Jueves 13 DE Diciembre DE 2018
Domingo

El salmo de la pluma

Fecha de publicación: 25-11-18
Por: Jaime Barrios Carrillo
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“Si Sandino viera esta Nicaragua le daría un infarto y caería muerto”.
Claribel Alegría

Un país se nombra y muchas veces se entiende por sus poetas. Nicaragua es siempre Rubén Darío y el ejército de bardos que siguió al gran maestro del modernismo. Como aquel hombre atado a un árbol, Alfonso Cortez, que en sus horas lúcidas gritaba: “¡Siento bullir locos pretextos que estando aquí de allá me llaman!”. Continuemos la rutilante lista de la poesía posdariana: un tránsfuga de escombros bañado por siglos de desvelo y convencido de que el mundo había vivido no solo del bocado de plata de la luna campante, ni de petróleos sin llagas sino de los verbos anhelantes que nacerían del caos de los labios, que es la rama del árbol donde se engendra el fruto de su dios. Se trata del monje alucinado llamado Azarías H. Pallais, el que leía a Homero en su lengua original e imitaba el andar del Hermano Pedro de Betancourt. Un Demóstenes del púlpito, cura contestatario, bardo que odiaba todo forma de oligarquía, era un anarquista disfrazado con sotana que decía: “Yo soy una fiesta de las suprimidas en el protocolo”.

No olvidemos a Salomón de la Selva, el poeta soldado y sindicalista que vivió en Estados Unidos a donde llegó adoptado por un millonario. Se fue a pelear por Inglaterra en la Primera Guerra Mundial y esta experiencia le inspiro el extraordinario poemario El soldado desconocido, el cual para José Emilio Pacheco es el punto de partida de la nueva vanguardia realista en la lírica latinoamericana. También escribió en inglés con la misma calidad que en su lengua natal. Desde 1935 se traslada a México donde vivió una intensa vida de ajetreos literarios, entre traducciones y amores imposibles y donde recorrió subrepticiamente los corrillos de la política mexicana. Y después de todo lo dicho y hecho un buen día se fue de embajador de Somoza a París donde lo sorprendió la muerte en 1959. Octavio Paz en la antología Laurel de poesía latinoamericana consignó con certeza:

“Salomón de la Selva fue el primero que en lengua española aprovechó las experiencias de la poesía norteamericana contemporánea; no solo introdujo en el poema los giros coloquiales y el prosaísmo sino que el tema mismo de su libro único –El soldado desconocido (1922)– también fue novedoso en nuestra lírica: la primera guerra vista y vivida”.

Luego vendría el maestro José Coronel Urtecho. El mentor de la poesía posdariana en Nicaragua y Centroamérica. Fundador del movimiento literario Vanguardia de Nicaragua en 1936 en la Ciudad de Granada, junto a Luis Alberto Cabrales, Octavio Rocha, Alberto Ordóñez Argüello, Salvador Cardenal Argüello, Joaquín Pasos y los dos Cuadras. La poesía se integra con la filosofía, el psicoanálisis y la concreción existencial en el plano lírico de la condición humana. Es un movimiento esencial en la renovación de la poética latinoamericana. Coronel Urtecho es también un notable traductor e introductor de la poesía estadounidense en la América hispanohablante. Notables fueron sus traducciones de Whitman, Sandburg, Pound y Eliot.

Mariana Sanson Argüello se dedicó a escribir pero no a publicar. Sus libros son como prismas de oro que brillan en la noche del Istmo. Como gotas de agua en el desierto, depositándose en los labios sedientos de los extravíos. Escribe desde el sueño y más allá del consciente, desde un saber desconocido que cuando aflora quema, hace arder cuellos y sangres y luego como líquido sereno o manantial baña los ojos esclarecidos de sus lectores.

La polifacética María Teresa Sánchez, en cambio, se desliza siempre sobre la nostalgia en su búsqueda a través de tantas puertas:

Con dedos de silencio

Mis recuerdos dibujan

sus fantasmas.

Carlos Martínez Rivas es el insurrecto solitario, de quien el crítico norteamericano Steven White dijera que ya desde 1964 había en Martínez Rivas “una clara conciencia de lo que en la actualidad se caracterizan como preocupaciones ecológicas”.

