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Domingo

“Quiso salir y dejarse notar”


Así dio María José, en el chat de la familia y acompañada de un selfie de medio lado, la noticia oficial de su embarazo, la mañana del 17 de febrero, justo antes de tomar el vuelo que la traería de regreso a Guatemala después de asistir a un congreso médico en República Dominicana. A sus recién cumplidos 35 años, aquella era la guinda del pastel para un momento en su vida de total plenitud. “Beba, me está saliendo todo como se lo pedí a Dios: una nueva oportunidad de amar y ser amada y el milagro de ser mamá”, le había dicho a su hermana Sandra unos días antes.

Para elPeriódico • Ana Isabel Villela —  “María José nació en una noche de luna llena. A mi me hubiera gustado que fuera el 25 de diciembre, pero debido a maniobras médicas, nació 15 minutos pasada la media noche, es decir, el 26…”, recuerda Sandy, su mamá, cuando nos disponemos a platicar de su increíble legado, uno que muchos con una vida, quizá tres veces más larga, hubiéramos querido dejar. Estamos reunidos Luis y Sandra, los papás de María José, y sus hermanas, Lyla y Sandra, solo falta su hermano Luis Leonel, quien no pudo estar presente.

La familia, a pesar del dolor y la frustración, se siente agradecida por las avalanchas de amor que recibe desde aquel fatídico 27 de febrero, y está dispuesta a celebrar la vida de “la Chinita”, como cariñosamente se refieren a María José. “Entre mi última hija y ella hay nueve años, así que yo estaba algo preocupada por cómo la recibirían, sobre todo Luis Leonel, que crecía rodeado de mujeres (hermanas y primas), y se había entusiasmado con la posibilidad de tener un hermano. Por azares del destino, la enfermera se la enseñó a él primero; y gracias a Dios, fue el que mejor la recibió”, continúa su mamá, mientras agrega que desde entonces la bebé fue para sus hermanas mayores, una con 13 y la otra con 10, el chin-chin.

María José salió corregida y aumentada. Se sentía parte de, hablaba y se metía en todo y con todos, era simpática y extrovertida. Pero el rasgo de su personalidad que la definió desde muy pequeñita fue su deseo de servir a los demás, especialmente a los niños. “Siempre demostró una gran sensibilidad humana. Estando en párvulos, no recuerdo en qué grado, les pidieron que dibujaran qué querían ser de grandes, ella dibujó un rectángulo enorme con un montón de ventanitas sobre una cartulina, y luego señaló y dijo, “estas son las gradas del hogar para niños huérfanos que voy a tener cuando sea grande”. Sandy enfatiza que historias como esta hay muchas en la vida de su hija. Como la vez que le pidió un helado, y después le dijo, mejor tres, pues había dos niños en situación de calle viéndola comerse el suyo. “Mis hijos crecieron en Villa Nueva, y por el lado de mi familia paterna y materna siempre hubo una gran acogida a personas de menos recursos, así eran mis abuelitas, mis padres… tal vez ella heredó esa vena porque era notable”. Lyla, la mayor de los hermanos, quien vive con su esposo y sus dos hijos en Holanda, expresa entonces que venir a Guatemala bajo estas circunstancias ha significado un golpe inesperado, pues al ser médico, María José se encargaba incluso de velar por el bienestar de sus papás.

Y es precisamente Luis, su papá, quien ahora se suma a la charla. Dice que a María José le gustaba participar de las asambleas cívicas que organizaba el colegio Monte María, así como en distintos actos y obras de teatro, y muchas veces él terminó participando en ellos para apoyarla. “Le encantaba armar actos, organizar espectáculos y celebraciones”, dice con emoción, aunque al final el tema de servir a los demás siempre vuelve a relucir. “Participaba feliz de grupos apostólicos, un programa de servicio que tenía el colegio para las alumnas de primero a tercero básico, en el cual íbamos a visitar ancianos, ciegos, huérfanos o pacientes de hospitales públicos… Creo que eso dejó en nosotras la semilla de la conciencia social”, complementa Lyla.

“Creo que como era desenvuelta y disfrutaba tanto de hablar y participar, todos pensamos que se decidiría por ser comunicadora, nunca imaginamos que elegiría medicina”, expresa Sandy. Lo cierto es que después de graduarse de bachiller, “la Chinita” pasó los exámenes de admisión en la San Carlos y a principios de 2002 inició su licenciatura en Ciencias Médicas, o lo que en sus palabras sería una formación quema pestañas, con parciales de 200 preguntas a reloj y estudiando casi a diario hasta altas horas de la noche. Ella, sin embargo, pasó sin tropiezos, limpia en todas las materias. “Fueron años de esfuerzo, pero muy alegres, se juntaba con sus amigas Beatriz, Pamela y otras a estudiar, iban a casa de alguna de ellas o venían acá”. Cuando estaba por terminar y no se sentía segura de qué especialización seguir, consultó con su mamá para recibir la mejor respuesta: tú eres pediatra, de eso no hay duda, siempre te inclinas por los niños. Y es que, sí, demasiadas anécdotas lo confirman, como la que cuenta su papá de la vez que lo llevó a consolar a pacientitos al San Juan de Dios. “Tuve que salir del hospital, sentarme en una banca y esperar a que se me pasara la tristeza porque el impacto de las historias fue demasiado”, expresa; y luego agrega que en otro momento lo llevó a ver a una bebé recién nacida que encontraron en el basurero, a quien María José le puso Valentina por valiente. “Ella quería que la adoptáramos, pero yo le dije que ya no teníamos la energía ni la paciencia”, continúa.

