Domingo 21 DE Abril DE 2019
Domingo

La “vidita”

Fecha de publicación: 28-10-18
fotoarte: Jorge de León > Elperiódico Por: César A. García E.

¿Qué queda real en la vida, después de muchos afanes, luego de luchas y fallas, después de efímeros éxitos… grandes y absurdas batallas? Van quedando los cansancios, los ánimos disminuidos, las fuerzas que hacen pocas, la atención a fortalezas, a rigores y enterezas –que en medio de la faena– se perdieron por descuido. Simplemente ya no están, se marcharon para siempre, nada podemos hacer: por volver, por corregir, retomar, recuperar… y por supuesto es ya inútil –tan sola la absurda idea– empezar y resurgir.

Además de la evidencia, de lo construido y destruido… van quedando la sapiencia, la virtud y la experiencia… que sin duda son facetas, invalorables, grandiosas –mejor a la juventud– que agudizan la conciencia. Nos hacen notar –fielmente– lo importante y trascedente; lo que valía la pena, lo que realmente dejamos, los legados a los nuestros; el invalorable afán de ser padres, ser abuelos, ser ejemplo, ser aliento, ser honrados, ser honestos. Vemos a atrás y reímos, por los antiguos defectos que nos hicieron errar, pero también pegar duro… tener éxito, alcanzar; nos mostraron –igualmente– que siempre fuimos tan solo, seres suaves e imperfectos, con olfato y con instintos, a ratos manipulados y plagados de defectos.

Regresamos la mirada y vemos –serenamente– que largo ha sido el camino; de subidas y bajadas, de curvas que no notamos, de colinas encrespadas, precipicios peligrosos, de milagros prodigiosos, de eventos gratificantes, decepciones indeseables; pero todo –claramente– colmado de aprendizaje… lecciones invalorables. El camino ha sido largo, pero ha pasado tan pronto, fuimos niños inocentes y muchachos vacilantes, jóvenes llenos de sueños, afrontando con temores –pero también con arrestos– los retos y sinsabores.

Fuimos alcanzando metas, sintiéndonos importantes… desplazamos, empujamos, aprendimos y ganamos; fuimos fatuos por momentos, por instantes quizá ratos, nos sentimos invencibles, nos vestimos de valientes, redimimos nuestras culpas… y hasta fuimos mojigatos. La vida, el tiempo y los años, fueron sin duda implacables, un día éramos jóvenes, luego maduros y serios… y si Dios así lo quiere, seremos también viejitos, sabios, quietos… respetables.

Un día vimos menguada, nuestra “eterna” lozanía. Se nos subió la presión, sufrimos de ansiedad, nos abandonó aquel sueño, tan rico y despreocupado que se rinde ante la edad. A tomar las pastillitas, “para mantenernos bien”; aguas, recetas horribles, para ponerle tropiezos…para que no nos alcance, la obesidad tan temible. Nos dolieron las rodillas, nos cansamos de luchar, teníamos menos ganas y de pronto no quisimos, ni concursar, ni golpear. Pero el ímpetu –en momentos– se asoma a nuestra cabeza, quedan aún ilusiones, pasiones, sueño… entereza. Hoy estamos más conscientes, somos menos impetuosos, también menos tolerantes y –sin duda– por los años, resultamos más graciosos. Aprendimos algo grande… a reírnos de nosotros, a estar en paz si atravieso, si me quedo o si progreso; el afán se ha disipado, queremos estar tranquilos, hoy sabemos valorar, lo mejor de lo mejor… la salud que es relativa, el abrazo a la familia, a la gente que queremos, la alegría y el solaz; la comida en nuestra mesa, aderezada paz.

Pasan los lustros, más años, llegan décadas de lucha, nuestros hijos ya crecieron… no nos fijamos a qué hora. De pronto son tan adultos, como cuando “niños”; buscan sus propias historias, y nosotros fácilmente notamos que, en el camino, mientras ellos han crecido, nuestra otrora fortaleza, nuestra salud y entereza, están ya disminuidos. Ellos son –en cierta forma– nuestro tesón y extensión, se llevaron algo nuestro que notarán –con los años– surge de su corazón. Nuestro premio –en el cansancio– ver adultos productivos, gente buena y con principios, con sueños, con ilusiones, gobernando sus anhelos y sus propias emociones.

La vida es así de corta, se agota rápidamente, es bueno tomar conciencia… para no ser imprudentes. Por lo menos ya no más, sino vivir –en verdad– cerca de la gente amada, lejos de la vanidad. El mundo está de cabeza, los valores trastrocados, la transa es lo que interesa, el engaño reiterado; es el circo, es la patraña, son las redes destructivas, llenas de vicios y mañas, las que hacen la sociedad, este triste y confundida. ¿Qué locura es este circo? ¿Quién quiere la destrucción, del pudor, de la familia, del sentido y la razón? ¿Podemos cambiar nosotros, la evidente decadencia? Podemos ser diferentes y hacer la diferencia, siendo fiel a los principios, inspirando corazones y alimentando conciencias. ¡Piénselo!

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