Debemos nombrar a Fernando Silva, Octavio Robleto y Jorge Eduardo Arellano. Después los tres Ernestos, uno cura y encima de apellido Cardenal, el otro un ingeniero, Gutiérrez, y el tercero el alabado Mejía Sánchez. El segundo Ernesto, el ingeniero Gutiérrez es ínclito tejedor de palabras que superan puentes y edificios:

¡Qué inmenso llano!

¿Y dónde están los pinares?

Mejía Sánchez es el tercero de estos tres Ernestos de la poesía, hizo del Distrito Federal su oficina privada y desde ahí cantó, lloró, investigó, pergeño con alma y hueso. Finalmente se murió, no sin antes dejando un testamento lírico que dice: “Si muero en el exilio, desterradme también de vuestra memoria”.

El primero de los Ernestos es Cardenal, que sigue siendo y será, un poeta fundamental de la lengua española. Lo recordamos en sus recitales a “cielo abierto”, en los lejanos años setenta, cuando todos éramos jóvenes y leíamos con gran intensidad sus versos de una sabiduría elemental y arrolladora. Reunía multitudes en Santiago de Chile, en San José de Costa Rica o en Europa, y declamaba con su voz un poco enredada, un tanto pastosa, sus extraordinarios poemas. Ha sido un poeta social y espiritual y un místico por antonomasia. No solamente por su investidura de sacerdote católico, sino por lo que ha logrado expresar en sus poemas. Sus salmos son verdaderos cantos de esperanza crítica.

El experimento de Ernesto Cardenal en la isla de Solentiname fue la creación de una especie de microsociedad en el mejor espíritu de los grandes socialistas utópicos del siglo XIX: Saint Simón, Proudhon o Louis Blanc. En los años setentas inspirado en las enseñanzas de su maestro Tomas Merton, con dos compañeros suyos, Carlos Alberto y William, llega a la isla para fundar una hermandad contemplativa. Es decir un proyecto de buscar la comunicación con Dios a través de la convivencia pacífica y solidaria en la tierra. La comunidad fue creciendo y los pobladores de Solentiname, agricultores y pescadores pobres por generaciones, fueron alfabetizados y se les enseñó pintura, cerámica y dibujo.

Solentiname era en la Nicaragua del dictador Somoza una pequeña comunidad libre. Cardenal y sus compañeros convivían hombro a hombro con los campesinos pescadores, dedicándose a la superación permanente de la comunidad y sus individuos, alimentándose de poesía, oraciones, pintura, escultura y fotografía.

Desde aquella paradisiaca y singular isla partió un mensaje humano que coadyuvó mucho a derribar al absolutismo nefasto de la familia Somoza. La Guardia terminaría por invadir Solentiname, destruir la comunidad, asesinar y sembrar el terror en lugar del Evangelio y el Arte.

Cardenal se había hecho sandinista en los momentos más difíciles de la lucha. Y tras la victoria del sandinismo fue su primer Ministro de Cultura. Pero el poder no ha sido nunca su objetivo ni tolera nada que en nombre de ese poder o usándolo, se aleje de los principios liberadores de la fraternidad, la transparencia, la solidaridad y la convicción que el cielo está aquí en la tierra. De ahí su firme distanciamiento con una revolución que considera, hoy, lamentablemente perdida. No podemos dejar de mencionar la absurda persecución que el Gobierno de Daniel Ortega ha hecho contra del poeta Ernesto Cardenal, valiéndose de artimañas legalistas que pretenden la reapertura de una demanda judicial que le obligaría a pagar 800 mil dólares por una disputa de terrenos en la misma isla de Solentiname. Algo absurdo y desproporcionado que la comunidad internacional y el mundo de las letras ha condenado y rechazado con firmeza.

Resaltamos tres mujeres que han escrito una poesía extraordinaria. Todas sandinistas decepcionadas. Claribel Alegría, Michel Najlis y Gioconda Belli. El resto del país es un lago contaminado, una revolución desfigurada por los poderes de siempre y la historia sabida de poetas pobres entre gente pobre.

No podemos empero terminar este recorrido sin volver a Rubén Darío y citar su poema Salmo de la pluma que resuena actualidad:

Temblad, temblad tiranos, en vuestras reales sillas, ni piedra sobre piedra de todas las Bastillas mañana quedará.

Tu hoguera en todas partes, ¡oh Democracia inflamas, tus anchos pabellones son nuestros oriflamas, y al viento flotan ya.

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