Sábado 16 DE Febrero DE 2019
Domingo

Somos las sombras destellantes

Fecha de publicación: 10-02-19
Por: Jaime Barrios Carrillo
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“América no invoco tu nombre en vano”.
Pablo Neruda

Un desafío primordial del arte y la literatura reside en cómo enfrentar estéticamente los hechos sociales. ¿Cómo narrarlos? ¿Cómo pintarlos? ¿Cómo dramatizar? En definitiva cómo adentrarse en la interpretación y representación de la condición humana en nuestro propio contexto. América Latina tiene nexos históricos determinantes. Y en la praxis estética ha habido siempre una rebelión contra el autoritarismo, el patriarcado y la injusticia social. Veamos algunos ejemplos.

En Chile, en las postrimerías de la larga y amarga dictadura del general Augusto Pinochet, que tuvo una guerra declarada e infame contra la estética, unos jóvenes creadores de Santiago consiguieron el dinero suficiente para alquilar una avioneta, de esas que lanzaban volantes de publicidad comercial. Hicieron paquetes con un poema ilustrado que hablaba de amor y libertad y a la hora pico, la del tráfico incesante, la de las salidas masivas de los centros de trabajo a buscar el almuerzo en las calles, fueron tirando sobre la capital chilena, desde la pequeña nave, miles de hojas sueltas con el poema. Uno de los paquetes no se desató y cayó pesadamente y a gran velocidad en una Comisaría de Policía, traspasando un techo endeble y haciendo gran estruendo. El paquete se tomó de inmediato como un ataque subversivo y las fuerzas de seguridad se alertaron con órdenes de detener, a toda costa, a los terroristas del aire.

Años después, esta vez en la ciudad brasileña de Sao Paulo, un elenco ambulante monta una obra de teatro en la calle. Pronto hay un círculo de gente alrededor de los tres actores, dos hombres y una mujer que representan con realismo dramático una escena de violación. Todos vestidos con ropas anaranjadas y los rostros pintados del mismo color. No obstante el público comienza a indignarse y se crea una atmósfera de tensión que amenaza a los actores masculinos, en peligro ahora de agresión por parte de la masa. Es entonces que termina la actuación y la mujer explica, dirigiéndose a los espectadores callejeros, que se trata de teatro pedagógico y que el objetivo es hacer conciencia sobre la violencia sexual. Algunos peatones continúan su marcha, casi decepcionados porque “no era real”. Unos protestan, otros aplauden y la “función” concluye en una especie de improvisado debate callejero sobre el tema.

En ciudad de Guatemala a finales del siglo pasado, el fotógrafo Daniel Hernández-Salazar realiza un audaz montaje en distintos lugares de la capital con la ampliación de grandes proporciones de su espléndida y conmovedora foto El ángel de la calle. Un trabajo donde Hernández-Salazar utilizó fotos de huesos de víctimas civiles de la represión brutal del Ejército, hallados en un “cementerio clandestino” e integrados como “las alas del ángel” en un hombre con el dorso desnudo. Cuadrillas de voluntarios se repartieron por diversos puntos de la ciudad, incluyendo una pared del Cuartel General del Ejército y pegaron en horas nocturnas la gran foto, que apareció al día siguiente ante los ojos de la gente, como un afiche más de propaganda, pero que poco a poco al observarse mostró que era algo diferente.

Ciudad Netzahualcóyotl fue formada por migrantes del campo en los linderos del Distrito Federal de México en los años cincuenta; bautizada popularmente como “Nezayork” y “Mi Nezota”, la ciudad de los Rascasuelos. Ha visto surgir a sus propios escritores, cronistas y poetas, entre ellos Emiliano Pérez Cruz, Alberto Vargas, José Francisco Conde Ortega, y Eduardo Villegas. Un hilo común los une: el testimonio narrativo de los cambios de Ciudad Neza, surgida sin agua potable ni servicios. Conde Ortega ha publicado una crónica novelada que resulta ya emblemática: Luces de Nezayork. Todos han atestiguado las transformaciones de Neza, desde que era polvaredas o lodazales, sin drenaje adecuado ni otros servicios de primer orden. Un poeta de Ciudad Neza, Francisco Valle Carreño (1968) se expresa de la siguiente manera:

“Somos las sombras destellantes que exclaman transgresiones/

Los que tomamos por asalto

la ciudad/

Los antihéroes de la sobredosis/

La catástrofe sin sentido/

Las sombras fosforescentes que huyen/ de los celadores de sueños/

en medio de las llanuras urbanas”.

