Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La pequeña Lulú

Fecha de publicación: 07-10-18
Por: César A. García E.
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Una niña cachetona, con rizos flojos y grandes, crecía, estudiaba y se divertía, en la entonces llamada “Avenida del Hipódromo”; eran los tiempos de Jorge Ubico. Le tocó ser la mayor de cuatro hermanos, pero –además– resultó hermana de otros tantos. Sus profundos ojos negros, presenciaron el cambio paulatino de aquel lugar, donde vivían –se decía entonces– solo “buenas familias”, sin que ello implicara más que la expresión inofensiva de un antiguo candor clasista, propio de repúblicas nacidas desde el criollismo. Se erguía al fondo de la Avenida, uno de los tantos Templos de Minerva que fueron construidos, bajo la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, varios destruidos, posterior a su caída; el de la Ciudad de Guatemala, dinamitado y extinto, por instrucciones de Jacobo Árbenz Guzmán. Entre otros, el levantado en Xelajú –como un recuerdo de aquellos años– permanece en pie, con un inexplicable descuido, piso polvoriento y espantoso cielo suspendido de “duroport”.

La pequeña Lulú, probó, siendo una niña aún, las vicisitudes de la vida; tuvo que crecer a marchas forzadas… o, como coloquialmente se dice: “de golpe y porrazo”. Un mal día, la vida como la entendía y estaba acostumbrada, simplemente desapareció. Educada en el colegio Decroly –de aquellos años– durante la primaria, por disposición paterna, no cursó la secundaria y tuvo ocasión –solamente– de aprender –formalmente y entre otras cosas– mecanografía. Sin embargo, empezó a ser productiva a sus tempranos catorce años, aprendiendo a tejer –en una máquina italiana marca “Lanofix”– ganándose sus primeros sesenta quetzales… a la sazón (año 1949) “un dineral”. La madurez apresurada, la llevó al emprendimiento, convirtiéndose en toda una maestra de tejidos y emprendedora, siendo muy jovencita… para luego casarse a los diez y nueve años. Contando con unos veintisiete, ya criaba a tres hijos, trabajaba duro en casa, tejía y había sufrido dos pérdidas. Sus pequeños crecían, viéndola administrar –como nadie– “el gasto diario” que le proporcionaba su esposo; también eran testigos de su incansable trabajo, siempre contenta y turnando –entre tarea y faena– vasos con más hielo que agua, los cuales disfrutó a placer… hasta que alguien –seguramente equivocado– le dijo que “era malo” ingerir cosas tan frías.

Su vida de casada le implicó mudarse a la zona uno, en el sector de la Casa Central y el entonces “Escuela de Medicina”; barrio que extrañaría durante varios años, cuando le tocó dejarlo, casi después de tres décadas. En la vieja casona de esquina, donde formaba a sus hijos, al apagarse el día y quedar todo en total silencio… su máquina seguía produciendo, desde sus laboriosas manos, mil cosas distintas, todas creativas, todas a la medida, todas geniales. Ella tejía los suéteres para el colegio de sus pequeños, también calcetas, chalecos y otras prendas que abrigaron a sus hijitos, y hacía ellos usaran prendas hechas de lana… pero principalmente impregnadas de amor y sacrificio.

En los mismos años y con pocos meses de diferencia, nacía también, para el mundo, con prominentes cachetes y canelones, una pequeña fruto de la imaginación de Marjorie Henderson Buell; se trataba de una niña regordeta de diez años. Aunque su creatividad la gestó en 1935, se convirtió protagonista de historias varias e infantiles, hasta en 1945; su amigo inseparable el simpático gordito Tobi, quien a su vez, era el presidente del “Club de Tobi”. La Pequeña Lulú –la de los dibujos animados– dejó de existir, al menos en la televisión en 1997, luego de poco más de veinte años. La Pequeña Lulú de nuestra historia, aún vive, aún es ejemplo y aún tiene cien historias por contar y por protagonizar.

Nuestra pequeña Lulú fue una niña buena, una adolescente esforzada y es realmente una gran mujer. Más longeva que un dibujo animado que pudo ser eterno, trascendió la niñez, se adentró en la adultez tempranamente y ha vivido –lo suficiente– para ver a sus hijos, hacerse paulatinamente viejos; sufrir achaques, angustias y penas –que sin duda ha encarnado con mucho más dolor que ellos mismos– y los ha visto, volverse menos tolerantes y hasta a ratos, injustamente… cascarrabias. Ha cargado nietos y bisnietos, ha cocinado, con magistral sencillez y modestia, toda la vida deliciosos guisos; ha atendido

–con enorme gusto y ejemplar educación– a quienes quisieron pasar un rato a visitarla, ha sido hospedadora, creyente ferviente y mujer casi imbatible. La vida fue dura con ella, le tocó perder a otro hijo, cuando apenas éste alcanzaba los veinte años, enviudó antes de los setenta… y decidió vivir sola, con la infaltable –como lo declara– compañía de nuestro buen Dios.

Rodeada por bellas orquídeas, violetas y otras plantas que retribuyen –con su exuberancia– sus cuidados, mimada por dos perritas, querida por mucha gente, amada por sus hijos y nietos que la visitan menos de lo que ella quisiera… trascurren los años de doña Lulú, mote que le debe a su papá. Más pequeña y frágil, ahora, con motivo de la edad, conserva una mente clara, un oído agudo y una curiosidad infantil increíble; tiene dotes de consejera, investigadora, maestra y terapista. Gracias por ser quien y estar “siempre” para mi… mamita ¡La amo!

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