Sábado 20 DE Abril DE 2019
Domingo

Un lago pide a gritos que lo salven de morir

Las propuestas científicas abundan, pero hace falta el accionar político para detener la inminente contaminación del lago de Atitlán.

Fecha de publicación: 24-03-19
Se estima que la población alrededor de la cuenca del lago asciende a unos 400 mil habitantes. Por: Ana Lucía González elPeriódico

Hace una década se dieron las primeras señales de alerta en el lago de Atitlán. Era evidente que estaba enfermo y que precisaba de atención. Sus aguas comenzaron a tornarse más verdes por la aparición de un alga tóxica denominada cianobacteria. Desde entonces, las investigaciones para indagar sobre el comportamiento del lago no se han detenido.

Sin embargo, las soluciones se han topado con diferentes muros que no han permitido acciones efectivas para curarlo. La propuesta del Comité Amigos del Lago de construir un megacolector que separe las aguas sucias de los poblados de Atitlán es una de estas. Otra, invertir en infraestructura de agua y drenajes. Ambas solo han encontrado el rechazo de los Consejos de Ancianos y los Concejos Municipales y comunitarios de San Pedro La Laguna, que las consideran una forma más de privatizar los servicios de agua. En tanto, no se escucha respuesta de las autoridades de Gobierno.

“Cuentan los abuelos que en ocasiones el lago (…) toma la forma de serpiente para que sepan que está vivo y así asustar a los pueblos alrededor (…) Probablemente sea para demostrar a sus habitantes, su enojo a través de las aguas encrespadas del Xocomil”. Así dicen las leyendas de los pueblos tz’utujiles y kaqchikeles que viven a sus orillas y que lo ven, según afirma el educador ambiental Rodrigo Chumil, “como un espejo de agua sagrado”.

Este año el comportamiento del lago no ha sido normal. La cianobacteria aparece y desaparece en periodos no acostumbrados. Así lo asegura la doctora Margaret Dix, investigadora del Centro de Estudios Atitlán de la Universidad del Valle de Guatemala (UVG). Es en marzo cuando los vientos del norte soplan con fuerza sobre sus aguas. Se sabe que finalizan las ventiscas estacionales que durante seis meses caracterizan “la conducta” de este manto de agua, que se une cada día a los vientos del Xocomil. Poco a poco, las temperaturas se irán elevando para abril, la época en que empieza a llegar la mayor cantidad de visitantes.

Una problemática compleja

El lago de Atitlán es una cuenca endorreica, lo cual puede implicar dos características: una, no disponer de salida obvia hacia el océano; otra, que esta sea demasiado lenta. Allí, una gota se demora hasta cien años en encontrar hacia donde ir, mientras que en el lago de Izabal, esta misma gota que ingresa por el río Polochic y sale por Río Dulce, transita por un lapso estimado de 18 meses.

El lago de Atitlán es de importancia vital para los 15 municipios que forman parte de esta cuenca. Genera plazas de trabajo, es fuente de agua para unas 80 mil personas y es, además, un apetecido destino turístico. “Se estima que la población alrededor de la cuenca asciende a unos 400 mil habitantes”, afirma la doctora Dix.

Desde hace 10 años, las amenazas se hacen cada vez más visibles. El crecimiento demográfico, el mal uso del suelo y de los fertilizantes, así como la mala disposición tanto de los desechos sólidos como de las aguas residuales integran la lista de factores que afectan al lago. Se estima que la entrada de aguas residuales ya era de 18 millones de metros cúbicos en 2017, de acuerdo con la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán y su Entorno (AMSCLAE). Otras causas identificadas incluyen erosión de suelos, deposición atmosférica (partículas químicas contaminantes, como nitrógeno), deforestación, sobreexplotación de recursos naturales, cambio climático y combustibles fósiles. Incluso la pobreza y la falta de empleo le afectan.

Varios poblados como San Pedro La Laguna, Santiago Atitlán, San Lucas Tolimán y parte de Panajachel no cuentan con manantiales. Dependen del consumo de agua del lago. “Muchos niños padecen ya de enfermedades gastrointestinales, por lo que ahora es prohibido consumirla cuando sale la cianobacteria”, cuenta Rodrigo Chumil.

El aumento en la descarga de aguas residuales, sedimentos y nutrientes contribuye con el crecimiento de algas y causa floraciones en el lago. Estas pueden originarse en diferentes especies de plantas acuáticas, de las que las cianobacterias resultan ser las más tóxicas. Las floraciones algales producen esta degradación al limitar el acceso de sol y oxígeno a otros organismos en el lago.

