasado. Gabriel García Márquez narra en su novela emblemática una historia de lugares, sucesos y seres fantásticos, los personajes de Cien años de soledad, como el gitano Melquíades que recorre el mundo con espíritu similar al del ¡Desgraciado Almirante! de Darío. Melquíades lleva los inventos modernos al Macondo caribeño, donde no está Santa Úrsula y sus 11 mil vírgenes, sino la señora Buendía, desesperada con los extravagantes proyectos de su marido y primo José Arcadio, que por sus propios medios descubre también que el mundo “es redondo como una naranja”. Grandiosa analogía de lo ilimitado del ser humano. La tecnología debe ser un recurso universal al servicio de la realidad de todos los pueblos.

Mas no todo es literatura de ficción, hay una realidad de pobreza, exclusión y racismo que pesa desde hace 500 años sobre los indios americanos. Mal llamados indios por los españoles que creyeron llegar a la India. El mismo Colón creyó que Cuba era el Japón y la llamó Cipango. El indio, señalaba el historiador Severo Martínez, es una creación de la Colonia, es el siervo sometido y explotado. De ahí su afirmación de que el “indio” debe desaparecer cuando cesen las condiciones de explotación, discriminación y racismo.

En su agonía habría dicho Cuauhtémoc: “Acaso estoy en un lecho de rosas”. Esta frase sirve para caracterizar también la historia de América Latina, entre una realidad de desgracia social y por otra parte las visiones progresistas y emancipadoras que han alimentado la esperanza del cambio. Esta tensión y antagonismo ha sido una coexistencia de la esperanza con el desamparo.

Conviene recordar la afirmación de José Martí de que mientras no camine el indio, no caminaría América. Nuestra América. Caminar entendido como liberarse de sus cadenas. De ahí que la carta de AMLO no carece de sentido histórico. Una misiva que resulta más realista que Las cartas de Relación de Don Cristóbal.

 

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