En la localidad de Cateura en Asunción, Paraguay, el director de orquesta Luis Szarán decidió convertir la basura en instrumentos musicales que construyeron jóvenes en peligro de adicción a las drogas o en los bordes de la criminalidad. Cucharas, latas, empaques usados, objetos inservibles y deshechos materiales de todo tipo encontrados en un basurero sirvieron para ir haciendo violines, timbales, guitarras, instrumentos de viento. Y los jóvenes aprendieron a manejar los instrumentos con la pedagogía talentosa y llena de paciencia de Szarán. Un reciclaje total.

Los anteriores ejemplos de creatividad latinoamericana obedecen a formas diferentes de encarar el desafío estético frente al hecho social. El espacio no podía ser otro que la calle, más que la galería, el teatro o el museo. Encontramos actualmente el deseo cada vez más amplio de un constante desvelamiento de la ciudad alienada y la rebeldía del barrio marginal. La posmodernidad urbana en el continente muestra un debilitamiento de ilusiones estéticas y reducción de espacios creativos donde lo popular ha sido estigmatizado por los grupos privilegiados por la labor de las termitas del espíritu: la televisión, el best-seller, además de un forzado angloparlantismo. Se trata de esa City retratada por el poeta guatemalteco Maurice Echeverría:  

“Sin bellos poetas en las esquinas, muy parecida a sí misma cada vez, quizás es sólo la fosilización de un espacio. Es muy fácil matar aquí/ por esas y otras razones”.

Los problemas de comprensión de parte de la llamada “crítica” y del llamado “público”, radican en nuestro continente, en buena parte al menos, en el divorcio posmoderno entre propuestas artísticas y realidad objetiva. El asunto es identificar el tipo de vida estético/urbana que el “Tercer Mundo”, ahora también llamado “Sur”, demanda en sus manifestaciones concretas, o sea la praxis en que coincidan éticas y estéticas. Para alejarse de la esquizofrenia posmoderna. Para asumir la insobornable necesidad de reconocer los procesos históricos y los cambios reales del desarrollo desigual y combinado que aún demarca el panorama mundial.

¿Dónde ubicar a las ciudades latinoamericanas en esa telaraña de procesos que son los escenarios de la posmodernidad? Resalta la paradoja de la tecnología más avanzada que inevitablemente nos llega, nadie está aislado en este mundo global, y que se utiliza en la deficitaria formación social. Es decir, hay un bache entre los avances de la tecnología mundial y la situación social. Muchas ciudades latinoamericanas carecen de servicios básicos suficientes para todos sus habitantes, como el transporte colectivo, agua potable o electricidad, al mismo tiempo que tienen capacidad hotelera de cinco estrellas, cafés de internet, bolsa de valores, proliferación de teléfonos celulares y otras marcas y signos de la revolución tecnológica.

Los escenarios urbanos del continente latinoamericano integrados por artistas, poetas, teatristas o fotógrafos permiten pensar que no deja de haber posibilidades creadoras en este señalamiento de convivencia de tiempos diferentes. La convivencia del tiempo primermundista y el del cuarto mundo. Centro y periferia. Norte y Sur. El mundo de hoy es uno y distinto, como nunca antes. Lo anterior induce a repensar dimensiones dentro de un gran tiempo de dirección múltiple. Pero a diferencia de la fundación y búsqueda de lugares míticos de la literatura del siglo pasado (Comala, Macondo, Santa María) ahora se anhela su profunda transformación. Porque Macondo ya no es una aldea diáfana sino la ciudad insoportable.

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