La cianobacteria suele aparecer en las temporadas de calor: agosto, septiembre y octubre, pero este año hay alarma de algas que llegan a la superficie y luego desaparecen con el viento.

Con Inteligencia Artificial

Desde las oficinas centrales de la NASA Marshall Space Flight Center, en Estados Unidos, la científica guatemalteca África Flores comenzó este año el proyecto más reciente e innovador para aportar soluciones a la contaminación de este cuerpo de agua. Su iniciativa consiste en predecir los florecimientos algales nocivos por medio de Inteligencia Artificial (AI). Su idea fue la ganadora de un programa anual de Microsoft y National Geographic Society dedicado a promover la investigación científica con la ayuda de AI.

La propuesta de Flores consiste en desarrollar un prototipo de alerta temprana sobre esta floración, con el apoyo de imágenes satelitales y algoritmos para definir concentraciones de clorofila. Ello, según indica, “con el fin de proveer predicciones que permitan a autoridades y directores de emergencia, responder proactivamente a las futuras proliferaciones”.

Flores es ingeniera agrónoma y ha estudiado el comportamiento del lago desde 2009, cuando se determinó el punto más alto de proliferación de cianobacteria, que cubrió hasta un 40 por ciento de la superficie de la masa acuática. Diez años después confiesa que la investigación es compleja, y basa su argumento en los vacíos de información. “Solo hay cinco estaciones para monitorear la calidad del agua; además, las reseñas metereológicas son escasas, de modo que los datos están dispersos y son limitados”, resume.

Eliminando los plásticos

Otro aporte reciente es el de la bióloga Ninoshka López, de la UVG, quien determinó que el lago se encuentra contaminado con microplásticos en un 70 por ciento. Sus hallazgos determinaron la presencia de 128 mil 763 partículas por kilómetro cuadrado. Dicho estudio se promovió en parte por el alcalde de San Pedro La Laguna, Mauricio Méndez, cuyo objetivo ambiental se enfoca en la prohibición del uso de plásticos en su municipio, así como en una planta de tratamiento para la separación de estos y en el mercadeo y transformación de desechos.

Méndez, quien va por la reelección este año, trabaja también en libros de texto de nivel primario dirigidos a la educación ambiental. “La revolución no se hace con armas, sino con cambios estructurales”, afirma.

El Megacolector

La Asociación Amigos del Lago es una organización no lucrativa integrada por unos 120 socios activos, propietarios de chalets en el sector. Se formó hace 29 años y ha trabajado en proyectos educativos, filtros de agua potable y reforestación de la zona. Se dieron cuenta de que esto no era suficiente y decidieron incidir más. Fue así como organizaron el Xocomil Científico en 2017, con la idea de buscar consensos técnicos y científicos para encontrar respuestas y, sobre todo, acciones frente a la inminente contaminación.

En su página oficial registran que al lago de Atitlán ingresan cada día 10 mil toneles de aguas residuales. Asimismo, que de las 14 plantas de tratamiento de aguas residuales existentes, ninguna cumple con los parámetros de calidad y solo una remueve patógenos. A esto se suma que varios municipios alrededor del lago se abastecen de esta agua, lo que provoca problemas de salubridad como el aumento de casos de diarrea crónica. “Es una situación grave, el agua residual no debería entrar en una fuente de agua potable”, afirma Stewart M. Oakley, profesor y colaborador de esta entidad.

Con el apoyo de la Escuela Regional de Ingeniería Sanitaria de la Universidad de San Carlos y de otros expertos, han propuesto una solución mayor. Un megacolector subacuático de 40 kilómetros de longitud que atraviese el lago en dos direcciones, para así sacar las aguas negras fuera de la cuenca. A esto se añade la propuesta de infraestructura municipal para separar el agua potable de las residuales.

Indican que se necesitan al menos 60 plantas de tratamiento de las que hoy existen, pero en muchos casos no existe el espacio necesario para construirlas. “Las letrinas no son solución; más del 80 por ciento de los hogares de la cuenca ya utilizan inodoros”, señala Eduardo Aguirre, de Amigos del Lago.

De momento, esta propuesta no ha permeado en la población. Dos de las objeciones que esgrimen sus críticos son la seguridad de las instalaciones y el rechazo de las autoridades indígenas.

