Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Domingo

Centroamérica, el fin de los grandes discursos

Fecha de publicación: 11-11-18
fotoarte Jorge de León > El periódico Por: Manolo Vela Castañeda manolo.vela@ibero.mx
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Las caravanas de guatemaltecos, hondureños y salvadoreños que desde octubre se desplazan, recorriendo cientos de kilómetros por el territorio mexicano en busca de la frontera con Estados Unidos, son el resultado de décadas en las cuales el discurso de las elites centroamericanas estuvo dominado por los grandes discursos. Estos grandes discursos llevarían, eso era lo que se pronosticaba, al paraíso, a la solución de los grandes problemas.

El resultado es este mar de gente que duerme en albergues, en el asfalto o a la orilla de los caminos, come lo que la caridad les ha ido dando, aquí y allá, y caminan con los pies ampollados, algunos cargando en brazos a sus hijos. Se alejan de sus países en una fila tan larga que se pierde en el horizonte. Huyen de esos países que, según las estadísticas, son de los más violentos del mundo, escapan del libre mercado que tan poco les ha dejado, de la corrupción rampante de sus elites políticas. Pero, recordemos ahora ¿cuáles fueron esos grandes discursos?

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Teoría del desarrollo y el desarrollismo. Hacia mediados del siglo XX el discurso fue la teoría del desarrollo: impulsar la industrialización, la sustitución de importaciones, los planes nacionales de desarrollo, la intervención del Estado, aranceles para proteger a los productores nacionales, la creación de instituciones, de crédito, de vivienda, de apoyo al sector agrícola. Todo estaba puesto en vistas de alcanzar el ansiado ‘Take Off’, como entonces se decía, el despegue de las economías nacionales subdesarrolladas, que entonces alcanzarían el estadio del desarrollo.

Revolución. Pero en esos días, en 1959, ocurrió una revolución, en Cuba y entonces, en América Latina algunos creyeron que esa era la salida para alcanzar el desarrollo y terminar con el autoritarismo militar (en El Salvador, Honduras y Guatemala), o con la dictadura (en Nicaragua). Veinte años más tarde, el 19 de julio de 1979, con el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, la apuesta por la revolución se vio confirmada. Entonces sí, la región entró en un tono emocional de guerra. Desde la defensa y el ataque: con fe ciega, unos creyeron que estaba al alcance emular la revolución nicaragüense; en tanto otros se lanzaron a la defensa de los Estados. Pero pronto, muy pronto, del escenario de la revolución y la guerra de contrainsurgencia, iba transitarse hacia otro: el de la democracia.

Democracia. Hacia principios de los años ochenta, con la salida de los militares del gobierno, el discurso cambió: ahora, era el tiempo de la democracia, la instauración de las instituciones, elecciones, partidos, candidatos, propaganda. Y en medio de las guerras y la continuidad de la violencia política, en El Salvador, Guatemala y Honduras, hubo elecciones que dieron paso a las instituciones de la democracia que hasta ahora tenemos.

Neoliberalismo. Pero el tiempo de la democracia iba a cruzarse con un nuevo ideario: el neoliberalismo, y las políticas de ajuste estructural. Fue la época de las privatizaciones, de los incentivos para que los trabajadores del Estado se jubilaran antes de tiempo, de disminuir el gasto público, de aumentar los impuestos sobre el consumo, de terminar con los subsidios estatales. Al son de más mercado y libre comercio se desarmó –a finales de los años ochenta y principios de los años noventa– el poco Estado que aquí, en estos países, se había alcanzado a construir.

Una nueva elite económica. Y esa mezcla entre democracia y neoliberalismo –se pensó– que iba a ser suficiente para sacar a las elites económicas centroamericanas de su lazo con las extremas derechas que en el pasado apoyaron el terrorismo de Estado. Se creía que el fin del algodón, y la caída de los precios del café iba llevar a que las elites económicas de los sectores comerciales, industriales y financieros, que –se pensaba– eran más modernas, iban a cobrar preeminencia, en contraposición de las elites agrarias, más conservadoras.

Acuerdos de Paz. Los años noventa estuvieron marcados por los Acuerdos de Paz que pusieron fin a las guerras en El Salvador (en 1992), en Guatemala (en 1996) y en Nicaragua (en 1990). Los Acuerdos de Paz –más el modelo aplicado en Guatemala que el que se dio en El Salvador y Nicaragua– configuraron una agenda de compromisos en diversos ámbitos de política pública: desde la tasa de recaudación fiscal hasta compromisos de incremento de gasto social, la reforma policial, entre otros. La apuesta era que los Acuerdos de Paz nos llevarían a un escenario de más democracia y más desarrollo.

Una izquierda moderna. La posguerra incluía, también, la incorporación a las arenas de la política de las guerrillas. La apuesta era porque estas organizaciones político-militares, que durante años habían llevado adelante una guerra de guerrillas contra los Estados, se transformaran en las modernas fuerzas de izquierda que toda democracia requiere, partidos que dieran lecciones por tener cuadros, programa, y una ética ejemplar.

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Cada uno de estos grandes discursos desataba procesos que se hallaban acompañados de apoyos internacionales: financiamiento, cooperación, cabildeo, acceso a mercados, alianzas, formación. Los grandes discursos enfocaban a las elites y a los regímenes para ir por allí, transitar esos caminos.

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Y se ejecutaron los fundamentos de la teoría del desarrollo, y hubo revolución (en Nicaragua), y se fueron los militares, y llegó la democracia, y hubo cada vez más mercado y libre comercio, y también se acabó la guerra, y los guerrilleros se hicieron políticos, y estos países, al final de los grandes discursos, siguen hundidos en el fango de la pobreza, la desnutrición, la violencia y la corrupción de sus elites. Siempre más cerca de un estado de crisis humanitaria que del desarrollo. Pero alguien podría decir, para consuelo, que quizá sin esos grandes discursos todo hubiera ido para peor. Pero se acabaron: los grandes discursos se han agotado y el escenario que nos queda es de desolación.

(Continuará).

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