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Domingo

La república deshonesta


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La Res Publica como antiguo concepto latino significa “la cosa pública”, del cual deriva La República; donde cada ciudadano debe cumplir su deber y ejercer sus derechos. Pero en Guatemala La Res Publica ha sido destazada por los políticos desde hace décadas. La corrupción estructural la convirtió en Res corrumpere es decir la república deshonesta.

El académico sueco Gunnar Myrdal, Premio Nobel, hablaba de “Estados suaves” para señalar la corrupción que mueve el manejo de muchos Estados. Guatemala es un ejemplo de esa suavidad, de esa facilidad con que la clase política y la burocracia se corrompe. El Estado suave resulta también débil, es decir manipulable, penetrable por medio del soborno o las llamadas coimas.

La corrupción viene destruyendo las instituciones. Iván Velásquez dijo certeramente en una oportunidad: “El financiamiento ilícito es el pecado original de la política en Guatemala”. También advirtió el comisionado sobre el peso negativo de lo que llamó “cultura de la ilegalidad”. Hoy se ve claramente cuánta razón tenía Iván Velásquez. Porque en Guatemala casi nadie puede tirar la primera piedra. De ahí la importancia histórica del destape de la gusanera por la CICIG que llevó a docenas de corruptos a la cárcel o a ligarlos a procesos, incluida la familia del presidente Jimmy Morales quien sigue insistiendo en que él no es “ni corrupto ni ladrón”. ¡Un chiste más del cómico Presidente! El gobierno de Jimmy ha sido simplemente nefasto.

En el presente proceso electoral estamos viendo una descarada judialización de la política que está minando el sistema democrático. Al mismo tiempo que los avances en la depuración del sistema judicial han dado retrocesos lamentables, incluyendo al Ministerio Público dirigido por Consuelo Porras.

Un sistema democrático es un mecanismo social de toma de decisiones. Lo anterior es positivo, más funciona siempre y cuando haya una cultura democrática. Y la existencia de partidos consolidados, como verdaderos canales de la democracia entre la ciudadanía y el Estado y su gestión. Lamentablemente es lo que falta en Guatemala, es decir, partidos serios. Además, una ciudadanía que participa poco, que tampoco fiscaliza suficientemente y luego vota por el primer payaso que le propongan.

Porque los partidos políticos tienen una gran responsabilidad en el sistema democrático/representativo. El problema reside en que nuestros partidos son meramente electoreros y no se dedican a una labor permanente de ser conductos entre la Sociedad y el Estado, ni forman liderazgo entre sus cuadros y dirigentes. Además, el financiamiento de los partidos es un delicado capítulo de poca transparencia; se dicen tantas cosas y se perciben otras también. Se dice que el narco financia a ciertos partidos. Se dice que algunas familias millonarias también.

No es pues la transparencia lo que caracteriza tanto a la arena política como a la sociedad guatemalteca. Y esto no es nuevo sino constituye una carencia estructural que ha venido desde hace muchos años afectando nuestro frágil sistema político. ¿Quién manda realmente en Guatemala o mejor dicho quién toma las decisiones que afectan a la sociedad? La respuesta gira alrededor de sobre quiénes financian la política y cómo pasan las facturas cuando los partidos financiados alcanzan el poder. Por ejemplo el general Otto Pérez Molina, hoy encarcelado, acusado de diversos actos de corrupción, se negó rotundamente en su momento a dar a conocer a sus financistas. Hoy están saliendo a flote en los juicios e investigaciones los financiamientos ilícitos del Partido Patriota.

Cada vez más se hace claro e irrefutable que el financiamiento anónimo, y encima ilícito, produce un déficit democrático en el sistema, comenzando en el seno de un partido político y continuando a las estructuras del Estado, supeditándolo a intereses particulares. Lo que se ha pretendido hasta ahora es solamente visibilizar a los financistas, sin reflexionar que es precisamente la existencia de estos la causa del problema.

La democracia representativa muestra actualmente que hay muchos actores. Por lo menos en cuanto al número de partidos políticos que concurren en las urnas. ¿Son nuestros partidos políticos modelos de democracia? No, porque no son los principios los que valen sino la cantidad que se ponga en las cuentas para la campaña política. Los financistas se aparecen cada cuatro años. Compran puestos, cargos de elección y tráfico de influencias. Está comprobado que los grandes financistas son los que están detrás de las grandes licitaciones y en la obtención de plazas o cargos en el gobierno de turno para ellos y sus amigos. El panorama se torna aterrador cuando se piensa que crimen organizado y narcotráfico pueden estar entre los financistas.

A lo anterior hay que agregar que la corrupción y la falta de equipos capaces en el gobierno, conlleva a una bajísima productividad de la labor estatal con malas carreteras, salud en el suelo, educación deficiente, cultura precaria y desfinanciada, inseguridad temible, etcétera. La democracia no está suministrando lo que la ciudadanía espera y vuelven aires nostálgicos de autoritarismo y de sueño en dictadores que supuestamente gobernarían mejor con mano dura. Se trata del hundimiento de la democracia. También de la credibilidad de una institución máxima por su esencia de representación democrática: el Congreso. No son todos los diputados, pero si hay una buena cantidad de gánsteres, de exkaibiles prepotentes e ignorantes y de mafiosos sin escrúpulos.

Por otra parte, se ha venido a mostrar la participación de muchos militares en corrupción y delitos como narcotráfico, parricidio, tráfico de influencias y contactos con el crimen organizado, en especial con las maras. Sin olvidar los bonos militares y el caso de corrupción en la llamada Industria Militar.

Los partidos políticos, en todo caso, deben ser algo más que vías al poder. En Guatemala se activan solamente para las elecciones. La atrofia de los partidos políticos es profunda y muy seria: falta una amplia membresía que participe de manera activa en el interior de las organizaciones y que, como en las sociedades abiertas y plenamente democráticas, paguen sus cuotas. La membresía solamente es un juego escénico para lograr la inscripción con el número requerido de firmas. La debilidad de los partidos se muestra en sus carencias de cuadros y en la formación de los mismos. Y en la nula o poca apuesta por la juventud; en otros contextos, los partidos tienen vigorosas secciones de jóvenes donde se forman los líderes del futuro. También resalta negativamente la falta de plataformas ideológicas que no sean solamente declaraciones pomposas y generales.

¿Cuándo se nos fue el país al despeñadero? Todos los indicadores de desarrollo humano muestran claramente las serias deficiencias sociales: desnutrición, la educación en franca caída libre, inseguridad, violencia brutal de género, linchamientos, infancia afectada, desempleo, fuga de capital y de manera patente la corrupción como forma de gobierno.

En fin, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. La República Deshonesta disfruta de su Presidente deshonesto, es decir, ignorante, manipulador, mal cómico y peor estadista. Una república cómica, en especial su clase media urbana. Desgraciadamente no es solo cuestión de reír sino de muchas lágrimas.

Los republicanos deshonestos son paradójicamente muy religiosos, como su Presidente. Oran hasta para ir al baño. Dios por aquí y dios por allá. Las carencias y la miseria convierten a la sociedad secular en una religiosa. Un país anclado en la colonia, es decir en la Edad Media. Dios es la autoridad máxima del Estado, como en los países islámicos fundamentalistas, le siguen pastores, políticos y siempre los deslucidos militares. El autoritarismo estructural y la corrupción rigen a la República Deshonesta. ¿Podrán cambiarlo las elecciones? ¿Existe alguna propuesta genuina que se proponga el cambio real dentro de todos los partidos que se disputan los comicios?

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