Esto es un mito

Juan Skinner es ingeniero agrónomo con estudios en ordenamiento territorial, desarrollo local y turismo. Es miembro del International Lake Environment Committee Foundation (ILEC) desde hace 12 años, y fue el primer director de AMSCLAE. Hace 25 años que vive en Panajachel. A su criterio, las posturas de contaminación son muy alarmistas y hay un mito alrededor de la muerte inminente del lago.

Skinner sostiene que las sobrepoblaciones temporales de cianobacterias son la respuesta del ecosistema a las tormentas tropicales que azotaron dicho territorio durante varios años, las cuales arrastraron al lago gran cantidad de sedimentos provenientes de deslaves. A esto se sumó, según él, la equivocada introducción, en 1998, de una especie de pez invasor que alteró eslabones ecológicos en el lago.

El lago es la principal fuente de agua potable para varios poblados a su alrededor y exportan al mismo punto sus aguas residuales.

 

La propuesta del colector ha generado cautela entre las autoridades indígenas.

 

Cada día ingresan al lago unos 10 mil toneles de aguas residuales, según cifras de la Asociación Amigos del Lago.

 

Expertos como Juan Skinner consideran que parte de la contaminación del lago se debe a la introducción equivocada de un pez invasor, la carpa asiática.

En la visión de Skinner, Atitlán tiene procesos de recuperación o resiliencia que le han permitido recuperar la calidad del agua en poco tiempo. Esto en contraste con los cambios de discurso de varios científicos que se dieron desde el 2009. Por ejemplo, la excesiva concentración de fósforo o la reducción de oxígeno disuelto en aguas profundas. Critica también la propuesta del megacolector. “Es copia el sistema del lago Tahoe en California/Nevada, Estados Unidos, que es un sitio despoblado destinado al turismo”, dice.

Por lo anterior, demanda cautela sobre las propuestas del megacolector y de las anexas, especialmente porque las ve como una amenaza mayor por una posible sobre-extracción del agua del lago hacia afuera de la cuenca. “Hace falta gobernabilidad. No convencieron a la gente, pues además es un proyecto oneroso. No puede eliminarse la contaminación, solo reducirse al máximo”, sostiene.

Soluciones estancadas

A pesar de los abundantes estudios científicos, las acciones parecieran estar en un impasse. “La ciencia ha señalado cuál es el problema, las soluciones son políticas”, resume la doctora Margaret Dix, quien coincide con los demás entrevistados en que, en este momento, no hay respuestas ni diálogo que avance. Eso lo atribuye, en parte, a la falta de acuerdos entre los distintos proyectos, la escasa socialización de estos entre las autoridades indígenas locales, así como el insuficiente actuar de las autoridades de gobierno para encontrar soluciones conjuntas con el fin de detener la contaminación.

A pesar del oscuro escenario, Dix asegura que tendremos lago para mucho tiempo. “Cada año se pierden de tres a cuatro centímetros de profundidad, pero fue en 2014 cuando dije que teníamos seis años para decidir qué hacer y cómo”, aclara. “Personalmente ya no sé cuál es la solución”, afirma.

La científica África Flores, oriunda de Retalhuleu, recuerda que en su niñez, todos los cuerpos de agua en su ciudad natal ya estaban sucios, por lo que tenían prohibido consumir peces o camarones. “No podemos permitir que esto sea una constante para un área como Atitlán que genera tanto a sus comunidades”, comenta.

El arquitecto Eduardo Aguirre, de Amigos del Lago, recuerda que hace un año entregaron a los 18 pueblos alrededor del lago una propuesta de sistema de alcantarillado, con topografía y fotografía aérea. Pero este año el asunto se politizó, por lo que prefirieron detenerse y enfocar sus esfuerzos en las autoridades de gobierno, que son a las que les corresponde tomar cartas en el asunto.

Aguirre está consciente de que el reto es enorme. “Sabemos lo que pasa, pero tenemos que entablar diálogo y consensos para solucionar el problema”. ¿Qué pasa si lo logramos? Visualiza con esperanza si en un par de años todos trabajaran juntos en algo que valga la pena. “Tenemos que cambiar de actitud, ponernos de acuerdo y poner manos a la obra”, concluye.

Entre el lago de Amatitlán y el de Atitlán hay 163 kilómetros de distancia. El primero ya está casi perdido; el segundo todavía puede salvarse si se actúa con decisión. Quizás habría que escuchar los rugidos del Xocomil que grita a sus pobladores que lo salven de esta amenaza; de lo contrario, como dice la etimología de esta palabra en kaqchikel, “el viento recogerá sus pecados”.

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