Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Habrá flores que te recuerden

Fecha de publicación: 19-08-18
fotoarte: Jorge de León > El periódico Por: Manolo Vela Castañeda - manolo.vela@ibero.mx
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El día que lo iban a matar Pepe salió de su casa, como siempre, a las 8:00 horas. La vida, esa que se escapa en un instante, iba a terminar para él junto con su jornada de trabajo, después de las 17:00 horas.

Uno de los autores del asesinato iba a ser quien contestara el teléfono celular cuando su esposa, preocupada por su tardanza, le llamó. Omar, que minutos antes había disparado su revólver contra Pepe, alcanzó a decirle, esa era parte de la coartada: nos acaban de asaltar, nos dispararon.

El asesinato de Pepe iba a tener lugar en la intersección entre la Calle de los Museos, la quinta calle y la séptima avenida de la zona 13, donde se halla el portal que marcaba la entrada a lo que en tiempos de J. Ubico se conoció como la Feria de Noviembre. Todo ocurrió un viernes, a las 17:00 horas, un lugar con mucho tráfico y un semáforo que, aunque no haya balas de por medio, uno siempre siente eterno. Aquel era el lugar y la hora perfecta para una emboscada.

Pepe trabajaba como Subjefe de Operaciones Aéreas en la Dirección General de Aeronáutica Civil. Él se encargaba de verificar los planes de vuelo, las matrículas y el manifiesto de pasajeros. A partir de allí su jefe, Francisco García Moreira, el Director de Operaciones Aéreas, daba el visto bueno para el despegue y el aterrizaje de las aeronaves.

Desde pequeño le encontró un gusto especial a eso de los aviones. Y eso lo llevó, en el bachillerato, a buscar cómo hacer sus prácticas en la Dirección General de Aeronáutica Civil. De allí consiguió una plaza, y fue ascendiendo, en el que iba a ser su primer y único empleo. Mientras trabajaba tomó cursos en Cefoa, la Escuela de Aviación.

Corría el año 2007, cuando el Ministerio Público era aliado de las mafias. Eran los tiempos de Juan Luis Florido como Jefe del Ministerio Público, y del fiscal Álvaro Matus; Carlos Vielmann al frente de Gobernación, Erwin Sperisen, como Director de Policía y Víctor Soto, como Director de Investigación Criminal, recién habían dejado sus puestos tras el crimen de los diputados salvadoreños y la matanza de los policías en la cárcel de el Boquerón. Ah, qué tiempos aquellos, cuando las mafias se paseaban por las instituciones.

En aquel momento las investigaciones llegaron hasta Omar, otro trabajador del aeropuerto que esa tarde, a la salida del trabajo, le pidió jalón a Pepe. Él acompañaba a Pepe para cerciorarse que el equipo de sicarios actuara de forma implacable, sin falla. Él mismo disparó contra su amigo, dos balazos, precisos, con trayectoria horizontal, a la altura de la cadera. El sicario, que esperaba en el lugar, le acertó otros cinco disparos que empezaron a caer desde la parte de atrás del Susuki Samurai que Pepe  manejaba, para terminar de rematarlo a la altura de la ventana del piloto. La trayectoria de todos los disparos iba dirigida hacia el piloto. Terminado el “trabajo”, el sicario corrió hacia un vehículo color negro que estaba estacionado en la calle de enfrente, por el Instituto Técnico Vocacional Dr. Imrich Fischmann, el lugar ideal para una salida rápida –contra el flujo del tráfico– de la escena del crimen.

Pero Omar no tenía ni los motivos, ni la logística, ni los recursos, para matar a Pepe. Tuvo, eso sí, la alevosía, para llevarlo a ese lugar, mediante la solicitud, engañosa, de pedirle un favor, que le diera jalón, lo que colocó a Pepe en la mira del equipo de sicarios.

Omar colaboró, también, con los asesinos tomando el teléfono celular de Pepe; él se encargó de que, ni su familia, ni los fiscales del Ministerio Público pudieran llegar a él. Más allá de esto nadie robó nada a nadie. Esa era la coartada.

Omar cumplía órdenes. Sin esas órdenes el asesinato de Pepe jamás se hubiera concretado. Sin el respaldo que quiénes les daban esas órdenes, y les proporcionaron los recursos, ni Omar ni los sicarios habrían ejecutado el asesinato de Pepe.

Omar era la punta de una madeja que el Ministerio Público, luego de once años, ha sido incapaz de investigar. En lugar de ello, los perpetradores se pasean con impunidad: el jefe de Pepe era Francisco García Moreira, el Jefe de Operaciones Aéreas; arriba de él estaba José Manuel Moreno Botrán, el Jefe de la Dirección General de Aeronáutica Civil. Y entre ambos: Juan Roberto Garrido Pérez, el Jefe de Seguridad del Aeropuerto. Donde han estado, a estos tres se les ha señalado por sus múltiples actos de corrupción, en vinculación con personajes de la mafia.

La vida dio un giro el día en que Pepe, una semana antes de su asesinato, denegó el permiso de aterrizaje a una avioneta procedente de Panamá. Él tomó esa decisión ese día porque el Director de Operaciones Aéreas, su jefe, quien tenía la última palabra en estas autorizaciones, ese día no se presentó a trabajar. A partir de allí hubo reclamos hacia Pepe, y el clima en la oficina se puso contra él.

Cada 17 de agosto la familia de Pepe, su papá, Amílcar, su mamá, Miriam, sus hermanas, Rocío, Ana María, su esposa y sus hijos se reúnen para recordarlo. Andrea y José, sus hijos, que en aquel momento tenían 7 años, empezaron este 2018 en la universidad; ella estudia nutrición y él ingeniería electrónica. Omar cumplió una condena por homicidio y desde diciembre pasado está libre.

“Habrá flores que te recuerden, palabras, cielos; lluvias como ésta, y vivirás sin alteración habiendo sucedido.

Duerme, libre de la adversidad, todo el orgullo de la tristeza”.

La frase, de Ernesto Sábato, en Abadón, el exterminador, se halla en la placa que está en el lugar en el que Pepe fue asesinado.

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