“La Chinita” hizo su EPS en Rincón Grande y Rincón Chiquito, un caserío ubicado antes de llegar a Comalapa, que pertenece a Chimaltenango. “Se mantuvo en los primeros lugares de su clase, por lo que pudo elegir a dónde ir”, explica Luis como un padre orgulloso. Terminando la carrera, a él le tocó organizar todo en Sipacate cuando María José dispuso hacer una jornada médica en ese municipio. Y antes de iniciar la tan ansiada especialización, María José tuvo la oportunidad de sacar un diplomado, gracias a una beca de Nestlé, en nutrición infantil, algo que ya preparaba el camino para después. “La pediatría en el San Juan de Dios duró dos años, y paralelamente inició una maestría en la Galileo en Administración de Hospitales; es decir, el último año de la especialización llevó dos carreras al mismo tiempo”, complementa Lyla.

Así consiguió María José, en 2014, el puesto de directora del hospital Shalom, propiedad de una organización evangélica para la cual trabajó casi tres años en San Benito, Petén. “Estuvo feliz allá. La vez que fuimos a visitarla con qué ilusión nos dio el recorrido por el hospital, ni se acordó de enseñarnos su casa… Ella siempre incansable, y como el sueldo era muy poco, puso su negocio de crepas, llamándolo Crepuchinas”, exclama Sandra, su hermana, quien agrega que, respecto a la temporada de tres meses que “la Chinita” pasó en Estados Unidos para sacar su electivo, “conseguimos, gracias a amigos, que lo hiciera en el Children’s Hospital de Houston, en el departamento de pediatría”.

En cuanto a su especialización final como gastroenteróloga pediátrica, María José obtuvo la inmejorable posibilidad de formarse en Guadalajara, concretamente en el Hospital Civil Nuevo. “Ella quería una beca, pero no fue posible; entonces pensó en un préstamo… pero dio la casualidad de que en el momento yo estuve en condiciones de ayudarla”, explica Luis, y así se fue a Jalisco en enero de 2017. Como parte de sus estudios, María José se interesó por una enfermedad rara, y en muchos casos mortal, relacionada con la falta de enzimas, de nombre Glucogénesis. “Se apasionó por saberlo todo, son niños a los que les falta una enzima digestiva y hasta el 71 nadie sabía qué hacer para salvarlos… aquí se dio el caso de un niño de Zacapa, Tristán, que desahuciado lo envían a México, y de allá lo remiten con la doctora María José, quien logró devolverle la vida”, cuenta Sandra hija, reiterando que estaba tan interesada en el tema que incluso viajó a Ciudad de México y a Monterrey para formarse más.

María José regresó a Guatemala en junio del año pasado. En esos días se juntó, por primera vez en mucho tiempo, la familia completa, incluyendo a los que viven fuera. “Llevábamos rato de no estar todos, siempre faltaba alguno”, comenta Lyla. Luego en agosto inauguró su clínica pediátrica dentro de Kiddo Center, un centro de especialidades médicas para niños en zona 10. “Le abrieron las puertas porque sabían la calidad de profesional que era, y aunque al principio decía que iba a la clínica a espantar moscas, en unos meses ya contaba con casi 30 pacientitos”, comenta Sandy. María José tenía planes y proyectos personales y profesionales, solo hace falta detenerse en sus redes para descubrir, por ejemplo, que tenía programadas varias pláticas y charlas de medicina preventiva para papás. “Nunca perdió una oportunidad para formar o prevenir, para ayudar a los padres”, dice Sandra hija, con la voz entrecortada.

Además, en los últimos meses algo más se había sumado a su realización. Después de un matrimonio de cinco años y una inevitable separación, el amor había vuelto a su vida. “Estaba feliz con su embarazo, su deseo de ser madre era enorme, y en su primer matrimonio no había podido tener hijos, así que más gozosa, imposible”, expresa Luis, también muy emocionado, para luego contarnos que una vez en el hospital, en medio de su gravedad, no hacía más que señalarse el estómago preocupada por el estado de su bebé; y al persignarla señalaba que también persignaran al bebito. “Dios ha permitido esto, era algo que siempre deseó, y cuando por fin lo tuvo en su vientre, fue para irse juntos, para que no se fuera sola”, complementa su mamá.

“No reparé en lo que ella subía en sus redes sino hasta ahora”, agrega entonces Sandra. “Sus mensajes son reveladores, demuestran que amaba la vida, la celebraba… era agradecida. Ver lo que puso cuando recibió al primer bebé en sala de parto, o su analogía de la vida, la oscuridad y la luz al hacer una endoscopía, o la foto de ella sonriente que pidió que pusiéramos en su funeral si moría antes, todo habla de quien era ‘la Chinita’”. La familia está de acuerdo en que María José, quizá por su realidad de hija de padres separados desde los nueve años, nunca se aferró a una casa o a un lugar en concreto, ella quería una familia como la de los otros tres, pero nunca perdió el tiempo en lamentos mientras no la tuvo. “Hasta el último momento, luchó por su vida, de eso fuimos todos testigos”, concluyen sus padres. María José pudo practicar su profesión en Holanda o en Estados Unidos, en donde sus hermanas podían recibirla, pero ella siempre tuvo claro que, por muy dura que fuera la situación, su lugar estaba aquí, sirviendo a Guatemala. “La cantidad de amor que hemos recibido ha opacado cualquier sentimiento negativo que pudiéramos tener por la tragedia tan grande que estamos viviendo. Estamos cosechando el amor que ella sembró. Ella estaba en lo correcto, este era su lugar”, finaliza Sandra.

 

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