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Domingo

El Frootlooptometro


Recuerdo muy bien los años y lo hago con claridad, cuando –en este país hoy triste, manchado con tanta sangre, lágrimas e impunidad, impregnado de ignorancia, de inclemencia y arrogancia– era todo diferente, no dependiendo del precio –al menos no como hoy– la admiración o prestancia. No nos había invadido –salvo a unos muy pocos– el siniestro consumismo, ni el amor por la apariencia, ni el culto a la mediocridad, al cinismo e indecencia.

Ciudad de escaso tamaño, caminable y agradable. Ciudad de gratos recuerdos, donde se hacía impensable que a un niño, con sus amigos, los agrediera un maleante, los mataran en un bus… les pasara algo indeseable. La cosa era tan así que la historia de Miculax, la aprendimos a escuchar, como una vieja leyenda que terminó con la muerte de aquel infame homicida que, para cuando yo nací, no solo ya no existía, sino que era un escarmiento, para cualquier otro infame que procurara sus vicios, sus andares y aspavientos.

Ciudad con sus buses viejos muy ruidosos y torcidos, con sus sillones maltrechos, casi nunca atiborrados; mucho menos –por la muerte, la corrupción y el marero– asediados… controlados. La excepción era “La Uno”, con sus buses siempre pulcros, nítidos, nada ruidosos, elegantes y armoniosos; la antítesis los “Belén” e igualmente los “Adaza”, esos si que eran ruinosos, acabados y apestosos. Pocos centros comerciales, muchas vitrinas que ver, oferta de muchas cosas que, si no se podían comprar… simplemente se admiraban y en el corazón deseaban, pero se pensaba –nada– en quitar o arrebatar. Existían los valores de ahorrar para tener, esforzarse duramente, para lograr el anhelo, para luego consumir, solamente lo prudente.

Ciudad de la bicicleta, pero eso sí, muy “estricta” con su placa y su tarjeta; no faltaba el policía que –entre corrupto y fisgón– te quería despojar de aquel sencillo aparato que todo el patrimonio, al que aspiraría un niño y era toda su ilusión. El olor a “cicle” nueva, el comprar sus accesorios… un timbre, una bocina, el dinamo, el farol, la parrilla, el asiento, los pedales y el timón; la “cicle” era el universo, del niño rico y sencillo, del amable y amigable, pero sí, que también lo era, del abusivo, aguerrido, temerario o presumido. La cicle era travesura, era paseo, aventura, era usar las herramientas, era libertad y angustia, era cansancio y placer, era ir a la gasolinera, a tomar agua del chorro y también a pedir “aire”, para una llanta apachada, a comprar unos Tip Tops y repararla en la acera, con los amigos de calle.

País de poca apariencia, pero de muchas virtudes, donde el closet se asomaba como una “necesidad” claramente elaborada, para dar la bienvenida al aún tímido atisbo del funesto consumismo. Hasta antes de los closets, con el armario bastaba; uno para la pareja, uno para dos hermanos. Los zapatos del colegio, los tenis para hacer “física”, dos pantalones de lona (ahora se llaman jeans), quizá unas tres camisetas… y termino de contar; ah bueno, los calcetines, calzoncillos y calcetas. Los padres –“de más pomada”– un blazer, un traje oscuro, quizá un “Príncipe de Gales”, una chumpa, dos chalecos y algún su suéter coqueto. Las madres: algunas faldas, unas blusas muy sencillas, dos vestiditos “de gala” que ninguno preguntaba, dónde lo habían comprado, si lo hizo la costurera o ella misma lo cosió, con la Singer de la abuela y la ayuda de un “patrón”; ya para entonces apenas, las mamás más “de avanzada”, usan también pantalón. Zapatos quizá dos pares, los que “tienen yoyo” tres, un reloj en la muñeca que, aunque fuese del abuelo, conservaba su esplendor y que, sería heredado quizás al hijo mayor, siempre que este valorara, la tradición y el honor.

Ante esta clara escasez de disfraces y apariencia, la gente era más genuina; más fácil distinguir a la pérfida o mezquina… y valorar la decencia. Importaba tener “nombre” y valía “la palabra”, las tarjetas no se usaban y –creo– ni faltaban… aunque siempre hubo arruinados que se merecían “fiado”. Existía el “buena paga”, muy distante del ladrón, el cinismo era opcional y nunca un prerrequisito, para ostentar el poder, entre tanto criminal.

Los carros de aquellos años, productos de muy de buen gusto, cada uno diferente, poco plástico barato, para que durara un rato, todo muy bien fabricado y casi nada ordinario; eran diseños preciosos… que serían legendarios. Mucho gasto y armonía, prestancia nunca igualada, los V8 musicales, el consumo y polución… eran sus únicos “males”. Por cierto, no había muchos, las casas más elegantes y las menos ostentosas… con un único garaje, para un “enorme” carrón que podía allí meter, solo el jefe del hogar quien era su único dueño y sabía manejar; los patojos expectantes, aprendimos casi niños a manejar esas “naves”, solo entrarlas al garaje era tarea atractiva que nos llenaba de sueños y nos regalaba vida.

Eran años de simpleza, sin marcas que presumir, sin la fastuosa apariencia del carro que “hay que tener”. No había relojes “chafas” que parecieran genuinos, las etiquetas adentro, el buen gusto en los modales, el respeto a los mayores y solo los respetables, eran llamados “señores”. Lecturas obligatorias, visitas a biblioteca y también la hemeroteca, de máquina de escribir, sin corrector ni chapuces, los maestros rigurosos, televisión limitada, de domingos aburridos… de tardes sin hacer nada; del cine a cincuenta “len”, de los hot dogs de carreta, de posadas en diciembre, donde se comía bien, tanto en la casa del rico, como en la del “clase mediero” que ponían igual cariño por recibir al vecino y por festejar al “niño”.

Carente de oropeles, en mi amado “centro histórico” era difícil saber… quién tenía o no tenía y además poco importaba. Eso no era relevante, sino la afabilidad, la armonía… la amistad. Era importante hospedar, recibir y sustentar; los niños “refaccionaban” donde la hora les tocara… las mamás eran amables, anfitrionas admirables. Descubrí en mi niñez una cosa deliciosa que además era la muestra que alguien tenía… y mucho; era un extraño cereal con un vistoso animal. Hasta entonces los cereales, eran casi en blanco y negro… un gallo de tres colores, con hojuelas de maíz, unos arroces inflados con un pequeño feliz; pero cuando yo era niño, se ofrecía en el mercado… como una gran novedad, el –codiciado– Froot Loops, ese era un cereal de moda, era el aspiracional, de gente sofisticada… como el vistoso animal.

Las cosas fueron cambiando, nadie creo que hoy disfrute, con tanto y con tanto gusto, un simple plato de cereal. El Froot Loops –como otras cosas– también perdió su candor, creo muy sinceramente que ni siquiera conserva, aquel excelso sabor. Hoy hay cientos de cereales, “más finos… sofisticados”; los hay sin gluten, con miel, integrales y de dieta, los hay caros y carísimos, raros, feos y feísimos. El cereal –cosa sencilla– dejó de ser referente, hoy la cosa es diferente: importa la fatuidad, importa el consumismo, importa la vanidad, lo superfluo… el arribismo. ¿Quién es honrado o ladrón?, ¿Quién es capaz o farsante?, ¿Quién es sincero o falaz?, ¿Quién valora la virtud, la lealtad y la actitud? Se perdieron –en el tiempo– los valores y el valor; ni siquiera da lo mismo el idiota e ilustrado… es importante el primero… lo valioso, despreciado. Vea las redes sociales y se quedará asombrado del nivel de nuestros males, cuando pueda percatarse de los miles de “seguidores” de funestos animales. ¡Piénselo!

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